Capítulo 26
Con un rotulador negro grueso tachó con una cruz el rostro de la foto.
Hecho, pensó, y volvió a colocarla en la estantería, satisfecho.
Ya solo le sonreían tres mujeres más. Pronto se les borraría la sonrisa.
Le habían arruinado la vida y ahora él les quitaría la suya.
Todas ellas cargaban con la culpa del destino de él y tenían que pagar por ello.
Un vistazo al reloj le indicó que ya era hora de irse.
Su próxima víctima estaba a punto de salir del trabajo.
De buen humor, cogió la cámara y las llaves del coche.
Con la mujer nueva lo tendría fácil. Trabajaba de enfermera y hacía turnos de noche a menudo.
Luego volvía a casa en bicicleta, cruzando el parque.
Ya la había observado varias veces. Siempre tomaba el mismo camino e incluso iba siempre por el mismo lado de la calle.
Aquella mujer era un animal de costumbres.
Estaba deseando tenerla por fin en su poder.
Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a dónde atraparla.
Al final se había decidido por el sendero estrecho al que ella tenía que desviarse para llegar a su piso.
Aparcó el coche al otro lado del parque.
La seguridad era lo primero, y no quería que lo pillaran bajo ningún concepto.
Había buscado cámaras de vigilancia sin encontrar ninguna, pero aun así quería evitar que una casualidad lo delatara.
Hoy en día todo el mundo sacaba el móvil enseguida y grababa un vídeo para su próxima publicación en alguna red social.
Él, en cambio, solo entraba en internet de forma anónima y lo usaba sobre todo para sus investigaciones.
La idea de que la policía pudiera rastrear su dirección IP le daba escalofríos.
Por supuesto, a veces localizaba a una mujer a través de la red y contactaba con ella.
La mayoría eran tan estúpidas que contaban su vida privada, dirección incluida, sin hacer muchas preguntas.
La red era un paraíso para cazadores como él.
Cruzó el parque sin llamar la atención, evitando casi siempre los caminos anchos.
La mujer no era el único animal de costumbres.
También estaban todos los dueños de perros.
Cada día recorrían la misma ruta a la misma hora, sin la menor variación.
Algunos eran extremadamente curiosos y estaban atentos a cualquier cosa que se saliera de lo normal.
Un hombre embozado con un pasamontañas sería toda una atracción, sobre todo a esas horas tan tempranas.
Se alisó el pasamontañas para ver mejor.
Se detuvo detrás de un árbol, junto al sendero estrecho, y sacó un alambre fino.
Dudó antes de pasarlo alrededor del tronco a la altura del pecho, tenderlo sobre el camino y sujetarlo al árbol de enfrente.
En verano no se habría atrevido a hacerlo.
El riesgo de derribar de la bicicleta al ciclista equivocado habría sido demasiado grande.
Pero en aquella época del año, poco después de las seis, podía estar seguro de que nadie más pasaba por aquel sendero.
Esperaba que la mujer no fuera demasiado deprisa.
No quería hacerle daño. Ahora no. Un dolor podía tapar otro.
Pero él quería que sintiera cada uno de los cristales bajo las plantas de los pies cuando la hiciera caminar sobre ellos.
Tenía que sufrir, y lo más intensamente posible.
Había cargado con una culpa y tenía que expiarla.
A lo lejos percibió un ruido. Se escondió deprisa detrás del tronco y aguzó el oído.
Se acercaba. Oyó un zumbido regular y vio la luz débil de un faro de bicicleta que apenas iluminaba el camino.
El alambre no lo vería jamás. Comprobó con satisfacción que no iba especialmente deprisa.
Pedaleaba con cansancio. Su aliento se convertía en un vaho fino.
El pelo largo le volaba por debajo del gorro, en la oscuridad.
La luz parpadeó y en ese mismo instante se oyó un golpe.
La mujer cayó de la bicicleta, que siguió rodando sin frenar, dio un bandazo y fue a caer delante del siguiente árbol.
Ella soltó un grito de sorpresa y se quedó tendida en el suelo, gimiendo.
Él esperó un momento antes de salir de detrás del árbol.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, y le tendió la mano para ayudarla.
Ella gimió y dejó que la levantara.
—Me he caído —jadeó, y dio unos pasos cojeando hacia la bicicleta.
—Puedo llevarla a casa con la bici, si quiere. Tengo el coche aquí cerca.
—No, gracias. Ya me apaño. No me queda lejos —replicó ella, y apartó la mano de la de él.
—La bici está destrozada. Ya no puede montar en ella —se apresuró a explicar él, y se le plantó delante.
Ella se escurrió por su lado e intentó levantar la bicicleta. Él había subestimado por completo la fuerza de voluntad de aquella mujer.
—Pues creo que sí que me vendría bien algo de ayuda —pidió ella, y en su voz había algo que lo hizo dudar.
La forma en que hablaba le recordaba a alguien.
Quizá lo mejor fuera llevarse de allí la dichosa bici.
Si buscaban a la mujer, podría ser un indicio para la policía.
Mejor que nadie se enterara de cuándo y cómo había desaparecido.
—Con mucho gusto —dijo, y le levantó la bicicleta del suelo. Encendió la linterna y alumbró la bici.
—Mire, con esto no va a llegar lejos —constató, y volvió a guardarse deprisa el paño empapado en anestésico en el bolsillo del abrigo—. La rueda delantera está doblada y hay que cambiarla.
—Ay, no —exclamó la mujer.
—Puedo llevarla a casa en coche. La bici nos la llevamos —propuso él de nuevo, y esta vez ella aceptó agradecida.