Capítulo 22
Lenja tiritaba, abrazada a sí misma. Ni el abrigo de invierno más grueso lograba mantener a raya el frío de las primeras horas de la mañana.
Cada vez que Julia exhalaba, se le formaba una nube de vaho delante de la cara.
Como era de esperar, no había conseguido disuadir a Lenja de presentarse en el lugar del hallazgo.
—Estás de baja. ¿No crees que los médicos tendrían sus motivos?
Su pregunta obtuvo por toda respuesta una sonrisa descarada.
—Yo también soy médica —declaró Lenja. Al notar la mirada preocupada de Julia, añadió—: Estoy bien. De verdad.
Estaban en la orilla del Rin, sobre el muro del muelle, y observaban cómo los efectivos pescaban un cuerpo humano de las profundidades de la dársena.
No era fácil, porque la muerta se había enredado en un cabo debajo de un pantalán estrecho.
Dos hombres habían descubierto a la persona hacia las seis de la mañana y habían intentado sacarla a tierra.
Según sus declaraciones, la víctima aún vivía en aquel momento.
Pero el rescate se complicó. Aunque los dos habían metido una larga barra de hierro en la dársena, la mujer no había conseguido agarrarse.
Julia se corrigió en silencio: la persona.
Todavía no tenían la confirmación de que se tratara realmente de una mujer.
Aun así, por todo lo que sabían, daban por hecho que el autor había vuelto a actuar.
Las circunstancias apuntaban a ello, aunque esta vez estuvieran un poco más al sur, en el puerto de Muehlheim.
Cuando los dos hombres vieron que no lograban sacar a la mujer del agua, uno de ellos llamó a emergencias.
Para cuando llegaron los efectivos, ella se había desmayado y se había hundido.
Los bomberos habían tenido que pedir buzos, porque no conseguían encontrar a la mujer en el agua turbia del Rin.
Además hubo que liberarla del cabo que había debajo del pantalán.
Tardaron una eternidad en emerger por fin a la superficie del agua con la víctima.
—Ya la tienen —dijo Florian, y señaló a la mujer sin vida que en ese momento izaban a una de las lanchas neumáticas.
Poco después yacía sobre el muro del muelle, rodeada de sanitarios y de un médico.
Varios haces deslumbrantes de linternas recorrieron a tientas el cuerpo inmóvil.
Uno de ellos se detuvo en el rostro petrificado en una máscara.
Una mujer joven, envuelta en un abrigo negro, miraba con los ojos vacíos el cielo de la mañana, que clareaba poco a poco.
No volvería a ver el sol. Aun así, los sanitarios le quitaron la ropa y le dejaron el torso al descubierto.
Julia alargó un dedo para palparle el cuello.
La piel estaba gélida y parecía haber adoptado la temperatura invernal del agua.
El médico de urgencias, que estaba en cuclillas junto a la cabeza de la víctima, apretó los labios con resignación.
—Ya no podemos hacer nada por ella —constató, y se incorporó con pesar—. Se la dejo a usted, doctora Schwarz.
El médico de urgencias se marchó con los sanitarios. Ellos se quedaron allí con los agentes de patrulla, los dos testigos y los bomberos, que volvían a recoger su material de rescate.
Un hombre alto se acercó a paso apresurado, con el pelo al viento. Por lo visto, Martin Saathoff no había conseguido salir de la cama lo bastante rápido. Llegó jadeando hasta ellos y se llevó una mano al pecho.
—Maldita sea. He tenido una avería y he esperado un siglo a que llegara un taxi. Sorry, compañero. —Su mirada pasó de Florian a Lenja.
—¿Ya está recuperada? —preguntó, y miró ostensiblemente el reloj de pulsera—. Es bastante temprano. ¿No tiene frío?
—Estoy bien, y en mi Finlandia natal estoy acostumbrada a temperaturas muy distintas —replicó Lenja, algo arisca.
Martin Saathoff levantó las manos en señal de disculpa.
—Perdone. Lo decía con buena intención.
Lenja puso los ojos en blanco y señaló a la muerta que yacía en el suelo.
—El autor ha vuelto a actuar. Mata siempre de la misma manera.
Julia se puso unos guantes de látex y registró los bolsillos del abrigo de la muerta. Sacó un papel plastificado. Todos se sabían ya el texto de memoria.
Soy culpable y no puedo seguir viviendo así. Lo siento.
Sin encabezamiento y sin ningún nombre al pie de la carta de despedida. La letra volvía a ser distinta. Probablemente el autor había obligado también a esta víctima a escribir esas palabras.
—Deberíamos hablar enseguida con los dos testigos. Igual alguno de ellos ha visto al autor —propuso Florian—. Y tenemos que comprobar sin falta las coartadas de Luca Schwermer, Mike Neuhausen y Ferdinand Meisner.
Cuando Florian pronunció el nombre de Meisner, a Julia le recorrió un escalofrío gélido.
Le había contado a Florian lo de los pantis.
Aunque Meisner no parecía tener ninguna relación con la segunda víctima, de momento seguía en la lista de sospechosos.
Con su declaración había puesto en el punto de mira de la policía a Mike Neuhausen, compañero de carrera de Jana Albrecht.
Pero la investigación había revelado que, en la posible franja del crimen, Neuhausen se encontraba a cien kilómetros de allí, en casa de sus padres.
Como nadie más podía atestiguarlo, por el momento no quedaba fuera del círculo de sospechosos.
Aun así, de entrada la atención se centraba más en los otros dos candidatos.
Florian hizo una seña a los testigos para que se acercaran.
—Siento que tengan que aguantar un rato más con este frío, pero quisiéramos hacerles unas preguntas urgentes.
—No hay problema —respondió el mayor, que ya tenía canas en las sienes. El hombre más joven, alto y moreno, asintió con amabilidad, pero no dijo nada.
—¿Pueden decirme sus nombres y contarme quién de ustedes vio primero a la mujer?
—Pues fui yo —tomó la palabra el más joven—. Me llamo Carsten Schleyer. Salgo a correr por aquí a menudo y, cuando llegué esta mañana, oí un grito de socorro. Me acerqué enseguida al borde de la dársena y, al mirar hacia abajo, vi a la mujer en el agua. Y entonces llegó el señor Nunn.
—Sí, eso es —añadió el mayor—. Me llamo Uwe Nunn y estaba paseando con mi perro.
Últimamente quiere salir cada vez más temprano.
—Nunn se dio la vuelta y señaló a un dóberman negro que un agente de patrulla sujetaba de la correa—.
A mi perro le encanta este recorrido junto al agua.
Desde lejos ya vi al señor Schleyer arrodillado en el borde del muro del muelle.
Enseguida pensé que ahí había algo que no cuadraba.
Corrí hacia él y vi también a esa pobre mujer en el agua.
Se me ocurrió bajarle la barra de hierro para que pudiera agarrarse.
Pero ya estaba tan débil que no lo consiguió.
Se aferró a ella uno o dos minutos. Intentamos sacarla, pero de repente se soltó y se fue al fondo.
Llamé de inmediato a emergencias. Pasó muchísimo tiempo hasta que los bomberos llegaron por fin, y encima tuvieron que buscar buzos.
—Se encogió de hombros y negó con la cabeza, frustrado—.
Se hundió sin más y no volvió a salir. Es sencillamente horrible.
Nos lo reprochamos muchísimo. Uno de nosotros tendría que haberse tirado al agua detrás de ella.
—No, no —se apresuró a intervenir Florian—. Con este frío no habrían podido hacer gran cosa. Además, la dársena es traicionera. Tiene seis metros de profundidad y no hay dónde agarrarse. Probablemente se habrían ahogado ustedes también.
Los dos testigos callaron, abatidos. Julia les leyó en la cara que habían querido salvar a la mujer a toda costa. Pensó en Rafaela Dombert, que pese a todo había perdido la lucha por su vida.
—¿Vieron a alguien? Me refiero, aparte de la mujer. ¿Había alguien más aquí, en la orilla? —preguntó Martin Saathoff.
—Bueno, yo llegué más tarde. Aquí no había nadie, y mi perro tampoco marcó nada —respondió Uwe Nunn, y dirigió la mirada hacia Carsten Schleyer.
—No, aquí no había nadie. Pensé que la mujer se había resbalado. Si cada vez se oyen más casos de selfis que acaban mal. Supuse que sería algo así como una prueba de valor.
—¿Pueden enseñarnos el punto exacto en el que vieron a la mujer en el agua, por favor? —pidió Florian—. Si llevaba móvil, puede que siga por ahí. ¿Y vieron ustedes cómo cayó la mujer?
Schleyer negó con la cabeza.
—No. Solo oí un grito. Para entonces ya estaba en el agua.
—Es decir, que en el fondo no sabemos por dónde cayó.
—Así es —respondió Carsten Schleyer—. Es posible que la corriente ya la hubiera arrastrado un trecho hasta aquí.
Florian alumbró la zona de la orilla en la que los dos testigos habían descubierto a la mujer. Pero allí no había ningún móvil.
—Se lo agradezco, señores. Ya pueden irse. Mis compañeros han tomado sus datos de contacto. Es muy posible que tengan noticias nuestras en los próximos días, si surgen preguntas nuevas.
Julia se arrodilló, desabrochó el pantalón de la muerta y se lo bajó un poco.
Apareció otro cinturón de castidad. Volvió a subirle el pantalón, porque no quería desnudar a la mujer sin necesidad.
Eso podía esperar hasta la autopsia. Julia le quitó los zapatos y le examinó las plantas de los pies.
Torció el gesto, horrorizada, al descubrir los cristales que se le habían clavado hondo en la carne.
—Es sin duda el mismo autor —declaró, y le pidió a Lenja que hiciera unas fotos—. Vamos a practicarle la autopsia enseguida. Solo me temo que no voy a poder aportar nada nuevo, a menos que encontremos rastros de ADN, como pelos o restos de piel bajo las uñas, que puedan llevarnos hasta su asesino.