Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 33
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Capítulo 33

—No me lo puedo creer. —Julia contempló consternada al hombre de la foto, al que Florian había identificado a partir de los datos de la matrícula.

Mirco Kuehnert la miraba con unos ojos azules inofensivos.

En las comisuras de los labios le temblaba una sonrisa, aunque lo habían detenido por violación tan solo unas horas antes de que le hicieran aquella foto.

Kuehnert había sido dueño de la discoteca de entonces junto con tres amigos.

Así que le había resultado muy fácil acechar a mujeres jóvenes y servirles copas adulteradas con drogas.

—A ese tío lo veo muy capaz de haber cometido los asesinatos —gruñó Martin Saathoff—.

Ese ya tiene un buen historial a sus espaldas.

Estafa, violación y lesiones. Hasta hace un año estuvo casi todo el tiempo en el talego, lo que también explicaría por qué ha pasado tantísimo tiempo entre el asesinato de Mia Wildenbrock y los casos nuevos.

—El expediente penal da muchísimo de sí, desde luego —convino Julia mientras lo hojeaba.

Florian miró el reloj y suspiró.

—No tengo ni idea de por qué tarda tanto.

Hermann Meier había prometido conseguir una orden de registro. Aunque de momento no podían demostrar que Kuehnert estuviera detrás de los asesinatos actuales, parecía más que probable que fuera él quien había cometido los crímenes de hacía diez años.

Julia leyó por encima el atestado policial.

En su día, a una testigo le había llamado la atención un hombre alto y corpulento, de pelo corto y oscuro.

La descripción encajaba con Mirco Kuehnert.

Hacía algo más de nueve años, el dueño de la discoteca había abusado de una mujer en un parque de Colonia, y ella lo había reconocido y denunciado.

Unos años después de aquella condena de tres años de cárcel, había vuelto a entrar en prisión por lesiones.

Vivía en el barrio de Niehl, muy cerca, por tanto, del lugar donde Lenja y ella habían visto al autor en el puerto fluvial.

—Necesitamos una rueda de reconocimiento —propuso Martin Saathoff—. A lo mejor Thea Riethausen puede identificar al hombre. Y quién sabe, igual eso le refresca también la memoria en general.

—Puede que su declaración nos permita establecer un vínculo con los casos actuales —dijo Julia con entusiasmo—.

Solo hay que recordar las últimas palabras de Rafaela Dombert.

Habló de una Mia o Mila. Mia Wildenbrock, Jana Albrecht y Rafaela Dombert fueron al mismo instituto.

La noche del primer asesinato estuvieron de fiesta en el Cats , junto con Mareike Hohmann.

Bien podría ser que Thea Riethausen estuviera también aquella noche en el Cats y conociera a las otras cuatro.

Hemos escuchado sus sesiones de hipnosis.

Habla de ese club. Además, de una culpa con la que carga.

En las cartas de despedida también se habla de culpa. Tiene que haber alguna conexión.

—Pero el doctor Schoenfelder no nos va a dejar hablar con ella —intervino Lenja—. Hasta quería una orden judicial si metíamos a la policía de por medio.

—¿Una orden judicial? —La voz venía de la puerta.

Hermann Meier recorrió el grupo con una mirada crítica y agitó un documento en la mano—.

Por suerte he conseguido que el juez me lo firmara todo.

Tenemos una orden de registro, y la clínica en la que tratan a Thea Riethausen está obligada a entregarnos los expedientes.

El interrogatorio de la paciente, en presencia de un médico, va incluido, naturalmente.

Por cierto… —Dejó las órdenes sobre la mesa—.

A la vista de las pruebas disponibles, el juez todavía no ve ninguna conexión con los nuevos asesinatos de mujeres. ¡Así que espabilen!

—¡Estupendo! —Florian se hizo con los documentos—. Anna Schubert puede ponerse ahora mismo con su equipo a registrar el piso de Mirco Kuehnert. Nosotros vamos a la clínica. —Volvió a mirar el reloj—. A las nueve estamos allí.

Se levantaron de un salto y salieron del despacho apretujándose para pasar junto a Hermann Meier.

—Y ni se les ocurra volver sin pruebas sólidas —les gritó cuando ya enfilaban la escalera que bajaba al aparcamiento subterráneo.

Mientras Florian atravesaba Colonia a una velocidad muy superior a la permitida, Martin Saathoff daba instrucciones por teléfono a la jefa de la policía científica.

Julia iba con Lenja en el asiento trasero y le costaba contener las náuseas matutinas.

Notaba las miradas de Lenja clavadas en ella, pero apartó la vista.

Hasta entonces había mantenido en secreto el resultado del test de embarazo e intentaba quitárselo de la cabeza.

Pero cada vez le resultaba más difícil. Le hacía ilusión el bebé, aunque quería hacerse otro test en la consulta del ginecólogo para mayor seguridad.

¿Sospecharía su ayudante lo que le pasaba?

Lenja le tendió una galleta María sin decir nada.

Julia la aceptó agradecida y la fue mordisqueando.

Al menos enseguida se encontró algo mejor.

Observó cómo Florian daba un volantazo y se metía en una curva. ¿Cómo se tomaría él la noticia?

En realidad, el bolso de Lenja parecía más bien una cesta de picnic. No solo llevaba galletas, sino también agua.

—Beber ayuda —comentó cuando volvieron a circular por un tramo recto.

Julia se alegró cuando por fin llegaron a la clínica.

El viento gélido se llevó sus náuseas. El edificio parecía tan desolador como en su primera visita; solo faltaba el pájaro de ojos negros como botones.

Como la vez anterior, se dirigieron a la mujer del mostrador.

Sorprendentemente, su cara malhumorada se relajó cuando Martin Saathoff la saludó.

—Ahora mismo llamo al doctor Schoenfelder —prometió con una sonrisa, y marcó su número.

—Sígame, señor Saathoff —dijo después de colgar, y echó a andar delante de ellos—.

Siempre he querido conocer a un inspector de verdad —confesó entre risitas cuando llegaron ante el despacho del doctor Schoenfelder.

Llamó a la puerta y les hizo un gesto para que pasaran.

Sin dejar de sonreír, volvió a su mostrador, mientras Julia la seguía con la mirada, atónita.

—Bienvenidos —dijo el doctor Schoenfelder, y les fue estrechando la mano uno a uno—. ¿En qué puedo ayudarles hoy?

Florian se presentó brevemente, presentó también a Saathoff y le entregó la orden judicial.

—Hay novedades en el caso y tendríamos que hablar urgentemente con Thea Riethausen.

El doctor Schoenfelder leyó el documento por encima y torció el gesto.

—No sé hasta qué punto mi paciente va a soportar ese estrés.

Si ya les he entregado copias de toda la documentación a la doctora Schwarz y a su compañera.

Pero un interrogatorio… —Se rascó el cuello y se quedó pensando—.

Entiendo su apuro. ¿Y les importaría que habláramos con ella la doctora Schwarz y yo?

Si hay demasiados desconocidos alrededor de la paciente, le entrará el pánico sin ninguna duda y ya no dirá nada de nada.

—Por supuesto —repuso Florian—. ¿Podríamos consultar mientras tanto el historial clínico? Puede que descubramos más conexiones.

—¿Conexiones? —El doctor Schoenfelder le lanzó a Florian una mirada penetrante.

—Partimos de la base de que la señora Riethausen no fue la única víctima del autor.

—Entiendo. —El doctor Schoenfelder abrió la puerta del despacho contiguo y le indicó a su secretaria que trajera toda la documentación de Thea Riethausen—. Pónganse cómodos. No tienen más que usar el reproductor de CD si quieren escuchar las sesiones de hipnosis.

Florian le puso en la mano a Julia sendas fotos de Mirco Kuehnert, de Mia Wildenbrock y de las tres nuevas víctimas. Ella siguió al doctor Schoenfelder hasta el ala del edificio donde se trataba y alojaba a los pacientes.

—Aquí tratamos a los pacientes en régimen de ingreso y también de forma ambulatoria —le explicó a Julia—. Pueden utilizar todo el edificio, incluido el jardín. Hasta ahora nos ha dado buenos resultados.

—¿Eso significa que los pacientes pueden compartir sus experiencias entre ellos, aunque no estén ingresados de forma permanente?

El doctor Schoenfelder asintió.

—Sí, aquí rige, por así decirlo, el lema: las penas compartidas pesan menos.

—Me parece bien. Compartir siempre es importante —dijo Julia, y siguió al doctor Schoenfelder por otra puerta hasta una sala acondicionada como jardín de invierno.

Aunque el cielo, fuera, no dejaba pasar ni un rayo de sol a través de la espesa capa de nubes, la sala resultaba luminosa y acogedora.

Además, el mobiliario invitaba a relajarse.

Varios sofás y butacas se alineaban pegados unos a otros.

La estantería de la pared estaba abarrotada de libros.

Grandes plantas de interior creaban un ambiente sosegado.

—Thea Riethausen suele sentarse al fondo, junto a la ventana. —El doctor Schoenfelder señaló un sillón orejero y cruzó la sala.

Julia lo siguió. El respaldo alto del sillón le impedía ver a la persona que pudiera estar sentada allí.

Solo cuando lo rodeó distinguió a la mujer que, hundida en el asiento, miraba fijamente las nubes grises.

Era la misma mujer a la que había examinado diez años atrás, después de la violación.

Julia la reconoció. Thea Riethausen, en cambio, no reparó en ella al principio.

—Thea, ¿cómo se encuentra esta mañana? —saludó el doctor Schoenfelder a la paciente.

Thea Riethausen despertó de su trance, asintió brevemente y examinó a Julia con curiosidad.

—Buenos días, Thea. Me llamo Julia Schwarz. ¿Me reconoce? La examiné entonces. Después de la agresión.

En la frente de Thea se formaron unas arrugas profundas. Por lo visto rebuscaba en su memoria.

—El doctor Schoenfelder me ha hablado de usted —dijo en voz baja, aunque a Julia le dio la impresión de que Thea Riethausen seguía sin reconocerla.

—Thea, hay novedades, y son buenas. La policía ha reabierto el caso y por eso la doctora Schwarz quiere hacerle unas preguntas.

—No sé si puedo hablar de eso. —La voz de Thea sonó aguda, fina y demasiado alterada. Parecía trastornada, casi como si la violación acabara de suceder y no hubiera ocurrido diez años antes.

—Thea, quiero ayudarla —dijo Julia, y buscó su mirada, que revoloteaba por la sala como un pájaro extraviado.

—No consigo acordarme de ese hombre. De verdad.

—Lo sé. Y tampoco hace falta.

—Pero el doctor Schoenfelder sí quiere, y Alex también. Me preguntan todo el rato por él, y ahora está usted aquí y también quiere saberlo. —Thea agitó los brazos y las mangas se le subieron un poco, dejando a la vista unos cuantos cortes recientes.

—Relájese, Thea. Solo haremos lo que usted nos permita. ¿De acuerdo? —terció el doctor Schoenfelder con voz tranquila y suave.

Julia decidió empezar por las fotos de las víctimas y dejar a Mirco Kuehnert para el final. Le tendió a Thea la foto de la última víctima, Mareike Hohmann.

—¿Conoce a esta mujer?

Thea miró un instante la foto y negó con la cabeza.

—Me suena de algo, pero no creo que la conozca de verdad.

—¿Y estas dos? —Julia le enseñó las fotos de Jana Albrecht y de Rafaela Dombert.

Thea Riethausen empezó a removerse inquieta en el sillón. Julia estaba segura de que conocía a las dos mujeres, pero Thea se levantó de un salto, nerviosa.

—¿Puedo irme a mi habitación? Es demasiado agotador para mí.

Julia intuyó que no tendría una segunda oportunidad y sacó la foto de Mirco Kuehnert.

—¿Es este el hombre que le hizo daño?

Thea Riethausen se quedó petrificada. En su rostro se reflejaba un miedo descarnado. Durante varios minutos no se movió. Después se dejó caer de nuevo en el sillón.

—Es él —susurró con voz apagada. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Es él —repitió, y miró a Julia—. ¿Lo tienen? ¿Está en la cárcel?

—Todavía no, pero pronto. Gracias a su declaración, Thea. —Julia sacó la última foto, la de Mia Wildenbrock.

—¿Vio a esta mujer aquella noche, cuando él la violó a usted?

—Mia. Era mi amiga —soltó Thea, y se rodeó el torso con los brazos—. Es culpa mía. —Gimoteó y se meció hacia delante y hacia atrás—. Es culpa mía —susurraba sin parar.

—¡Usted no es culpable! —El doctor Schoenfelder se puso en cuclillas junto a Thea y le cogió las manos—. Thea, usted no tiene la culpa. Él la violó. La culpa es de él.

Thea sacudió la cabeza con vehemencia.

—Usted no entiende nada de nada. Vi cómo empujaba a Mia desde el puente y no pude ayudarla. Todo pasó demasiado deprisa. —Thea tenía los ojos muy abiertos. Pero parecían lúcidos, como si de pronto volviera a recordar cada detalle de su pasado.

—Empujó a Mia al Rin y luego me arrastró a mí hasta su coche.

—Se tapó la cara con las manos y se echó a llorar—.

Solo estábamos bailando. Me perdí en la música y de repente me di cuenta de que Mia ya no estaba a mi lado.

La busqué. Salí del club y la llamé a gritos.

Pero había desaparecido. Estuve dando vueltas y al final la vi arriba, en el puente, con ese hombre.

La tenía agarrada por la nuca. Supe enseguida lo que pretendía.

Subí corriendo, pero cuando llegué ya estaba cayendo.

Llegué demasiado tarde. —El cuerpo menudo de Thea Riethausen se sacudía con violentos espasmos de llanto.

—Usted no es responsable de la muerte de su amiga —dijo el doctor Schoenfelder con suavidad—. No habría podido detenerlo. Si tampoco pudo impedir después que ese hombre la arrastrara al interior de su coche. Él la superaba físicamente.

Thea Riethausen ya no escuchaba al doctor Schoenfelder. Julia vio en sus ojos que se había replegado muy hondo dentro de sí misma.

—Tenemos que dejarlo aquí. —El doctor Schoenfelder le puso a Thea una manta sobre los hombros—. Ahora necesita descansar.

—Se lo agradezco, Thea —dijo Julia—. Usted ha conseguido que el autor pueda responder no solo del crimen cometido contra usted, sino también del asesinato de su amiga.