Capítulo 30
La clínica psiquiátrica cumplía todos los tópicos. Desde lo alto, unas ventanas pequeñas y oscuras miraban a Julia y a Lenja como cien ojos. Les había costado un buen rato dar por fin con el paradero actual de Thea Riethausen.
Cuando Julia bajó del coche, la grava crujió bajo sus zapatos.
Las ramas desnudas de un enorme sauce llorón se agitaban al viento.
Una corneja de un negro azabache llegó aleteando y se posó en la copa.
Sus ojos negros, del tamaño de un botón, la escrutaron con insistencia.
Julia apartó la mirada y cerró el coche.
Se dirigieron despacio hacia el viejo edificio de ladrillo.
En algunas zonas, la fachada se había oscurecido y estaba agrietada.
El musgo había colonizado las tejas y uno de los escalones de la entrada estaba roto.
Lenja se adelantó y abrió la puerta de doble hoja, que anunció su llegada con un chirrido.
Cruzaron el amplio vestíbulo, revestido de baldosas de color verde oscuro que debían de ser de los años setenta.
La mujer que había tras el mostrador de madera llevaba el pelo recogido en un moño severo y las examinó con ojo crítico.
—¿Puedo ayudarlas? —gruñó de mal humor, como si quisiera quitarse a Julia y a Lenja de encima cuanto antes.
—Me llamo Julia Schwarz. Venimos del Instituto de Medicina Forense de Colonia. Esta es mi compañera Lenja Nielsen. Quisiéramos hablar con el doctor Schoenfelder. —Al ver que el gesto de la mujer se cerraba, Julia se apresuró a añadir—: Nos está esperando.
La mujer frunció el ceño con incredulidad, pero no replicó. Levantó el auricular.
—Aquí hay dos señoras para el doctor Schoenfelder. ¿Está?
Torció el gesto mientras escuchaba la respuesta y al final estampó el auricular sobre la mesa. Señaló con la cabeza hacia la derecha.
—Por ahí, todo recto por el pasillo. En la puerta hay un cartel. Pero llamen antes.
Julia asintió y se encaminó con Lenja en la dirección indicada. En el pasillo flotaba un fuerte olor a desinfectante. Los zapatos les chirriaban sobre el linóleo. Las puertas grises que se alineaban a ambos lados le recordaron a las celdas de una cárcel.
—Ahí es —exclamó Lenja, y llamó a la puerta, en la que habían pegado un cartelito de plástico con el nombre del doctor Schoenfelder.
—Adelante —respondió una voz grave.
Tras un macizo escritorio de roble estaba sentado un hombre moreno de mentón anguloso.
—Ustedes deben de ser la señora Schwarz y la señora Nielsen. —Se levantó de un salto y les tendió la mano—. Siéntense, por favor. —El doctor Schoenfelder señaló dos sillas frente a su escritorio—. ¿Puedo ofrecerles algo de beber? ¿Un café o un agua, quizá?
—No, gracias —dijo Julia, y Lenja también negó con la cabeza—. Como ya comentamos brevemente por teléfono, buscamos información sobre Thea Riethausen.
El doctor Schoenfelder asintió y dio unos golpecitos sobre una carpeta que tenía delante.
—He hablado de antemano con la paciente.
Por cierto, está de acuerdo en que hable con ustedes sobre ella.
La pobre mujer está traumatizada desde que sufrió una violación hace diez años.
Desde entonces ha pasado mucho tiempo en distintas clínicas.
Tuvo que dejar la formación profesional que había empezado al terminar la enseñanza secundaria obligatoria.
A raíz de la violación, su vida se ha desquiciado por completo.
Tiende a autolesionarse y por eso la tratamos aquí en régimen de ingreso.
—Suspiró—. Bueno, ¿y qué necesitan exactamente?
—Necesitaríamos saber si puede describir a su violador. La investigación se archivó en su día sin resultado. Sin embargo, han surgido nuevos datos que quizá reabran el caso.
Al doctor Schoenfelder se le dispararon las cejas hacia arriba.
—¿En serio? —preguntó asombrado, y abrió el historial—.
Me temo, sin embargo, que la señora Riethausen no puede aportar gran cosa para esclarecer el caso.
Sufre unos trastornos de memoria muy graves y no recuerda ni la violación ni la época anterior.
A veces incluso olvida su propio nombre.
Es como si su vida hubiera empezado el día después de la agresión.
Antes de eso todo está como borrado. Intento activar su memoria en sesiones de hipnosis.
Por desgracia, la paciente tampoco consigue relajarse del todo en estado hipnótico, y por eso los resultados del tratamiento dejan bastante que desear.
Bloquea cualquier recuerdo. Aunque entonces viera al autor, no es capaz de describirlo ni remotamente.
—¿Sería posible hablar con la paciente?
El doctor Schoenfelder la miró con pesar.
—Sinceramente, no estoy seguro de que pueda asimilar esa clase de estrés. Preferiría que de momento se conformaran con una copia del historial clínico. También puedo poner a su disposición las grabaciones de las sesiones de hipnosis. Así, en principio, tendrán acceso a todo.
—Eso ya sería un primer paso. ¿Y recuerda la violación? En su día anoté que estaba completamente traumatizada y desorientada.
El doctor Schoenfelder pidió a su secretaria copias del historial y de las grabaciones. Luego se volvió de nuevo hacia Julia y sonrió.
—Conozco su informe pericial. En el fondo no ha cambiado gran cosa.
Habla constantemente de agua, mejor dicho, de un río en el que se hunde.
De eso no consta nada en su documentación.
Por desgracia, sigo sin poder explicarme qué significa esa asociación, que al parecer procede del subconsciente de Thea Riethausen.
Julia aguzó el oído.
—En su momento no hubo ningún indicio de que hubiera estado en el agua. Eso es sumamente interesante. ¿Y no habrá presenciado quizá cómo caía otra persona a un río?
—No. Se ve a sí misma. Se está ahogando y se siente culpable. Escuchen las grabaciones. Todo es muy confuso y, cronológicamente, nada parece guardar relación directa con lo demás.
—Se lo agradecemos —dijo Julia, y se levantó.
—Una cosa más —alzó la voz el doctor Schoenfelder cuando ya habían llegado a la puerta—. Necesitaría una orden judicial en caso de que la policía también quiera acceder al expediente en el marco de la investigación.
Julia le prometió que le conseguiría la orden. En la sala contigua recogió de manos de la secretaria de Schoenfelder la copia del historial clínico y de las grabaciones.
—Qué persona más rara —susurró Lenja mientras recorrían el pasillo hacia la salida—. ¿Por qué no nos deja hablar con Thea Riethausen y punto? Igual nos contaba qué aspecto tenía el tío que la violó.
—Está claro que tiene que proteger a su paciente —replicó Julia—. Pero aun así me ha parecido raro.
Julia se despidió de la mujer que estaba tras el cristal con un amable gesto de cabeza.
—Creo que podría haber una relación entre la violación de Thea Riethausen y el asesinato de Mia Wildenbrock.
Las dos mujeres se hirieron con esquirlas de cristal, y Thea Riethausen cree que se cayó al agua.
Pero eso es lo que le pasó a Mia Wildenbrock.
Una casualidad increíble, ¿no te parece? A lo mejor incluso se conocían.
—Sería una pasada. ¿Crees que Thea Riethausen vio cómo empujaban a Mia Wildenbrock por encima de la barandilla del puente?
—Es posible.
—Pues entonces habría visto al asesino.
Julia asintió y abrió el coche.
—Lo mejor será que escuchemos las grabaciones ahora mismo —propuso, y metió el primer CD en la radio del coche.
Al instante se oyó la voz del doctor Schoenfelder. Le explicaba a Thea Riethausen cómo iba a desarrollarse la sesión de hipnosis y poco a poco empezaba a inducirle el trance. Al cabo de un rato la paciente comenzó a hablar y Julia vio enseguida ante sí a la joven de entonces.
Thea Riethausen hablaba de la culpa por lo que le había ocurrido. Hablaba de música a todo volumen y de un club llamado Cats . Julia detuvo la grabación.
—Ese club, el Cats , no lo mencionó entonces para nada. En ningún sitio consta que estuviera en una discoteca antes de la violación. Pero sé con certeza que varios testigos declararon que Mia Wildenbrock había estado de fiesta precisamente en ese club la noche antes de que la asesinaran.
—Se conocían —exclamó Lenja.
Julia asintió y dejó correr la grabación.
Thea hablaba de abedules, de una sombra que la perseguía y de agua negra en la que se hundía.
Se acordaba de unas esquirlas de cristal, pero por lo visto no de la violación.
Parecía que el doctor Schoenfelder tenía razón.
Después de todo aquel tiempo, Thea Riethausen seguía traumatizada y era incapaz de recordar.
Julia detuvo de nuevo la grabación y volvió a poner el punto en el que Thea Riethausen hablaba del río.
—Suena como si se observara a sí misma a vista de pájaro. ¿No te parece raro? Cuando describe el contenedor de vidrio, por ejemplo, vemos a través de sus ojos.
—Julia, creo que tienes razón. Thea no se ve a sí misma, sino a otra mujer —convino Lenja, emocionada—.
Presencia el asesinato porque ella también había estado antes en el Cats .
¿No había por allí cerca un parque? Vamos para allá y buscamos abedules.
Podemos reconstruir su camino desde el club hasta el puente.
Julia se entusiasmó al instante. Condujo hacia el puente del Zoo, donde en aquella época se encontraba la discoteca, que ya no existía.
Junto al edificio ruinoso se extendía un polideportivo con pistas de tenis y varios pabellones.
Aparcó delante del antiguo club, cuyas paredes exteriores estaban cubiertas de grafitis de arriba abajo.
La maleza invadía los escalones de la entrada.
Las ventanas estaban tapiadas con tablones y, salvo por un cartel arañado, ya nada indicaba que allí hubiera habido una discoteca que una década atrás había atraído a cientos de adolescentes.