Capítulo 24
El doctor Schoenfelder le lanzó a Thea una mirada crítica.
—Hoy parece usted bastante tensa. Recuéstese tranquilamente y respire hondo un par de veces.
Thea se dejó caer en su sillón, pero no consiguió relajarse. El doctor Schoenfelder parecía enfadado con ella. Nunca se lo diría, claro, pero ella lo notaba. Incluso se lo había preguntado, pero él lo había negado. Seguro que ahora pensaba que ella confiaba más en Alex que en él.
—Tal vez esto ayude —dijo el doctor Schoenfelder con suavidad, y le puso sobre el vientre un saquito térmico caliente de huesos de cereza—.
Déjese llevar, Thea. Hemos avanzado mucho.
Estoy seguro de que pronto podremos activar sus recuerdos de la agresión.
En cualquier caso, la puerta de esa parte de su memoria ya la hemos abierto.
Ahora solo nos falta entrar y después podrá recuperar cada detalle de lo que ocurrió entonces.
El saquito caliente le sentó bien. Suspiró y cerró los ojos. El doctor Schoenfelder le cogió las manos y se las colocó sobre el saquito. El calor le subió desde las yemas de los dedos y se le extendió por los antebrazos hasta la cabeza.
—¿Puede decirme qué espera usted de Alex?
El calor agradable la aturdía un poco.
—No lo sé —respondió ella, insegura.
—¿Qué siente cuando está cerca de Alex?
Thea reflexionó. Había muchos sentimientos distintos.
—Amistad y apego —respondió con sinceridad—. Me cae bien.
—¿Nada más? —La voz del doctor Schoenfelder había adoptado un leve tono de duda. ¿No estaría celoso el doctor Schoenfelder?
—¿Le quiere? —preguntó, como buscando una confirmación.
—Quizá —respondió Thea—. Pero seguramente sería demasiado complicado.
—Lejos de mí la intención de inmiscuirme en su vida sentimental, pero usted es mi paciente.
Alex se encuentra en una situación parecida a la suya y ahora mismo no puede darle apoyo.
Ya se lo he dicho en otra ocasión. No quiero que vuelva a echar a perder la estabilidad que acaba de conseguir.
Intente mantener las distancias, al menos por ahora.
En mi opinión, todavía necesita tiempo hasta que pueda volver a entregarse por completo a alguien.
Thea gimió.
—Lo sé. —El doctor Schoenfelder ya se lo había explicado. Se enamoraba constantemente de hombres que no le convenían. Y cuando todo se torcía, se hacía cortes en los antebrazos. Pero Alex era distinto. Lo notaba. Solo que el doctor Schoenfelder no parecía verlo.
—Encuéntrese primero a sí misma. Después podrá buscar a otra persona. Alguien que tenga los pies en la tierra, que sea mentalmente estable y pueda darle apoyo.
—¿Alguien como usted? —se le escapó a Thea, y al instante se arrepintió. El doctor Schoenfelder guardó silencio. Se limitó a cambiar el saquito térmico por otro nuevo y a dejar a un lado el que se había enfriado.
—Volvamos a aquella noche. Al punto en el que estaba usted delante del contenedor de vidrio. Cuénteme exactamente qué pasó después.