Capítulo 20
Por la mañana el sol había roto de vez en cuando la espesa capa de nubes, pero ahora parecía haberse quedado sin fuerzas.
Era poco más de la una y Julia avanzaba tiritando hacia la puerta del cementerio.
Aquellas visitas se le hacían muy duras.
El cielo gris tampoco ayudaba a levantar el ánimo.
Por lo visto, el sol se había escondido ante lo que se avecinaba.
Julia empujó la puerta y enfiló despacio el estrecho sendero.
Michael estaba al fondo del todo, en el otro extremo del cementerio.
Divisó a sus padres desde lejos. Su madre la saludó con la mano, aunque el gesto resultó extrañamente débil.
A Julia se le encogió el estómago de golpe.
Las náuseas que en los últimos días la asaltaban con más frecuencia volvieron a abrirse paso, y caminó aún más despacio.
De buena gana habría dado media vuelta sin más.
Pero había cosas en la vida de las que uno no podía huir.
Aunque trataba a diario con muertos, no soportaba la idea de que los restos de su hermano pequeño se pudrieran a cosa de un metro bajo tierra.
Conocía los procesos de descomposición con todo detalle.
Michael llevaba dieciocho años en su tumba.
Ya no debían de quedar más que huesos. Ahuyentó a toda prisa el pensamiento de todos los animales que se habían alimentado de él.
Tragó saliva y tuvo la sensación de que iba a vomitar otra vez.
—¿No te encuentras bien? Te veo muy pálida. —Hannelore la escudriñó con esa mirada de madre a la que no se le escapa nada—. ¿Has comido algo hoy? —Sin esperar respuesta, le tendió una barrita de cereales—. Toma, con esto deberías aguantar de momento.
Julia reprimió otra arcada. Solo de pensar en la barrita, el estómago le rugió amenazador.
Aun así, rasgó el envoltorio y le dio un mordisco.
La verdad era que, aparte de unos sorbos de café, todavía no había tomado nada.
Y hasta el café le había sentado raro. La barrita, en cambio, le sentó bien.
Ya desde el primer bocado las náuseas desaparecieron.
Seguramente solo había tenido una bajada de azúcar.
—Qué bien que hayas podido venir —dijo Ulrich Schwarz con voz grave. Le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí—. Sé que estas visitas te pesan mucho.
Julia ya se sabía de memoria las frases que venían a continuación, porque su padre las repetía todos los años.
—A lo mejor Michael nos oye, o incluso nos ve. Aquí, junto a su tumba, espera el momento de volver a vernos.
Julia nunca corregía a su padre. No creía que después de la muerte siguiera existiendo una conexión entre el alma y el cuerpo.
Pero cada cual sobrellevaba la pérdida a su manera.
Igual que ella prefería contemplar una foto de Michael y sentirse así más cerca de él, a sus padres parecía calmarlos visitar su tumba.
Su madre dejó un gran ramo de flores y encendió una vela.
Se santiguó y rezó una oración en voz baja.
Su padre se unió a ella. Solo Julia se quedó allí de pie, callada, intentando imaginarse a Michael como un hombre adulto.
Al cabo de unos minutos se despidieron y, de vuelta, Julia sintió que el peso se le desprendía de los hombros.
Un pájaro trazaba círculos por encima de ellos.
Lo observó un instante y después subió al coche.
—Ya os llamo —les gritó a sus padres, y pisó el acelerador. Se sacudió la tristeza de encima y se consoló con la idea de que Michael estaba bien, estuviera donde estuviera ahora.
Para cuando llegó al Instituto de Medicina Forense, los pensamientos sobre el cementerio se habían esfumado. Aparcó y apagó el motor justo cuando le sonó el móvil. Era Florian. Descolgó con curiosidad.
—Hay novedades en el caso —empezó Florian sin preámbulos—. A Luca Schwermer lo condenaron en la jurisdicción de menores por acoso sexual y lesiones. Se libró con una condena de un año y medio con la pena en suspenso. De eso hace ya tres años.
—¡Vaya! —se le escapó a Julia—. Ni el padre ni el hijo lo mencionaron en toda la conversación. Eso sí que lo dice todo.
—Estamos esperando a que el abogado dé señales de vida.
Luego seguiremos con el interrogatorio. En cualquier caso, parto de la base de que Luca Schwermer no tiene coartada para el momento del crimen.
A Lenja y a Rafaela las sacamos del Rin hacia las ocho de la tarde.
Así que habría tenido una hora para llevar a Rafaela al puerto de Niehl.
—A lo mejor también conocía a Jana Albrecht. En ese caso habría una conexión con las dos víctimas —dijo Julia.
—Lo estamos comprobando ahora mismo. En cuanto tenga algo, te aviso. ¿Qué pasa con la autopsia de Rafaela Dombert? ¿Se hace hoy mismo?
—Lo intentaré —prometió Julia, y se despidió.
Había una cosa que seguía sin quedarle clara: ¿por qué había dicho Rafaela el nombre de Mia o Mila?
¿Habría hablado simplemente sin vocalizar en pleno delirio?
Julia intentó pronunciar los nombres deformándolos mientras entraba en el instituto y se dirigía a paso rápido a su despacho.
—¿Doctora Schwarz? —llamó una voz profunda, y Julia se detuvo en seco.
Dirk Possnitz la miraba asombrado. En su cara se leía un claro desconcierto. Seguramente había estado hablando sola en voz demasiado alta.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó inseguro, con una sonrisa forzada.
—Sí, claro —respondió Julia—. Tengo que practicar una autopsia. ¿Tiene tiempo?
—Sí, para usted siempre.
Julia señaló la bolsa que él llevaba en la mano.
—¿No se iba usted ya a casa?
—Bueno, sí. El doctor Neumann ya no me necesitaba hoy para nada más. Pero si usted me necesita, estoy a su disposición, por supuesto. —Se frotó el cuello—. Quiero decir que me encantaría.
—Bien. Venga conmigo. —Julia dejó sus cosas en el despacho y se puso la bata.
Fue hasta la cámara frigorífica y esperó a que Dirk Possnitz volviera a cambiarse.
Por la mañana Lenja le había preguntado si podía asistirla en la autopsia.
Pero Julia la había mandado a casa después del interrogatorio en el supermercado.
Seguía de baja y, aunque solo fuera por motivos del seguro, no podía dejarse ver por el instituto.
Julia le había prometido, eso sí, mantenerla al corriente.
Echó un vistazo a la lista que había a la entrada de la cámara frigorífica.
—El cadáver está en el armario ocho, cajón veintidós.
Dirk Possnitz trasladó el cuerpo a la camilla con diligencia.
Empujaron a Rafaela Dombert hasta la sala de autopsias y empezaron sin demora con el examen externo del cadáver.
La ropa de la muerta ya estaba en el laboratorio y la estaban analizando sobre todo en busca de restos de ADN.
La habían llevado allí directamente desde el hospital.
Igual que en la primera víctima, la muerta apenas presentaba signos de violencia externa. Solo las plantas de los pies, completamente destrozadas por los cortes, daban fe del dolor que Rafaela Dombert debía de haber sufrido antes de morir.
—¿Me puede hacer un favor y preguntarle a la doctora Liebhard por los resultados del análisis de sangre? Se ha analizado si había drogas. Seguramente estamos ante un doble asesinato. La primera víctima tenía en la sangre una mezcla de alcohol y éxtasis.
Cuando Dirk Possnitz salió de la sala, Julia continuó con el examen.
En el fondo ya sabía qué aspecto tendrían los órganos de la muerta.
A una mujer completamente sana la habían arrancado de la vida sin más.
Le habrían quedado todavía muchos años por delante.
Julia se preguntó si se lo había hecho Luca Schwermer.
La puerta de la sala de autopsias se abrió de nuevo y la sacó bruscamente de sus pensamientos.
—Éxtasis —exclamó Dirk Possnitz, nervioso—. Tiene las mismas drogas en la sangre. —Agitó una hoja de papel—. Lo he comprobado enseguida. Su secretaria ha tenido la amabilidad de imprimirme el informe.
Julia sonrió satisfecha. Dirk Possnitz le gustaba cada vez más. Así que no solo seguía instrucciones, sino que además pensaba por su cuenta.
—Empecemos con el examen interno del cadáver —dijo, y le tendió un bisturí.
Trabajaron ateniéndose estrictamente al protocolo y realizaron todos los análisis necesarios, sin encontrar nada llamativo. Los hallazgos coincidían punto por punto con los de Jana Albrecht.
—Se lo agradezco —dijo Julia cuando terminaron, apenas dos horas y media más tarde, y devolvieron el cadáver de Rafaela Dombert al cajón—. Hoy ha vuelto a hacer un buen trabajo. Y ahora disfrute de lo que queda del día.
Dirk Possnitz sonrió radiante y se despidió.
Julia apagó la luz de la sala de autopsias y se fue a su despacho.
Se sentó al escritorio y respiró hondo. Últimamente se sentía algo floja.
Todo el revuelo por lo de Lenja, el caso nuevo y, encima, el cumpleaños de su hermano: era sencillamente demasiado de golpe. Se reclinó y cerró los ojos.
Un ruido la sobresaltó. Se levantó de la silla de un salto y aguzó el oído.
Algo estaba pasando en la secretaría, justo detrás de la puerta de su despacho.
Julia miró el reloj. Eran las ocho menos cuarto.
No debería quedar nadie en el instituto.
Se le puso la piel de gallina. ¿Estaría Ferdinand Meisner otra vez hurgando en algún expediente o esta vez era un ladrón?
Se dio la vuelta y cogió el pisapapeles del escritorio.
Con aquel objeto pesado en la mano, se acercó a la puerta y la abrió de golpe.
En efecto, alguien rebuscaba entre los documentos de la secretaría. Julia parpadeó y bajó el pisapapeles.
—¿Señora Brandt? Pero ¿qué hace usted todavía aquí?
Su secretaria no levantó la vista; sacaba una hoja tras otra de una caja de cartón donde guardaba documentos.
—He perdido el móvil y creo que se me ha caído aquí dentro esta mañana, cuando buscaba un expediente. El viernes tiene que ir todo esto al archivo. —Kerstin Brandt levantó la vista—. ¿Podría llamarme un momento? Así seguro que lo encuentro antes. La batería aún debería de estar cargada del todo.
Julia marcó el número de Kerstin Brandt y enseguida algo empezó a vibrar dentro de la caja.
—Ahí está —exclamó su secretaria, contenta, y pescó el móvil. Pulsó una tecla y la vibración cesó. Mientras lo guardaba en el bolso, miró de pronto a Julia de un modo extraño.
—La verdad es que quería llamarla desde casa. Pero su número solo lo tengo en el móvil, y el móvil se había quedado aquí.
Julia frunció el ceño.
—¿Ha pasado algo?
—Sí —repuso Kerstin Brandt, y soltó una profunda bocanada de aire—.
Usted me pidió que le echara un ojo a Ferdinand Meisner, ¿recuerda?
Pues eso he hecho. Esta tarde he pasado por delante de su despacho y no estaba.
Entonces el doctor Neumann me ha dicho que Meisner se había dado de baja.
Iba a volver a mi despacho cuando me he fijado en que la puerta de enfrente de la cámara frigorífica estaba abierta.
Ya sabe, el almacén pequeño donde guardamos la ropa y los objetos personales de los fallecidos hasta que se entregan al laboratorio o a los familiares.
—Hizo una pausa cargada de intención—. Pues ahí estaba él, rebuscando en una caja.
No sabía qué hacer y me he quedado muy quieta, sin hacer ruido.
Ha sacado unos pantis de la caja y los ha olfateado.
Cuando los ha dejado otra vez en su sitio, me he colado a toda prisa en la cámara frigorífica para que no me viera.
En cuanto se ha marchado, he ido a mirar.
Era la caja con la ropa de Jana Albrecht.
Julia se quedó sin habla. No podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Que ha olido sus pantis?
Kerstin Brandt asintió con vehemencia.
—Sí, y durante una eternidad, además. Le voy a decir una cosa, señora Schwarz. En todas las décadas que llevo trabajando aquí nunca me había topado con algo tan repugnante. Ese hombre es un pervertido, y me voy a alegrar cuando por fin llegue su último día y desaparezca de nuestro instituto.
—Yo lo he recomendado a un conocido del hospital universitario de Bonn.
¡Cielos! —Julia no salía de su asombro. ¿Por qué demonios hacía Ferdinand Meisner algo así?
¿Es que no había tenido bastante con el interrogatorio de la policía?
Un frío repentino se le extendió por dentro.
¿Y si Meisner era algo más que un simple testigo?