Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¡Quítate los pantis! —ordenó, y se recreó en su miedo. Ella seguía con el pantalón en la mano y no quería soltarlo. Como si eso fuera a servirle de algo. Estaba completamente a su merced. Ya iba siendo hora de que lo tuviera claro.

—Por favor. Yo no he hecho nada —suplicó ella. Él ya no soportaba oírlo. ¿Cuántas veces había dicho ya esa frase hoy? La mujer levantó los vaqueros como un escudo ante su cuerpo escuálido.

Ya estaba harto. Le arrancó el pantalón de las manos y lo lanzó furioso al otro extremo de la habitación.

—¡Quítatelos, y rápido! —siseó, y señaló los finos pantis de nailon que llevaba puestos.

Temblando, se quitó los pantis. Él sonrió satisfecho y se regodeó con su piel desnuda.

Ella se cubrió el pubis con las manos. Él sabía lo que ella estaba pensando y se pasó despacio la lengua por el labio inferior para que lo viera bien.

Luego cogió los pantis y los olió largamente.

Un par de lágrimas le rodaron por las mejillas.

Tenía un aspecto sencillamente lamentable.

Era una víbora como las otras, y él le expulsaría el mal.

—Venga —siseó, y señaló la puerta—. Nos vamos de excursión.

La mirada de aquellos ojos le compensaba de tantas cosas como había pasado en los últimos años.

—Vas a ir tal y como estás —gruñó—. No te preocupes, que nadie te va a ver ese culo huesudo. Fuera está oscuro como boca de lobo.

La arreó delante de sí y abrió la puerta. Ella salió arrastrando los pies, con los hombros encogidos, lenta como un puñetero caracol. Aquello le estropeó la diversión.

—Más rápido —exigió, y le dio un puñetazo en la espalda.

Ella apretó el paso de inmediato.

—Así me gusta —masculló con maldad y abrió la siguiente puerta, la que daba al jardín.

Una corriente de aire frío hizo que se le marcaran los diminutos pezones. Había decidido que no llevara más que una camisola. Las otras habían llevado el abrigo puesto. Ahora se arrepentía. Le habría gustado verles los pechos mientras caminaban sobre los cristales rotos.

Como si la mujer esquelética le hubiera oído pensar, se detuvo y soltó un chillido de pánico.

—¡Cierra el pico! —Le echó la cabeza hacia atrás de un tirón y no se anduvo con contemplaciones. La muy estúpida iba a acabar levantando las sospechas de los vecinos. Le pegó cinta adhesiva en la boca y la apretó bien.

—Tú misma tienes la culpa. Ahora lo vas a tener mucho más difícil. Te avisé, pero no quisiste escuchar. Es culpa tuya.

La empujó hacia delante y oyó el crujido de los cristales rotos que había esparcido ante ella. Cinco metros de ida y cinco de vuelta.

—A ver si además te vas a caer —gruñó—. Ve a por la botella que hay allí al fondo y tráemela. Como se te caiga y se rompa, estás muerta.

La mujer gritó a través de la cinta adhesiva. Pero su voz solo le llegó amortiguada al oído. Nadie iba a oírla.

—¡Venga, muévete de una vez! —ordenó cuando ella se detuvo. Sacó la pistola y le apuntó con el cañón—. ¡Vamos, camina!

La mujer siguió caminando, temblorosa. Se oyó un crujido y él se deleitó al imaginar los cristales cortándole hondo las plantas de los pies. Probablemente la muy estúpida creía que con eso ya lo habría superado todo. Pero se equivocaba. Ya se encargaría él de sacarla de su error.