Capítulo 27
Julia se sentía como una adolescente que estuviera haciendo algo prohibido.
Miró con disimulo a izquierda y derecha.
Cuando se creyó a salvo de miradas, pescó una cajita de la estantería.
Dio una vuelta por la parafarmacia y esperó a cierta distancia de la caja hasta que una anciana logró por fin rebuscar suficiente suelto en el monedero, y así pudo pagar ella sola y sin ojos curiosos encima.
Se acercó a toda prisa a la dependienta, dejó el test en la cinta y evitó cualquier contacto visual.
Una y otra vez se preguntaba si no estaría equivocándose.
Pero el vistazo al calendario de la noche anterior no solo había sacado a la luz una posible víctima más del autor, sino que además había destapado otra cosa.
La regla tendría que haberle venido hacía una semana.
Habían pasado siete días enteros sin una sola gota de sangre y ni siquiera se había dado cuenta.
Había achacado las náuseas matutinas a lo temprano que se levantaba.
Y eso que era médica: tendría que haber notado la falta de inmediato.
—Tres cincuenta —dijo la cajera.
Julia le dio un billete de diez euros e hizo desaparecer el test en el bolso.
Recogió el cambio y salió a toda prisa de la parafarmacia hacia su Golf.
No podía ni pensar en el resultado. Una y otra vez echaba cuentas hacia atrás.
No podía ser. Había tomado precauciones.
Todas las veces. La probabilidad de que algo hubiera fallado le parecía mínima.
Aun así, ahí estaban aquellas náuseas, sobre todo por la mañana, y la falta de sangrado.
Lo primero que buscaría hoy al llegar al instituto sería el aseo.
La vejiga le presionaba la pared abdominal como una pelota pequeña y dura.
Al levantarse se había aguantado las ganas de ir al váter.
Necesitaba la primera orina de la mañana.
Ya que iba a hacerse un test, al menos que fuera lo más preciso posible.
Julia pisó el acelerador. No habían pasado ni cinco minutos cuando aparcó junto al instituto, entró en el edificio y fue derecha al aseo de señoras.
Rasgó el envoltorio y sacó el test. Repasó impaciente las instrucciones de uso y orinó sosteniendo la tira reactiva bajo el chorro.
El pulso se le había disparado y el tiempo que quedaba hasta que apareciera el resultado no pasaba de ninguna manera.
Alguien entró y usó el váter de al lado.
Julia encogió las rodillas con la esperanza de pasar desapercibida.
Cuando la mujer volvió a salir, Julia alumbró el test con la linterna del móvil.
De momento solo indicaba que funcionaba.
No había ningún indicio de embarazo. Miró el reloj.
Un minuto más. Inquieta, dejó el test sobre la tapa del váter y cambió el peso de un pie a otro.
Contó los segundos y tuvo la sensación de que el corazón se le paraba.
Volvió a mirar. Tuvo que parpadear varias veces: quería asegurarse del todo de que el resultado ya no cambiaba.
Julia no sabía si alegrarse o no. Metió el test de nuevo en el envoltorio y se lo guardó. Luego salió deprisa del aseo y, de camino al despacho, se propuso no darle más vueltas al asunto por el momento.
Saludó a Kerstin Brandt con un gesto amable de cabeza y le pidió que buscara todos los casos antiguos en los que alguna mujer se hubiera cortado con cristales rotos. Después fue hasta el escritorio y marcó el número de Florian.
—¿Tienes el expediente? —preguntó, esforzándose por sonar lo más tranquila posible.
—Sí, pero solo en papel. El caso es viejísimo. Si quieres echarle un vistazo, anda, vente y lo repasamos juntos. Martin Saathoff se ha dado de baja, una indigestión. Me vendría bien tu ayuda.
Julia ya le había contado a Florian su hallazgo la noche anterior.
Mia Wildenbrock, asesinada diez años atrás, no encajaba al cien por cien en el esquema, pero tenía algo en común con una de las víctimas actuales.
Había ido al mismo instituto que Jana Albrecht.
Julia había dado con una entrada en internet.
Echó un vistazo rápido a su calendario y comprobó que le quedaban un par de horas hasta la siguiente autopsia.
—Vale. Voy para allá —dijo, contenta ante la idea de distraerse un poco.
Media hora más tarde, cuando llegó al despacho de Florian, este estaba sentado ante una carpeta con el ceño fruncido.
—¿Y bien? —preguntó Julia con curiosidad—. ¿Has podido averiguar algo?
Florian se encogió de hombros.
—En este expediente no hay mucho más de lo que pone en el informe resumido que tienes en el instituto.
Me he leído la documentación de la policía científica.
Como el cadáver de Mia Wildenbrock estuvo tres semanas flotando en el agua, por desgracia ya apenas quedaba nada que analizar.
En su día la policía dio por hecho que se trataba de una víctima casual.
Por lo visto, la joven de dieciocho años subió tambaleándose al puente y un hombre la empujó al vacío.
Lo vio un taxista desde el otro lado de la calle.
Y luego hubo otra testigo que se dio cuenta de que a Mia Wildenbrock la observaba y la seguía un hombre cuando salió de la discoteca.
—Pasó una página y suspiró—. Ni idea de si después de más de diez años podremos siquiera localizar a los testigos.
—¿Y qué hay del instituto? A lo mejor las otras víctimas también fueron allí —quiso saber Julia.
—En su día la policía preguntó por ahí en el instituto de Mia Wildenbrock.
Muchos alumnos estuvieron de fiesta en la discoteca aquella noche.
Puedo repasar las listas de alumnos, no me importa.
Otra cosa es que merezca la pena el esfuerzo.
—Florian le lanzó una mirada vacilante—.
Creo que sería mejor que nos centráramos en Luca Schwermer.
De momento no hemos podido detenerlo, pero esta tarde volveré a interrogarlo. Igual confiesa los asesinatos.
Julia asintió. Había bastantes cosas que apuntaban a Schwermer como autor.
Aun así, ella veía varios paralelismos con el crimen de hacía diez años.
Los cristales, el ahogamiento en el río.
Los testigos habían declarado entonces que Mia Wildenbrock parecía algo bebida.
Era muy posible que estuviera completamente equivocada, pero, en la práctica, no podían dejar de lado ese caso antiguo sin más.
Al fin y al cabo, habían descubierto una conexión entre las víctimas.
—También podemos llamar un momento a los familiares —dijo, y abrió con decisión el expediente de Rafaela Dombert. Buscó el número de la madre y la llamó.
—Buenos días, señora Dombert. Soy la doctora Schwarz, del Instituto de Medicina Forense de Colonia. ¿Cómo está?
—Estamos de duelo —respondió Rita Dombert con voz temblorosa—. ¿Han encontrado al tipo que le hizo eso?
—Estamos en ello y, en relación con eso, quería hacerle una pregunta. ¿Puede decirme a qué instituto fue su hija cuando tenía diecisiete o dieciocho años?
—Claro. Fue al instituto de bachillerato del barrio. ¿Cómo se llamaba? Creo que Erich Kaestner.
—Gracias —respondió Julia, y colgó. Miró a Florian—. Rafaela Dombert fue al mismo instituto que Jana Albrecht y que Mia Wildenbrock, la víctima del asesinato de entonces.
Se acercó a la pizarra y señaló el nombre de Luca Schwermer.
—¿A qué instituto fue el sospechoso?
Florian negó con la cabeza.
—Acabo de repasar por encima la lista de alumnos.
Su nombre no aparece. No me extraña, porque Schwermer se crió en otro barrio de Colonia.
En la lista sí figuran Jana Albrecht y Rafaela Dombert.
Según los datos del expediente, por lo visto ninguna de las dos se dio cuenta entonces de que Mia Wildenbrock salió del club la noche en cuestión.
—Por cierto, ¿la tercera víctima, Mareike Hohmann, fue también al mismo instituto? —preguntó Julia.
—No está en la lista de alumnos, pero aquella noche también estuvo en el club. Por si acaso, se lo pregunto otra vez a su familia —explicó Florian, y tecleó un número en el teléfono. Llamó a la madre de Mareike Hohmann y preguntó a qué instituto iba entonces su hija.
—Mareike Hohmann no fue al instituto Erich Kaestner —dijo por fin con cara larga—. No hizo el bachillerato, y Luca Schwermer probablemente tampoco.
Julia se sentó decepcionada en la silla giratoria de Martin Saathoff.
Se acercó el expediente policial de Mia Wildenbrock y estudió las primeras páginas, llenas de declaraciones testificales.
Repasó por encima las declaraciones del tío de Mia Wildenbrock, con el que ella había vivido.
El hombre acusaba al exnovio de Mia, porque ella había roto con él pocos días antes de la noche de la discoteca.
Sin embargo, Sascha Gruber no había estado la noche en cuestión ni en el Cats ni por los alrededores, y la policía no pudo demostrar lo contrario.
Julia pasó la página. El móvil sonó y la arrancó de sus pensamientos.
En la pantalla apareció el número de su secretaria.
—He buscado todos los casos del instituto en los que aparecían cristales rotos.
La mayoría son de hombres. Esos los he descartado y al final solo quedan un puñado de homicidios y un caso de violación, aunque de hace más de diez años.
Le dejo los expedientes en el escritorio para que pueda estudiarlos con calma.
A Julia se le quedaron resonando en el oído unas cuantas palabras de Kerstin Brandt: diez años.
—¿Puede contarme algo más sobre el caso de violación? —pidió, y puso el teléfono en altavoz.
—Se trataba de una tal Thea Riethausen. Ah, aquí veo que usted estuvo presente en el peritaje.
En cualquier caso, a Thea Riethausen la violó un desconocido en su coche y después la abandonó en una reserva natural del norte de Colonia, el Worringer Bruch.
En el antebrazo tenía clavados varios cristales que hubo que extraerle.
Por lo visto se cayó mientras huía de su violador.
Entonces él la arrastró al interior de su coche.
—Julia oyó que Kerstin Brandt pasaba una página antes de seguir hablando—.
Estoy echando un vistazo al informe del laboratorio.
La mujer tenía bastante alcohol en sangre.
No se detectaron drogas de sumisión química ni ninguna otra sustancia.
No me extraña, porque no puso la denuncia hasta más de un día después.
Una mujer que paseaba por allí la recogió completamente desorientada y la llevó al hospital.
Tardaron unos días en establecer su identidad, porque ella no se acordaba de su nombre.
Por cierto, no había restos de semen: por lo visto el autor usó preservativo.
Tampoco se encontraron restos de ADN en su ropa. Eso es lo esencial.
—Se lo agradezco —dijo Julia, y le lanzó a Florian una mirada pensativa—. A lo mejor hay incluso otro caso antiguo relacionado con los actuales.