Capítulo 25
Julia seguía encorvada delante de la pantalla, frotándose los ojos.
Se había hecho muy tarde y todo el personal del instituto disfrutaba ya de un merecido descanso.
Ese día Julia había dedicado mucho tiempo a la investigación, pero tampoco podía descuidar el instituto.
Hojeaba la documentación de algunos candidatos que la señora Ludwig, del departamento de personal, había conseguido reunir.
Uno de ellos tendría que sustituir al doctor Abel durante su ausencia.
Quizá incluso pudieran contratarlo después de forma fija.
Al fin y al cabo, los casos por tramitar aumentaban año tras año.
Con una plantilla siempre igual de escasa, sencillamente ya no había quien sacara adelante el trabajo.
Julia clasificó a los candidatos por cualificación y experiencia y le escribió un correo a la señora Ludwig para indicarle a cuáles le gustaría entrevistar.
Después sus pensamientos se desviaron de nuevo hacia los casos de asesinato y hacia la última víctima, Mareike Hohmann.
El nombre de Mareike no se parecía casi nada a Mia ni a Mila.
Por mucho que lo retorciera. Anotó las letras por separado y las combinó una y otra vez.
Pero no dio con ninguna variante convincente.
Florian había puesto patas arriba todas las bases de datos policiales disponibles en busca de una Mia o una Mila.
En los contactos de las otras víctimas tampoco había ni rastro de un nombre así, y a los familiares tampoco les sonaba de nada.
Luca Schwermer sostenía con firmeza que jamás había oído hablar de ninguna Mareike Hohmann.
Lo mismo ocurría con Ferdinand Meisner y Mike Neuhausen, que no podían aportar ninguna coartada para la posible franja del crimen.
Florian y Martin Saathoff ya no se ocupaban de las últimas palabras de Rafaela Dombert, pero a Julia no la dejaban en paz.
Las últimas palabras de una persona moribunda siempre significaban algo.
Eran definitivas. Se quedaban grabadas en la memoria de todos los que las habían oído.
Seguía creyendo que Rafaela Dombert había querido decirles algo con ellas.
Algo que los llevara hasta el autor. Solo que no podía demostrarlo.
Mientras se preparaba otro té, por fin se le ocurrió una idea.
Introdujo los nombres de Mia y Mila en el campo de búsqueda del instituto forense.
Su base de datos propia registraba todas las autopsias y también los demás casos peritados allí durante las dos últimas décadas, violaciones o lesiones graves, por ejemplo.
El ordenador le escupió cinco veces el nombre de Mia y dos veces una Mila.
Julia estudió los datos concentrada. La primera Mia tenía solo cinco años cuando perdió la vida en un accidente de tráfico.
La siguiente murió de una sobredosis de drogas y a continuación Julia se topó con un suicidio por ahorcamiento.
La cuarta Mia sí era víctima de un asesinato.
Julia marcó el nombre y revisó las Mias y las Milas restantes.
Al final tenía dos casos de asesinato, pero solo uno guardaba relación con el agua.
Se remontaba a diez años atrás. Un desconocido había empujado al río a una joven desde uno de los puentes del Rin.
El cadáver no se descubrió hasta tres semanas después y al autor nunca lo detuvieron.
Julia anotó el número de expediente en un papel y vaciló.
El asesinato se había cometido hacía una eternidad.
Para conseguir el informe completo de la autopsia tendría que bajar al archivo, porque diez años atrás en el instituto no se digitalizaba nada todavía.
Se preguntó si incluso habría participado ella misma en la autopsia.
Pero sus recuerdos no llegaban tan atrás.
Por aquel entonces echaba una mano allí mientras estudiaba la carrera.
Fue haciendo clic en su calendario, que efectivamente conservaba todas las fechas pasadas.
El día de aquella autopsia, Julia había ayudado en el peritaje de un caso de violación.
Le mandó un mensaje corto a Florian. Iría a su casa más tarde.
Después se pertrechó con una linterna, se guardó el papel con el número de expediente y se puso en camino hacia el archivo del sótano.
Julia abrió la pesada puerta cortafuegos y contuvo la respiración.
Le llegó una vaharada de aire viciado que olía a humedad.
Encendió la luz. La débil iluminación sobre su cabeza parpadeaba de manera irregular.
Siguió un cartelito pegado a la pared a la altura de los ojos en el que ponía Archivo en letras gruesas.
Se preguntó cuándo había buscado algo allí por última vez.
Tenían que haber pasado años. Por un momento deseó tener a Kerstin Brandt a su lado.
Su secretaria haría aparecer el viejo expediente en un santiamén.
Julia, en cambio, primero tendría que encontrar la sala correcta.
Avanzó con sigilo por el estrecho pasillo, por cuyo techo discurrían numerosas tuberías.
De ellas salía un golpeteo constante. Tenía la sensación de caminar bajo una tubería de aguas residuales y se alegró cuando por fin llegó a una puerta de acero con un gran cartel que ponía Archivo.
Bajó el picaporte y acto seguido se dio una palmada en la frente.
Se había olvidado de la llave. La puerta estaba cerrada con llave, cómo no.
Julia maldijo y deshizo el camino. Ahora el golpeteo de las tuberías le pareció aún más fuerte, no sabía por qué.
Seguramente eran solo imaginaciones suyas.
Era tarde y estaba corriendo completamente sola por un sótano que olía a humedad.
Empujó la puerta cortafuegos y subió a toda prisa por la escalera.
Todas las llaves estaban en el cajón superior del escritorio de su secretaria.
Menos mal que Kerstin Brandt las tenía bien etiquetadas.
Julia cogió la del archivo y volvió a bajar corriendo.
No hizo caso de las tuberías que golpeteaban ni de la luz parpadeante.
Llegó sin aliento a la puerta del archivo y la abrió.
Ante ella se alzaban hileras de estanterías que llegaban hasta el techo.
Abrió el armario de acero donde se guardaba el registro y buscó el número de expediente.
Después peinó las hileras de estanterías y dio con lo que buscaba en el otro extremo del archivo.
El expediente estaba en el estante más alto.
Se puso de puntillas y estiró el brazo. Aun así no llegaba.
Entre maldiciones, buscó con la mirada un taburete de dos peldaños y encontró uno justo al principio, junto a la entrada.
Con el taburete en las manos volvió corriendo a la estantería y se subió.
Sin previo aviso, las náuseas volvieron a asaltarla. Julia se llevó la mano al vientre y se tambaleó. Antes incluso de que pudiera coger el expediente, oyó un ruido. Pasos.
Había alguien allí.
Julia quiso bajarse del taburete, pero falló un peldaño y se estrelló contra el suelo.
Un dolor intenso le subió del pie a toda la pierna.
Los pasos se acercaban. Julia palpó en busca de la linterna que había traído consigo.
Justo delante de ella, donde terminaba la hilera de estanterías, apareció una sombra en el suelo.
Apretó la linterna con más fuerza, dispuesta a defenderse.
—¿Julia?
Lenja corrió hacia ella.
—Pero ¿qué haces en el sótano en plena noche? ¿Te has hecho daño?
—¡Menudo susto me has dado! —exclamó Julia—. Maldita sea. Me he caído del taburete y seguramente me he torcido el tobillo.
Lenja hizo caso omiso del reproche y tiró de ella hasta ponerla en pie. La examinó de arriba abajo.
—Te veo pálida —constató, y le miró el tobillo.
—Pues podría estar torcido de verdad. ¿Puedes apoyar el pie?
—Sí. No es nada —mintió Julia, porque las náuseas la sacudían con mucha más fuerza que el dolor de la pierna.
De pronto volvió a acordarse del calendario.
Se escuchó por dentro y se asustó. Se había olvidado de algo importante.
Con el ajetreo diario se le había pasado por completo.
Pero no quería que se enterasen ni Lenja ni nadie más.
—Acabo de sacar un viejo informe de autopsia —explicó Julia, desviando el tema. Señaló el papel con el número de expediente—. Pero antes quiero saber por qué estás tú aquí en realidad. Si todavía estás de baja. Vamos a tener problemas con el seguro si aun así te quedas en tu puesto de trabajo.
Lenja puso los ojos en blanco.
—¿Eso vale también para después de las nueve de la noche?
Julia asintió.
—Por supuesto. Bueno, ¿qué haces aquí?
Lenja se subió al taburete y sacó el expediente.
—Quería mantenerme al día —confesó—. Pensaba que a estas horas ya no quedaba nadie.
Pero entonces apareciste tú de repente en el pasillo.
Ibas con tanta prisa que ni siquiera me viste.
Te seguí, pero no quería asustarte. Siento muchísimo que te hayas caído por mi culpa.
—Le puso el expediente en la mano—. ¿Y qué se supone que pone ahí dentro? Ese trasto tiene diez años.
—Todavía no sé si este caso nos lleva a alguna parte. He buscado Mia o Mila en nuestro sistema y me he topado con ese asesinato antiguo. —Julia se metió el expediente bajo el brazo y salió del archivo con Lenja. Por suerte el mareo cesó en cuanto dejaron atrás aquel aire viciado.
De vuelta en el despacho, Julia abrió el expediente y repasó con Lenja los escuetos datos.
Mia Wildenbrock había perdido la vida hacía algo más de diez años, después de una noche en la discoteca Cats .
Camino de casa, un desconocido la había empujado por encima de la barandilla de un puente.
Según el informe de la autopsia, se había roto el cuello con el impacto y había muerto en el acto.
Julia abrió el buscador en su ordenador y tecleó unas cuantas palabras clave.
Al instante apareció un artículo de periódico antiguo.
Según el artículo, al autor lo había visto un taxista que acudió en ayuda de la joven, aunque ya no pudo hacer nada más que llamar a emergencias.
La policía había interrogado sobre Mia Wildenbrock a varios testigos de la discoteca.
A una testigo le había llamado la atención un hombre que había seguido a Mia Wildenbrock fuera de la discoteca.
Describió al hombre como alto, corpulento y moreno.
Además se había quedado con una parte de la matrícula de su coche.
Eso sí, solo consiguió recordar las tres últimas cifras y no supo decir nada sobre el modelo del vehículo.
Con esas cifras, la policía no logró dar con el titular del coche.
La investigación del asesinato acabó en nada, quizá también porque el cadáver de Mia Wildenbrock no se sacó del Rin hasta semanas después.
Hasta entonces el caso figuraba como una desaparición.
Julia volvió a echar un vistazo al informe de la autopsia. La muerta presentaba numerosas lesiones en el cuerpo, atribuibles en su mayor parte al largo tiempo que había pasado en el agua del Rin. Ya no se pudieron detectar ni drogas ni alcohol.
—No tenía heridas incisas en las plantas de los pies —murmuró Julia, y sacó del expediente unas fotografías del cadáver. Los pies parecían dañados e hinchados, pero no presentaban ni cortes ni cristales. La siguiente anotación, en cambio, le dio que pensar.
—Lenja, mira esto. En las rodillas de la mujer se encontraron esquirlas de cristal, y también en las manos.
—Parece que se cayó —observó Lenja—. ¿Crees que este caso guarda relación con el nuestro? La víctima era mucho más joven, acababa de cumplir los dieciocho. Y tampoco llevaba puesto un cinturón de castidad ni encima ninguna carta de despedida.
—Hay diferencias, ya lo sé. Pero también unas cuantas cosas en común. Y además está el nombre de pila que pronunció Rafaela Dombert. Claro que podría tratarse de otra Mia. Pero ¿y si esta mujer fue la primera víctima de nuestro asesino en serie?
—¿Quieres decir que el autor mató a Mia Wildenbrock y luego esperó diez años para seguir con otras tres mujeres? —Lenja puso cara de escepticismo. Se acercó al plano de la ciudad que colgaba en la pared del despacho de Julia y recorrió con el dedo el curso del Rin.
—Por aquel entonces el Cats estaba en la zona norte de la ciudad. A lo mejor no es tan descabellado —constató.
Julia introdujo el nombre de Mia Wildenbrock en el campo de búsqueda del navegador. Si alguna vez había tenido un perfil en Facebook o en otra plataforma, a estas alturas seguro que ya lo habían borrado.
Lo único que Julia encontró fue, en efecto, la esquela.
Entró en la página de un semanario regional y leyó las tristes palabras de los padres de Mia Wildenbrock, de su hermana, de los abuelos y de sus compañeros de clase.
Algo emergió de golpe en su memoria. Abrió el expediente de Mareike Hohmann y lo repasó por encima, pero no dio con ningún punto en común.
—¿Puedes buscar el nombre de este colegio? —le pidió a Lenja, y le puso en la mano el expediente de Jana Albrecht. Julia se ocupó ella misma de la documentación de Rafaela Dombert. Como no encontró el colegio al que debía de haber ido, volvió a buscar en internet.
—Aquí no pone nada —declaró Lenja al cabo de un rato.
—Yo tampoco tengo nada —dijo Julia, frustrada. Aun así, para completar la búsqueda, volvió a introducir el nombre de la primera víctima en el buscador.
—Puede que al final sí hayamos encontrado algo —anunció Julia, y notó que se le disparaba el pulso.