Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 23
60%

Capítulo 23

—¿Y no hay ninguna duda? —preguntó Florian, satisfecho, y rodeó con un círculo de rotulador rojo el nombre de Luca Schwermer en la pizarra.

—No. Lo tengo por escrito. El laboratorio ha encontrado varios pelos en la ropa de Rafaela Dombert. Uno de ellos es inequívocamente de Luca Schwermer. Como tiene antecedentes, hemos podido identificar su ADN sin problemas —explicó Anna Schubert agitando un documento.

—¿Y qué pasa con Jana Albrecht? ¿En ella también hemos recogido restos de ADN de Schwermer? —Florian dio unos golpecitos sobre su nombre, precedido de un número uno que la identificaba como la primera víctima.

—En la ropa ya no hemos encontrado nada. Es que estuvo demasiado tiempo en el Rin —respondió la jefa de la policía científica, y se volvió hacia Julia—. ¿Y los restos de piel bajo las uñas?

Julia negó con la cabeza.

—En las tres víctimas hemos examinado las uñas de las manos y de los pies, además de toda la piel. No hemos encontrado ni restos de piel ajena ni lesiones de defensa en los antebrazos. El autor sedó a las mujeres con alcohol y drogas.

Había practicado la autopsia a la tercera víctima apenas unas horas antes y después se había desplazado a la comisaría para la reunión.

Cierto que el informe del laboratorio no llegaría hasta el día siguiente como muy pronto, pero en el estómago de la mujer había encontrado grandes cantidades de alcohol.

Se había ahogado, igual que las dos primeras víctimas.

Por lo visto, el autor seguía siempre exactamente el mismo patrón.

—¿Ya sabemos quién es la tercera víctima? —preguntó al grupo. Además de Florian y Anna Schubert, también estaban presentes Martin Saathoff y Lenja.

—De momento no hay ninguna denuncia por desaparición que encaje con la muerta. —Florian puso cara compungida—. Luca Schwermer afirmó en el interrogatorio que no conocía a la mujer.

—¿No es suficiente para detenerlo que no tenga coartada y que un pelo suyo estuviera pegado a la ropa de Rafaela Dombert? —quiso saber Lenja.

—Por desgracia, no. Necesitamos pruebas sólidas.

Era de esperar que recogiéramos su ADN. Los dos eran pareja.

Da igual que registremos el piso de él o el de ella: encontraremos su ADN entre las cosas de ella, y al revés.

Al menos hemos dado con algo más que lo incriminará —dijo Florian, y le guiñó un ojo a Martin Saathoff.

—Exacto —respondió Saathoff, y dejó un documento impreso sobre la mesa—. Tenemos sus chats con Jana Albrecht. Y justo de la noche en que ella cenó en el italiano con Ferdinand Meisner.

Julia leyó los mensajes que habían intercambiado Jana Albrecht y Luca Schwermer.

«Ey, estás muy guapa. ¿Te apetece cenar? Invito yo. ¿Qué te parece mañana por la noche?»

«Pues claro. Me encanta ir a comer a un italiano.» Al final de la frase colgaba un emoticono.

Julia se fijó en la hora. Jana Albrecht había enviado el mensaje poco después de las ocho de la tarde, justo cuando debía de estar cenando con Ferdinand Meisner en el restaurante.

—Interesante. Jana Albrecht quedó con Luca Schwermer para el día siguiente. Así que podría haber sido el último en verla con vida. —En la cabeza de Julia las ideas se atropellaban—. Por lo visto se veía con varios hombres a la vez. ¿Hay más candidatos?

—Según los de informática, Ferdinand Meisner y Luca Schwermer eran sus dos únicos contactos.

Hace un mes tuvo contacto con un tal Heiko y también llegaron a verse dos veces.

Desde entonces, sin embargo, la comunicación se ha cortado —explicó Martin Saathoff—.

Además, Luca Schwermer afirma que Jana Albrecht no se presentó a la cita.

—Aun así, tiene toda la pinta de que tenemos a nuestro hombre. Deberíamos sacarlo de la circulación y detenerlo provisionalmente. Voy a hablar con el jefe. —Florian descolgó el auricular. En ese mismo momento se abrió la puerta.

Entró un compañero corpulento de mejillas coloradas.

—La unidad canina está lista. Podemos empezar.

Florian soltó el auricular y se puso en pie de un salto.

—Ya lo haré por el camino —dijo, y se echó el abrigo por encima.

Siguieron al fornido agente hasta los furgones policiales, que los esperaban detrás del edificio.

Durante el trayecto hacia el Rin, a Julia le daban vueltas los pensamientos en la cabeza.

¿Se llamaría Mia o Mila la tercera víctima?

Seguía sin encontrarle sentido a las últimas palabras de Rafaela Dombert.

Era una verdadera lástima que no hubiera podido revelar quién era su asesino antes de morir.

Julia paseó la mirada por el interior del vehículo.

Lenja parecía tan pálida que estaría mejor en un sofá que en aquel furgón policial dando tumbos.

Se acercaban al punto del Rin donde los dos testigos habían encontrado a la nueva víctima.

Uwe Nunn y Carsten Schleyer ya los esperaban, junto con un equipo de la policía científica que también estaba listo.

Durante la noche había llovido. Eso dificultaría considerablemente el trabajo de la unidad canina.

Pero tenían que aprovechar cualquier oportunidad.

Julia oyó a medias la conversación telefónica de Florian con Hermann Meier.

Su cara lo decía todo. Por lo visto no conseguía convencer a su jefe de la detención.

Las pruebas contra Luca Schwermer eran todavía demasiado escasas.

Hasta el momento solo disponían de indicios que, eso sí, apuntaban con bastante claridad a Schwermer como autor.

Ferdinand Meisner, en cambio, parecía exculpado.

Aun así, a Julia la asaltaron las dudas.

Sabía que el duelo podía provocar en una persona toda clase de reacciones extrañas.

Pero que un médico forense oliera los pantis de una víctima le parecía francamente insólito.

Quizá debería avisar también al doctor Walther, en Bonn, al menos de eso.

Por otro lado, así le arruinaría el nuevo comienzo antes incluso de que hubiera puesto un pie allí.

Suspiró y dejó la decisión para más adelante.

Ahora tenía que concentrarse en la investigación.

Las puertas del furgón policial se abrieron con un fuerte chirrido. El primero en saltar fue Martin Saathoff. Le tendió la mano a Lenja y le sonrió con mirada arrobada. El siguiente en bajar fue Florian.

—Idiota. ¡Pero si sabes que tiene novio! —oyó Julia sisear a Florian en voz baja.

Se aguantó una sonrisa burlona. En cierto modo, el comportamiento de Saathoff le resultaba simpático.

Aun así, él era de todo menos el tipo de Lenja.

Le sacaba unos buenos veinte años y, además, su relación con Marcel parecía funcionar.

Al menos, últimamente ya no se había quejado de él.

Unos meses atrás había habido problemas con la exnovia de Marcel.

Entonces, quizá, las posibilidades de Saathoff habrían sido algo mejores.

—Buenos días —saludó Florian a los testigos—. Para empezar, nos gustaría reconstruir la escena. Los perros seguirán todo el proceso y esperamos obtener un rastro aprovechable. Señor Schleyer, usted fue el primero en llegar; vaya, por favor, hasta el punto donde se arrodilló.

Carsten Schleyer miró diligente a su alrededor y se llevó la mano a la frente a modo de visera.

—Yo venía de allí. El sendero es mi ruta de footing. Y aquí delante oí el grito de auxilio. —Se dirigió al lugar, esbozó unos pasos de carrera y luego se puso en cuclillas al borde de la dársena—. Debió de ser aquí.

Un guía canino con un pastor alemán grande y oscuro rodeó varias veces a Carsten Schleyer.

El perro olfateaba como una fiera muerta de hambre y se quedó inmóvil cuando su guía se lo ordenó.

El otro testigo, Uwe Nunn, se había colocado entretanto en su sitio.

Su perro no estaba allí, pero un segundo guía canino lo acompañó en dirección a la dársena después de que el perro de este hubiera captado el olor en una prenda de la víctima.

—Quédese, por favor, en el punto donde vio por primera vez al señor Schleyer —le pidió el jefe de la unidad canina.

Uwe Nunn dio unos pasos inseguros. Seguro que de día todo se veía completamente distinto que de noche. Se detuvo a treinta metros de distancia y Julia se preguntó si de verdad podía ver tan lejos en la oscuridad. El jefe de la unidad canina parecía albergar la misma duda.

—Acérquese más, era de noche y la farola queda bastante lejos —gritó, e hizo señas a Nunn para que se aproximara.

Este dio de nuevo unos pasos vacilantes y al final levantó las manos con impotencia.

—Sinceramente, ya no lo sé con exactitud. A lo mejor fue aquí o un poquito más cerca. Mi perro iba delante. Yo fui corriendo tras él.

—De acuerdo. Camine despacio hacia el otro testigo y deje que el perro capte el rastro.

Uwe Nunn hizo lo que le habían indicado.

El perro daba vueltas a su alrededor haciéndole fiestas, sin marcar.

Solo cuando Nunn se hubo acercado a más o menos un metro de Carsten Schleyer, el animal se puso inquieto.

Ambos guías soltaron a sus perros de la correa.

En cuestión de segundos los animales salieron disparados.

Sus guías corrieron tras ellos. Florian y Julia los siguieron a cierta distancia, mientras Saathoff y Lenja se quedaban atrás con los testigos.

Al principio el recorrido los llevó por un camino pavimentado. Pasaron junto a unas cuantas naves industriales. A los doscientos metros llegaron a un gran aparcamiento en el que había apenas un puñado de coches.

—¡Busca! —ordenó uno de los guías caninos tras llamar a su animal con un silbido y dejarle olfatear de nuevo las cosas de la víctima.

El pastor alemán volvió a captar el olor. Avanzó unos metros dando brincos, pero después regresó. Un nuevo intento fracasó igualmente. El segundo animal también parecía haber perdido el rastro.

—Es posible que el autor aparcara aquí y que su coche estuviera allí. —El guía canino señaló un aparcamiento casi vacío.

Florian mandó acercarse hasta allí a Martin Saathoff y a los testigos.

—¿Alguno de ustedes ha dejado aquí su coche? —preguntó, pero los hombres negaron con la cabeza.

—Yo he venido corriendo desde casa —explicó Carsten Schleyer, y Uwe Nunn asintió como para confirmarlo.

—Yo también.

El más joven de los dos señaló un coche aparcado algo apartado, cuya pintura clara relucía a pesar del tiempo gris.

—Ese coche parece recién salido del túnel de lavado.

En efecto, a los demás coches los cubría un velo oscuro de suciedad.

Julia se acercó al utilitario rojo, que a primera vista parecía pertenecer a una mujer. Miró al interior por el lado del acompañante y se detuvo, sorprendida.

—Hay un bolso en el asiento.

Tiró de la puerta, pero estaba cerrada con llave. Florian miró por las ventanillas del lado opuesto.

—Todos los demás asientos están vacíos. Voy a hacer que comprueben la matrícula. —Se puso a hablar por teléfono mientras uno de los guías caninos paseaba a su pastor alemán alrededor del coche. El animal olfateó con excitación, pero no marcó.

Los perros olfatearon todos los vehículos del aparcamiento y sus guías los pasearon una vez por el exterior. Sin embargo, no lograron captar de nuevo el rastro.

—El utilitario está matriculado a nombre de una tal Mareike Hohmann.

Veintiocho años, se sacó el carné a los dieciocho —masculló Florian, y observó el coche con desconfianza—.

Voy a pedir que me manden una foto del carné de conducir o del documento de identidad.

—Se alejó un poco y volvió a hablar por teléfono.

—Voy a abrir el coche —anunció Anna Schubert. Sacó de su maletín un cojín hinchable negro y un alambre largo. En cuestión de segundos tenía la puerta abierta.

—¡Vaya! —dijo Julia—. ¿Y de dónde conoce usted ese truco?

Anna Schubert sonrió con complicidad.

—Así lo hace cualquier servicio de asistencia en carretera.

Forma parte del repertorio estándar. —Se puso unos guantes de látex, cogió el bolso y sacó una cartera—.

A ver quién consigue antes una foto. —Pescó un documento de identidad—.

Pues ya está. Así que lo de Mareike Hohmann al menos es correcto y, si no me equivoco, podría ser nuestra desconocida.

—Schubert le puso el documento a Julia delante de las narices—. ¿Usted qué opina?

—Es ella. Sin duda. —Julia evocó el rostro de la muerta.

No había ninguna duda. Pero ¿cómo había llegado hasta allí su coche?

¿Había conducido ella misma? ¿O el autor la había asaltado en algún lugar cercano, o incluso la había retenido allí?

A Julia se le agolpaban preguntas y más preguntas.

Anna Schubert todavía guardaba otra explicación posible en la recámara.

—A lo mejor el malnacido la trajo hasta aquí en el propio coche de ella.

El bolso estaba en el asiento del acompañante y el del conductor está bastante echado hacia atrás.

Me lo puedo imaginar sentado ahí. —Anna Schubert rodeó el coche y abrió la puerta del conductor.

Sacó más utensilios de su maletín y examinó el volante en busca de huellas dactilares.

—Ojalá pudiéramos recoger ADN de Luca Schwermer en este coche —masculló, y se ocupó a continuación del asiento.

Florian volvió y se quedó asombrado.

—No sabía que se hubiera pasado usted al gremio de los que revientan coches.

Anna Schubert le lanzó una mirada pícara.

—¿Ya tiene la foto? Si no, puede mirar directamente su documento de identidad. Está en la cartera, dentro del bolso.

Florian asintió con aprobación.

—Es ella —dijo Julia antes de que Florian tuviera el documento en la mano—. Ahora solo nos falta averiguar si Luca Schwermer de verdad no la conocía.