Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Voy a pedir una unidad canina para que peine la zona.

Quién sabe, a lo mejor los perros rastreadores captan algo que nos ponga sobre el rastro del asesino.

—Florian se pasó la mano por el pelo—. Me temo que no parará hasta que lo detengamos.

Esta ya es la tercera mujer. Necesitamos urgentemente una pista sólida para que no mate a ninguna más.

—En todo caso, parece que va a por mujeres jóvenes —gruñó Saathoff—. A lo mejor la que tenemos aquí delante es esa Mia o Mila. Bien podría ser que la última víctima hablara de ella.

Florian contempló a la muerta, pensativo.

—Pronto lo sabremos —dijo por fin, y se apartó para que los de la funeraria pudieran llevarse el cadáver—.

Hay algo que se nos escapa en este caso y no consigo dar con lo que puede ser.

—Miró a Julia, y ella percibió la desesperación en su mirada—.

Primero le metemos mano a Luca Schwermer y luego otra vez a Ferdinand Meisner y a ese Mike Neuhausen. Empezamos ahora mismo.

* * *

Se habían repartido el trabajo. Esta vez Julia no quería mirar sin ser vista.

Estaba sentada justo enfrente de Ferdinand Meisner, con Florian a su lado.

Meisner había aceptado su presencia sin dudarlo.

En la sala de interrogatorios de al lado, Martin Saathoff llevaba a cabo el interrogatorio de Luca Schwermer.

Una tercera compañera interrogaba a Mike Neuhausen.

Lenja observaba a Meisner desde la sala contigua a través del falso espejo.

Como era de esperar, se había negado a irse a casa.

—Señor Meisner, ¿se imagina por qué volvemos a vernos aquí tan pronto? —comenzó Florian.

En el rostro de Ferdinand Meisner se dibujó el desconcierto.

—No. Sinceramente, no tengo ni la más remota idea. —Su mirada se desvió hacia Julia—. Tampoco tengo nada claro qué hace usted aquí, doctora Schwarz. ¿He metido la pata en algo sin darme cuenta?

—Se podría decir que sí —respondió Julia, y se inclinó hacia Meisner—. Lo recomendé en el hospital universitario de Bonn. A mi colega le gustaría concertar una cita con usted. Solo que me temo que ya no va a haber nada de eso.

A Meisner se le abrieron los ojos de espanto.

—¿Qué… qué quiere decir con eso? —tartamudeó.

—Dígamelo usted. Piense. ¿Qué pudo salir mal ayer en el instituto?

—Yo estaba enfermo —respondió Ferdinand Meisner.

Julia guardó silencio con una mirada gélida.

—Estuve un momento en el instituto —admitió Meisner al cabo de un rato—.

Le comuniqué al doctor Neumann que me daba de baja.

Y… —No siguió hablando, sino que se tiró varias veces de la oreja derecha—.

¿Cómo se lo diría? —Puso una cara como si fuera a vomitar—.

También estuve mirando en el almacén. ¿Es eso a lo que se refiere?

—Interesante —dijo Julia—. Nos ayudaría mucho no tener que sacarle las cosas con sacacorchos. Yo di la cara por usted. —Escrutó los ojos impenetrables de su colaborador y no estaba segura de si se hacía el remolón a propósito o si simplemente se expresaba con torpeza.

En el cuello de Meisner aparecieron manchas rojas.

—Yo… yo en realidad quería volver a ver a Jana. Pero ya no me atreví a entrar en la cámara frigorífica. En lugar de eso fui al almacén y miré sus cosas.

Julia frunció el ceño. ¿Es que aquel hombre no se daba cuenta de que estaba sentado en una sala de interrogatorios de la policía judicial? Si sabía de sobra que estaban grabando sus declaraciones.

Meisner se la quedó mirando fijamente. Su mirada saltó hacia Florian y volvió de nuevo a ella.

—Yo… Sí, bueno… No solo miré sus cosas. Las saqué de la caja. Mejor dicho, solo los pantis. No me malinterprete. Ya sé que esto tiene que sonar muy raro. Pero es que quería sentirme cerca de ella. De algún modo me siento culpable por no haberla acompañado a casa aquella noche.

Las palabras que había elegido Ferdinand Meisner le recordaron a Julia, de forma desagradable, la carta de despedida que habían encontrado en las tres víctimas.

Aun así, tuvo que reconocer que su explicación sonaba plausible.

Al fin y al cabo, se había mantenido lejos de la cámara frigorífica.

Florian, en cambio, parecía verlo de otra manera.

—¿Puede decirnos dónde estuvo desde anoche hasta nuestra conversación de hoy? —preguntó en un tono frío.

—Estuve en mi piso.

—¿Puede atestiguarlo alguien?

Meisner se encogió de hombros.

—No. Vivo solo. Quizá algún vecino haya visto a qué hora salí para venir a verlos, o que estaba en casa desde ayer por la mañana. Como ya he dicho, me encontraba enfermo.

Florian tomó notas. Luego sacó una foto de la tercera víctima, cuyo nombre todavía no conocían, y la dejó delante de Meisner.

—¿Conoce a esta mujer?

—No. Lo siento.

—De acuerdo. Por ahora es todo —dijo Florian, y se despidió de Ferdinand Meisner. Cuando este salió de la sala, preguntó—: ¿Lo crees capaz de los asesinatos, Julia?

Ella dudó, pero al final negó rotundamente con la cabeza.

—No me lo imagino. Es médico y ha prestado el juramento hipocrático.

Siempre es amable y nunca agresivo. No. Creo que no sería capaz de algo así.

Además, tiene problemas con los cadáveres.

—Julia volvió a dudar—. Objetivamente, claro está, no puedo descartarlo.

No tiene coartada y también podría estar engañándonos.

—Exacto —dijo Florian—. A veces queremos creer que una persona con la que tratamos a diario no puede ser un asesino. Pero nadie lleva escrito en la frente lo que piensa. Tenemos que atenernos a los hechos, y la falta de coartada juega claramente en su contra.

Llamaron a la puerta y Martin Saathoff apareció en el umbral.

—Tengo novedades —proclamó—. Luca Schwermer tuvo contacto con Jana Albrecht a través de una web de contactos. Me lo acaban de comunicar los de informática. Y el tío acaba de irse de la lengua hasta hundirse solo en mi interrogatorio, y eso que tenía a su abogado delante.