Capítulo 32
Florian golpeteaba inquieto el volante con los dedos.
Sentía escalofríos, pero no se atrevía a arrancar el motor.
Un buen amigo de la brigada de estupefacientes se había encargado del primer turno, a primera hora de la tarde.
Vigilaban a Luca Schwermer por su cuenta y riesgo.
Florian llevaba dos horas sentado en la oscuridad.
Se sentía impotente. De momento, Luca Schwermer no se había dejado ver fuera.
No había manera de que aquel tipo cayera en la red.
Y eso que Florian había estado seguro de que le pillarían las vueltas a Schwermer.
Su amigo incluso había mirado a hurtadillas por las ventanas del piso, en la planta baja, porque al principio creían que Luca Schwermer podía tener allí retenida a otra víctima.
Pero Schwermer solo había estado repantigado en el sofá, comiendo patatas fritas de bolsa y viendo la tele.
Parecía relajado, como si el interrogatorio no le hubiera afectado lo más mínimo.
O quizá sospechaba que lo estaban vigilando.
Florian deseaba que pasara algo de una vez.
Dentro de poco se le cerrarían los ojos.
Cuanto más pensaba en los casos de asesinato, más dudas le asaltaban.
Se había pasado medio día con Martin buscando una posible relación entre Schwermer y la tercera víctima, Mareike Hohmann.
Habían recurrido a los de informática, que habían rastreado internet en busca de posts y comentarios suyos.
Habían interrogado a los amigos y conocidos de Schwermer.
Pero nadie lo relacionaba con Mareike Hohmann.
Tampoco habían obtenido datos nuevos sobre los otros dos sospechosos.
Frustrado, Florian tamborileó sobre el volante y se quedó mirando, como paralizado, las puñeteras ventanas del piso de Schwermer.
Alguien llamó con los nudillos a la ventanilla del coche y Florian no pudo evitar dar un respingo.
—Eh, compañero, ahora me toca a mí —dijo Martin y señaló su coche, aparcado detrás.
Florian había estado tan pendiente de la casa que ni siquiera se había dado cuenta de que Martin estaba allí.
Se desperezó, cansado.
—Voy a acercarme otra vez al despacho a repasar los expedientes —explicó, sin hacer caso de que Martin negara con la cabeza—.
Es que este asunto no me da buena espina.
Si el autor es otro y sigue como hasta ahora, pronto matará a la siguiente mujer.
Puede que incluso ya lo haya hecho y nosotros aquí de brazos cruzados.
—Podríamos llamar al timbre y preguntarle a Luca Schwermer si nos deja entrar en el piso y habla con nosotros —propuso Martin, pero Florian lo rechazó con un gesto.
—El tipo no va a decir nada de nada sin su abogado. Lo más probable es que ni siquiera nos abra la puerta, o que nos la cierre en las narices nada más vernos. Como Hermann Meier se entere de que estamos vigilando a ese malnacido, nos mandará retirarnos.
—Vale. A partir de ahora me hago cargo yo, y tú deberías irte a casa a dormir un rato. Yo me quedo aquí al pie del cañón. —Martin se subió a su coche.
Florian arrancó el motor y se puso en marcha con las luces apagadas. Solo cuando ya estaba bastante lejos de la casa las encendió y pisó el acelerador. Absorto en sus pensamientos, condujo por las calles hasta la comisaría.
De vuelta en el despacho, contempló la pizarra y después los montones de expedientes que había sobre su mesa.
Pensó en Julia y de pronto sintió unas ganas enormes de tenerla cerca.
Pero su deseo tendría que esperar. Las palabras de Julia le daban vueltas en la cabeza.
A lo mejor tenía que empezar de verdad desde cero.
Abrió el expediente de Mia Wildenbrock, asesinada hacía diez años, y repasó el informe de la autopsia.
A Florian le costaba imaginar que aquel caso tan antiguo tuviera realmente algo que ver con los crímenes actuales, pero Julia tenía un talento analítico muy marcado.
Si ella veía una relación, lo más probable era que la hubiera.
Julia se guiaba casi exclusivamente por los hechos, lo que le había valido en el instituto el apodo de Dama de Hielo .
Sonrió para sus adentros. Mi dama de hielo, pensó con cariño, y cogió el expediente del caso de violación.
Se sumergió en los documentos, incluido el informe pericial de Julia.
Las heridas incisas causadas por los cristales, que al parecer procedían también de botellas, le dieron que pensar.
Florian colocó al lado el informe de la autopsia de Mia Wildenbrock.
Comparó línea por línea las lesiones descritas en ambos informes.
A continuación pasó a los informes de los testigos.
Anotó las cifras de la matrícula de un vehículo desconocido que en su día había facilitado una joven.
Los agentes encargados del caso no habían conseguido identificar ni el coche ni al conductor.
Al mismo tiempo revisó la declaración de un testigo que también había visto un vehículo en el caso de la violación de Thea Riethausen, aunque a casi diez kilómetros más al norte del puente del Zoo, en el Worringer Bruch.
Aquel testigo tampoco había podido dar más que una parte de la matrícula.
Los dos testigos sí habían reconocido el color del vehículo.
Se trataba de un coche plateado. Por desgracia, Thea Riethausen no recordaba nada, ni siquiera el lugar donde el autor la había metido a la fuerza en su coche.
Florian anotó los datos de la matrícula, que solo contenían letras.
Combinó las letras con las cifras de la otra declaración testifical y, pese a que la matrícula estaba incompleta, empezó a buscar en la base de datos.
Un montón de vehículos encajaban con las combinaciones posibles.
Descartó todos los coches matriculados en los últimos nueve años y medio.
Después se centró en los coches con la pintura plateada.
El sistema le escupió más de veinte titulares de vehículos.
Necesitó más de una hora para comprobarlos todos.
Solo al final del todo, cuando ya estaba a punto de darse por vencido, le llamó la atención alguien con una larga lista de antecedentes.
De pronto el corazón empezó a martillearle más deprisa y la mano se le fue al teléfono como por voluntad propia.