Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 28
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Capítulo 28

Debajo de ella chapoteaba con avidez el agua negra.

Thea volvía a ser la mujer que caía al agua.

Voló por el aire una eternidad interminable hasta hundirse en las aguas oscuras.

Unas manos de algas la arrastraron al fondo.

Los pulmones se le llenaron de agua fangosa del río.

La voz queda del doctor Schoenfelder le llegó al oído y la catapultó de vuelta al contenedor de vidrio que ya había aparecido una vez en su recuerdo.

Thea estaba allí de pie y se veía a sí misma.

Llevaba un vestido corto que le marcaba la cintura estrecha.

En realidad debería estar empapada si acababa de caer al río.

Pero la ropa se notaba seca. Thea se miró de arriba abajo.

Le goteaba sangre de los brazos. El suelo bajo sus pies se había teñido de rojo oscuro.

Estaba todo embadurnado. Abrió la boca para gritar.

Al instante, una mano fuerte se le posó sobre los labios.

—Calla —le siseó alguien al oído.

—¿Doctor Schoenfelder? —quiso gritar, pero solo le salieron sonidos ininteligibles.

El hombre la arrastró lejos de la sangre.

La llevó por un parque hasta un coche. Una ranchera plateada.

Antes de que se diera cuenta, él había abierto el maletero y la había empujado dentro.

Habían estado un buen rato en marcha. Después él había parado y se había metido con ella en el maletero.

Ahora él estaba tumbado encima de ella y ella olía su aliento apestoso.

Había bebido. Sintió un dolor insoportable en el centro del cuerpo.

La brutalidad con la que la desgarraban.

Le hicieron jirones el alma. Y cuando él terminó con ella, ya solo sintió vacío por dentro y aquel dolor.

—Describa al hombre. Mantenga la calma. Es solo un sueño. Nada es real. Relájese y mírele la cara.

Solo entonces Thea se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados. Lo olía, pero no lo veía. Abrió los párpados de golpe. Allí estaba. Una sombra negra que estaba encima de ella y dentro de ella. Que le hacía daño.

—No puedo —jadeó, y volvió a cerrar los ojos.

No quería verlo. No quería volver a vivir todo aquello. Lo había encerrado bajo llave precisamente por eso.

—Inténtelo —insistió el doctor Schoenfelder—. Estamos muy cerca. Lo va a conseguir, Thea.

De pronto el dolor cesó. A su alrededor había silencio.

Nadie la tocaba. Thea se miró fijamente de arriba abajo.

Rojo oscuro. Había sangre pegada por todas partes.

En los brazos, en las manos y entre las piernas.

Avanzó dando tumbos por un prado. Hacía calor.

Muy arriba en el aire, unos pájaros chillaban como buitres.

Echó a correr porque el ruido de un motor la asustó.

Por nada del mundo podía acabar otra vez en aquel maletero.

La sangre de las plantas de los pies la retenía.

Quiso dar un paso, pero no funcionó. Perdió el equilibrio y cayó con los brazos por delante sobre los cristales rotos esparcidos alrededor del contenedor de vidrio.

Se le clavaron hondo en la carne. Gritó.

—Tres, dos, uno. ¡Despierte!

Clic.

La oscuridad se disipó.

—¿Cómo se encuentra?

No tenía ni idea. Su propio nombre ya no le venía a la cabeza. La lengua seca se le pegaba al paladar y no le salía ni una palabra.

—¿Thea?

Desconcertada, abrió los ojos y miró el rostro de un extraño.

—Soy el doctor Schoenfelder y la estoy tratando.

Cierto. Poco a poco le fue volviendo el recuerdo.

—Thea, ¿está usted bien?

Asintió con aire ausente.

—¿Vio al hombre que la agredió?

El agresor le atravesó la mente como un rayo.

—Tenía los ojos azules —soltó, y se dio cuenta de que el doctor Schoenfelder también tenía unos ojos así.

—¿Ya recuerda lo que le ocurrió?

Thea negó con la cabeza. Aun así, el doctor Schoenfelder le tendió una caja de lápices de colores.

—Elija un color y dibuje lo que le venga a la mente. Dé rienda suelta a sus sentimientos y lo mejor es que empiece ahora mismo. Todavía lo tiene todo en la memoria.

Thea arrancó el lápiz de la caja y lo clavó con fuerza, como una lanza, a través del papel.