Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Julia sacudió la puerta. Estaba cerrada. Intentó imaginarse a Thea allí de pie diez años atrás. Pero le costó. No tenía ni idea de cómo se había sentido entonces una adolescente. Lenja se acercó a ella y paseó la mirada por el recinto.

—A ver —empezó, pensativa, y bajó un escalón—.

Las tres mujeres asesinadas hace poco tenían un montón de alcohol y éxtasis en sangre.

Supongamos que entonces, como mínimo, se bebió mucho alcohol.

—Lenja fingió tambalearse un poco y avanzó unos pasos dando bandazos.

Luego se volvió hacia Julia—. ¿Adónde irías tú si tuvieras unas ganas horrorosas de vomitar y muy probablemente no quisieras que tus amigos se enteraran?

Durante una fracción de segundo Julia sintió sus propias náuseas, pero las reprimió de inmediato. Señaló un grupo de árboles que lindaba con el recinto.

—Yo iría a tomar el aire y esperaría a encontrarme mejor.

—Vale. Yo habría hecho lo mismo. —Lenja se adelantó a grandes pasos y paseó entre los árboles.

Julia la siguió.

—Si Thea Riethausen se hubiera caído de verdad desde el puente o hubiera visto caer a alguien, habría tenido que moverse en esta dirección.

—Señaló el puente del Zoo, que se alzaba a cierta distancia ante ellas.

Julia no tenía ni idea de qué aspecto tenía aquel lugar diez años atrás.

Colonia era una ciudad dinámica y cambiaba sin parar; lo que veían hoy no permitía necesariamente sacar conclusiones sobre el pasado.

—Un abedul —constató Lenja—. Ahí delante.

Corrió hacia el árbol y lo rodeó. Julia siguió caminando y se preguntó en qué punto había encontrado en su día una paseante a Thea Riethausen.

Abrió una aplicación de mapas en el móvil y señaló en dirección al puente.

Cruzaron a toda prisa el pequeño parque.

Un sendero estrecho llevaba entre unos cuantos arbustos y árboles hasta el puente, que se alzaba a mano derecha.

De frente se llegaba al Worringer Bruch, donde, a varios kilómetros de allí, una paseante había recogido a Thea Riethausen.

—Necesitaríamos imágenes por satélite de hace diez años —dijo Julia, y miró hacia atrás, hacia la discoteca—. Por otro lado, lo más probable es que este sendero lleve aquí desde siempre.

Lenja asintió.

—Seguramente Thea Riethausen fue por aquí y luego subió al puente. Ven. —Lenja echó a andar delante—. Aunque no saltara, describió el agua bastante bien. Como si hubiera mirado hacia abajo desde lo alto.

—Exacto —le dio la razón Julia, y adelantó a Lenja, porque al pie del puente había varios contenedores de vidrio—.

¿Será aquí? —preguntó, y examinó las bocas por las que se echaban las botellas, separadas por colores—.

Podríamos preguntar a la empresa de recogida si aquí siempre ha habido contenedores.

—Julia rastreó el suelo, donde solo había algunos cristales rotos desperdigados.

Lenja subió corriendo al puente, pero al cabo de un rato se detuvo y se volvió hacia Julia, que la había seguido.

—Hasta el otro lado hay bastante trecho. No creo que cruzara —dijo alzando la voz.

—Seguramente no, porque la encontraron en este lado del Rin.

Aun así, es probable que estuviera aquí parada, mirando el agua.

—Julia alcanzó a Lenja y miró hacia abajo, hacia la corriente turbia del Rin.

En aquel punto el puente ya era muy alto.

Chocar contra la superficie del agua debía de ser duro como el hormigón.

No era de extrañar que Mia Wildenbrock se hubiera roto el cuello.

—En cualquier caso, a mí me parece que las dos mujeres se cayeron delante de estos contenedores de vidrio.

La visita a la discoteca, las heridas incisas, todo apunta a que Thea Riethausen y Mia Wildenbrock estuvieron aquí.

Y además el mismo día. Los casos están relacionados, de eso estoy bastante segura.

A lo mejor Thea Riethausen vio cómo el autor empujaba a Mia Wildenbrock desde el puente.

O fue al revés: Mia Wildenbrock presenció la violación de Thea y por eso tuvo que morir.

—Pero ¿por qué no se dio cuenta la policía en su momento? —preguntó Lenja.

Julia se encogió de hombros.

—Thea Riethausen estaba desorientada, no pudo dar ningún dato sobre los hechos ni decir su propio nombre, y a Mia Wildenbrock la asesinaron.

De los casos se ocuparon dos departamentos distintos, puede que ni siquiera de la misma comisaría, porque a Thea la encontraron mucho más al norte de aquí.

Yo examiné a Thea Riethausen hace diez años y ni se me habría pasado por la cabeza que, además de la violación, se hubiera cometido también un asesinato.

El cadáver de Mia Wildenbrock no llegó al instituto hasta tres semanas después.

Le practicó la autopsia el doctor Abel. Son dos delitos violentos distintos.

La relación se perdió sin más, y Thea no contó entonces que antes había estado en la discoteca Cats .

Eso solo lo sabemos ahora por las grabaciones del doctor Schoenfelder.

Y tampoco habló nunca, fuera ella misma o fuera otra persona, de una mujer que se hubiera caído a un río.

Julia miró hacia atrás, hacia el inicio del puente. Allí, un coche maniobraba y acabó aparcando.

—A lo mejor el autor arrastró a Thea Riethausen al interior de su coche justo en ese punto de ahí abajo —conjeturó Lenja.

A Julia le vino de golpe un recuerdo.

—En el caso del asesinato de Mia Wildenbrock, ¿no se fijó una testigo en un vehículo sospechoso?