Capítulo 31
—¡Deja de lloriquear de una vez y escribe! —bufó furioso y le plantó el bolígrafo en la mano por enésima vez.
La mujer trazó una línea temblorosa en el papel. Una lágrima se le desprendió de la mejilla y echó a perder la carta sin remedio.
—¡Maldita sea! ¿Es que con tus pacientes también eres así de inútil? —Le quitó el papel y le puso uno nuevo delante. Luego respiró hondo y habló con voz tranquila—. ¡Escribe!
La enfermera empezó a escribir de nuevo; las lágrimas le corrían sin parar por las mejillas. A él realmente le costaba creer que aquella llorona hubiera terminado siquiera la formación profesional.
—Soy culpable y no puedo seguir viviendo así. Lo siento —dictó, y con un pañuelo le enjugó la siguiente lágrima antes de que pudiera caer sobre el papel.
—Pero yo no he hecho nada —sollozó, y lo miró con los ojos hinchados. Su voz volvió a conmoverlo, pero no dejó que se le notara.
—Pues ahí está la cosa —bramó—. No has hecho nada.
Nada de nada. A lo mejor tendrías que haber hecho algo.
—Se arrastró hasta quedar tan cerca que podía olerla.
Le gustaba su olor. Con la mano enguantada le apartó un mechón de la frente—.
Aunque alguien no haga nada, eso no lo exime de culpa. ¿Entendido?
Ella se lo quedó mirando pasmada con aquellos bonitos ojos azules. A él se le removió algo entre las piernas. Siempre le había parecido atractiva. Ya entonces, tantos años atrás.
—Por favor —suplicó—. Solo quiero irme a casa.
—¿A casa? —soltó, y se echó a reír. ¿Y dónde estaba eso? ¿Qué significaba en realidad? ¿Era un lugar? ¿Una persona? ¿Un amor o todo a la vez?
—Yo ya no tengo hogar, y tú tampoco —siseó, agarró la carta y salió del sótano a toda prisa.
Cerró la puerta con llave y se quedó un momento escuchando sus sollozos.
Con las otras no había sentido más que desprecio.
Con ella, en cambio, su corazón se hizo oír.
Aun así, tenía que morir por lo que había hecho.
Por lo que le había quitado. Nadie se iba de rositas en esta vida.
Subió las escaleras y se acercó a la estantería donde estaba la foto.
Contempló con melancolía uno de los rostros que aún no había tachado con una cruz.
Tragó saliva y apartó la mirada. Luego cogió un paño y frotó la carta con cuidado.
No quería dejar huellas dactilares ni ningún otro rastro.
Nada que pudiera incriminarlo. Después la envolvió en una lámina fina de plástico y la plastificó.
Todo el mundo debía saber por qué tenían que morir aquellas mujeres.
No hacía otra cosa que encargarse de que se hiciera justicia.
Y no pararía hasta que la última de ellas hubiera exhalado el último aliento.