Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 17
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Capítulo 17

—Estupendo. Lo haremos exactamente así. —Julia colgó.

La reconcomía un mal presentimiento. ¿No debería haberle dicho al doctor Tobias Walther, del hospital universitario de Bonn, que la policía estaba interrogando en un caso de asesinato al médico que acababa de recomendarle?

A su viejo amigo de la carrera seguro que no le haría ninguna gracia que Julia le colocara a un criminal en su prestigiosa clínica.

Se frotó las sienes, cansada, y volvió a observar a Ferdinand Meisner a través del falso espejo, desde la pequeña sala contigua en la que se había sentado.

Meisner estaba recostado en la dura silla de madera con toda tranquilidad, casi como si fuera un cómodo sillón.

En su cara no se apreciaba el menor rastro de nerviosismo.

Tenía las manos quietas sobre los muslos y tampoco movía los pies.

Llevaba veinte minutos esperando a que empezara el interrogatorio.

A Florian le gustaba recurrir a ese método.

La impaciencia creciente crispaba enseguida los nervios y llevaba a más de un interrogado a contar cosas que habría preferido callarse.

Con Meisner, sin embargo, no parecía que fuera a surtir efecto.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió.

Florian entró seguido de Martin Saathoff.

Se sentaron de espaldas a Julia, justo de modo que ella pudiera seguir observando la cara de Meisner.

Si era sincera consigo misma, aquello no acababa de parecerle bien.

Meisner no sabía que ella estaba sentada detrás del falso espejo.

Se sentía un poco como una traidora. Al fin y al cabo, seguía siendo su empleado.

Pero Florian y Saathoff le habían insistido mucho en que asistiera al interrogatorio: quizá ella supiera interpretar mejor las reacciones de Meisner.

Y como Meisner era un testigo importante y lo que había hecho en la cámara frigorífica seguía pareciéndole bastante extraño, al final había accedido.

Florian hizo brevemente las presentaciones y fue directo al grano.

—Usted declaró que había visto a Jana Albrecht por última vez hace más o menos una semana. ¿Podría concretar un poco más, por favor?

—Por supuesto. —Ferdinand Meisner se irguió de inmediato en la silla y contó con detalle su último encuentro con ella.

—Ya han pasado casi exactamente diez días.

Habíamos quedado para cenar. Era ya nuestra segunda cita y yo había elegido un italiano muy bueno.

Compartimos una lasaña y un saltimbocca, bebimos dos copas de vino y salimos del restaurante hacia las once y media de la noche.

Yo quería llevar a Jana a casa, pero ella se negó. No vivía lejos y se fue a pie.

En la cabeza de Julia las ideas se atropellaban.

La muerta había tenido más de un gramo de alcohol por litro en sangre.

Con dos copas de vino era imposible que hubiera alcanzado ese nivel.

Además, esa mañana había llegado el informe del laboratorio.

En la sangre de la víctima se había detectado éxtasis.

La cantidad de alcohol y de drogas debía de haber dejado paralizada a Jana Albrecht.

En ese estado, en el agua gélida del Rin no tenía ninguna posibilidad.

Julia hizo cálculos. El cadáver de Jana Albrecht se había encontrado hacía cuatro días.

En ese momento llevaba ya tres días muerta.

Así que el nivel de alcohol no podía proceder en modo alguno de aquella noche con Ferdinand Meisner.

Si él había sido el último en verla con vida, ella habría pasado tres días en manos del autor.

Era una barbaridad de tiempo. Julia pensó en las plantas de los pies de la mujer, llenas de cortes, y de pronto, de forma totalmente inesperada, la asaltó una oleada de náuseas.

Se apretó la mano contra la boca y trató de no vomitar.

Con un último esfuerzo de autocontrol lo consiguió.

Se tragó el líquido amargo y bebió deprisa un poco de agua.

El resto del interrogatorio de Meisner lo siguió solo a medias.

—Entonces, ¿solo había visto a Jana Albrecht una vez antes de esa cena en el restaurante? —preguntó Florian.

—En persona, sí. Claro que antes ya habíamos hablado por teléfono unas cuantas veces y nos habíamos escrito mensajes. Nos conocimos en una plataforma de citas. De eso hace unos dos meses.

—¿Y qué pasó después de la cena? ¿Volvieron a quedar? —quiso saber Martin Saathoff.

—No. No volvió a dar señales de vida. —Ferdinand Meisner dejó caer la cabeza y se encogió de hombros—.

Intenté llamarla varias veces, pero no me cogía el teléfono, y más tarde saltaba directamente el buzón de voz.

No volví a verla hasta que apareció en el Instituto de Medicina Forense.

Fue… fue un shock. —Se pasó la mano por el pelo y miró a Florian compungido—.

La noche había ido bastante bien. Pensé que había saltado la chispa entre nosotros.

Que luego cortara el contacto me pareció una verdadera pena. No me lo podía explicar.

—¿Y no sospechó nada? ¿No le preocupó que pudiera haberle pasado algo? Al fin y al cabo, aquella noche se fue a casa completamente sola. —Florian dio unos golpecitos en la mesa con el bolígrafo.

En la frente de Ferdinand Meisner se dibujaron unas cuantas arrugas.

—No le di ninguna importancia. Habíamos tenido dos citas.

Ya me había pasado otras veces que una mujer no volviera a dar señales de vida.

Ni se me habría pasado por la cabeza que pudiera haberle sucedido algo.

Pero cuando después vi su cadáver… —No terminó la frase.

Clavó la mirada vacía en el falso espejo, de modo que por un instante Julia tuvo la sensación de que la miraba directamente a los ojos.

Florian se inclinó hacia Meisner por encima de la mesa.

—Pero usted sabía que se trataba de un caso de asesinato. ¿Por qué no nos informó enseguida de que conocía a la muerta?

Ferdinand Meisner pareció encogerse.

—No lo sé. Es que estaba demasiado conmocionado. Lo único que tenía claro era que no podía practicarle la autopsia.

—¿Y aun así consiguió el expediente de Jana Albrecht?

—Sí. Me interesaba saber cómo había muerto. Ella me gustaba, y esperaba que no hubiera tenido que sufrir demasiado.

A Martin Saathoff se le tensaron los músculos de la espalda.

—¿Y, pese a que en el expediente pudo deducir que la identidad de la muerta estaba sin aclarar, no consideró necesario comunicarnos el nombre a nosotros o al menos a su superiora?

—Sacudió la cabeza con energía—. ¿Sabe una cosa, señor Meisner?

Con toda franqueza, eso suena bastante traído por los pelos.

¿Acaso tenía usted algún motivo para ocultarnos que conocía a esa mujer?

Un silencio incómodo se extendió por la habitación y alcanzó incluso a Julia, en la sala contigua. La tensión se podía cortar. Tras la frente de Meisner bullía algo. Por lo visto buscaba las palabras. Abrió la boca, pero no le salió ningún sonido.

—¿Debería buscarme un abogado? —preguntó al cabo de un rato.

—Eso debe decidirlo usted —respondió Florian con amabilidad, restándole dureza a la conversación—. Si no tiene nada que ver con el asesinato, no necesita abogado.

—Claro que no maté a Jana. Estaba a punto de enamorarme de ella. —Ferdinand Meisner se frotó las sienes con desesperación—. Seguramente en el fondo intuí que por ella podía meterme en problemas, y por eso no dije nada.

—¿Y cómo vio a Jana Albrecht aquella última noche? ¿Estaba nerviosa o le habló de algún problema?

—No. Pasamos una noche fantástica… Un momento. —Ferdinand Meisner se dio unos golpecitos en la frente—. Mencionó a alguien que la llamaba una y otra vez. Creo que se llamaba Mike.

—¿Y ese Mike tiene también apellido? —preguntó Martin Saathoff en un tono que no dejaba lugar a dudas: no se creía la historia de Meisner.

—Solo habló de un tal Mike, un estudiante de su mismo curso.

Salió una vez con él y no quiso profundizar más en la relación.

Él, en cambio, no paraba de abordarla, y ella me contó que no soportaba a esa clase de tipos.

Precisamente por eso no insistí cuando, después de nuestra cena, dejó de dar señales de vida.

Florian anotó el nombre del estudiante. Julia lo garabateó también en un papel. Si no se equivocaba, Florian ya había mencionado ese nombre alguna vez. El nombre lo había dado la amiga de la víctima.

Florian puso sobre la mesa una foto de la mujer fallecida en el hospital.

—¿Conoce a esta mujer?

El rostro de Meisner se crispó.

—¿Hay otra muerta? ¡Cielos! No. No la he visto nunca.

—¿Está seguro? —preguntó Martin Saathoff con sequedad—. Si luego comprobamos que se equivoca, podría haber problemas.

Meisner cogió la foto y la observó largo rato. Luego asintió despacio.

—Sí. A esta mujer no la conozco.

Florian volvió a coger la foto.

—¿Puede decirme el nombre de perfil que usaba Jana Albrecht en la plataforma de citas?

—Por supuesto. Jana 333 .

—Gracias. De momento no tenemos más preguntas para usted. Si se le ocurre algo importante, póngase en contacto con nosotros de inmediato, por favor.

Ferdinand Meisner se levantó con torpeza y en la puerta lo recibió un agente que iba a acompañarlo hasta la salida. Julia salió de la sala contigua. Llegó al pasillo justo a la vez que Florian.

—¿Y bien? ¿Qué opinas? —le preguntó con curiosidad.

—Por lo menos, esos dos se conocían bastante bien, y nuestros expertos en informática han comprobado que Jana Albrecht no volvió a usar su ordenador después de aquella noche.

Como su móvil ha desaparecido, no hemos podido averiguar en qué plataformas se movía con él.

Solo sabemos que la última vez que se conectó con ese aparato fue desde su piso.

Por eso vamos a dirigir una solicitud a la plataforma de citas para que nos faciliten sus últimos datos de conexión.

Martin Saathoff pasó arrastrando los pies junto a ellos y bostezó.

—Venga, ¿a qué esperamos? Quiero ver el perfil de Jana 333 —anunció, y les hizo una seña para que lo siguieran.

No habían pasado ni cinco minutos cuando ya estaban apiñados delante del ordenador de Florian, examinando a la mujer guapísima que se presentaba como una persona llena de vida y soltera.

Buscaba conversaciones intensas y ternura.

Había abierto la cuenta en la plataforma hacía ya tres años.

Florian fue pasando las muchas fotos que Jana Albrecht había subido de sí misma.

Ninguna resultaba insinuante ni tenía carga sexual.

Todo lo contrario: sonreía más bien con timidez y aparecía con ropa larga.

—Desde luego, en ninguna foto lleva un cinturón de castidad —constató Florian—. Y tampoco expresa ningún deseo sexual fuera de lo común.

Martin Saathoff se retorció el bigote.

—¿Esperabas que le fueran las cosas raras y que por eso se hubiera puesto ella misma un cinturón de castidad? —resopló.

Florian miró a su compañero sin saber qué decir.

—Al menos habría sido una explicación.

—¿No sería mejor que buscáramos en un portal erótico? —propuso Julia—. Porque en esta plataforma se trata sobre todo de quedar rápido, quizá de un rollo de una noche, y no tanto de dar rienda suelta a según qué fantasías.

Entre las cejas de Florian se formó una pequeña arruga. Abrió la boca, pero vaciló un instante.

—¿Y tú conoces los portales más habituales? —preguntó con voz afilada.

Julia tragó saliva. Tenía la sensación de que Florian y también Martin Saathoff la radiografiaban con la mirada.

—Seguro que todo el mundo conoce esas páginas de sugar daddy —dijo, y notó que el calor le subía a la cara.

Saathoff carraspeó.

—De esos portales hay cientos, por no decir miles. Según los de informática, Jana Albrecht no estaba dada de alta en una página así, pero volveré a preguntar para ir sobre seguro. —Cogió el móvil y se apartó un poco.

—¿Sugar daddy? —le susurró Florian al oído—. Espero no ser demasiado joven para ti. —Sonrió con picardía y le cogió la mano.

—¡Anda ya, bobo! —replicó Julia y le dio un empujoncito en el hombro—. Yo no entro en esa clase de páginas.

Florian torció los labios con sorna, pero no dijo nada más porque Martin Saathoff ya volvía hacia ellos.

—Nada de nada, como suponíamos —anunció—. Solo estaba dada de alta en ese portal de citas. Aparte de eso, en dos redes sociales. Allí estaba vinculada sobre todo con sus compañeros de carrera. Enseguida nos mandan un listado. Entonces podremos comprobar si ese Mike también aparece.

En ese mismo instante un pitido anunció la llegada de un correo. Florian lo abrió y miró el archivo adjunto.

—Aquí hay un Mike Neuhausen. —Hizo clic en el enlace a su perfil. Desde la foto los miraba con seriedad un joven de pelo ralo.

Julia repasó por encima los escuetos datos del perfil. Neuhausen tenía veintiocho años y estudiaba biología, igual que la víctima.

—Puede que hayamos dado en el blanco —comentó, y dio un golpecito en un dato de la pantalla—.

Esto hay que verlo. Por lo visto cursa dos carreras: además de biología, también química.

Lo digo por las drogas que había en la sangre de Jana Albrecht.

No sería el primer estudiante de química que se prepara un cóctel de drogas.

Al menos no se puede descartar que tenga los conocimientos necesarios.

—Deberíamos hablar con él. —Florian imprimió el perfil de Neuhausen y lo colgó en la pizarra.

La puerta del despacho se abrió y una compañera pálida asomó la cabeza.

—Tenemos un problema —dijo, y paseó la mirada inquieta entre Florian y Martin Saathoff—. Abajo, en recepción, hay una mujer. Está buscando a Rafaela Dombert, su hija. La han mandado aquí desde el hospital y se niega a poner una denuncia por desaparición. Insiste en hablar con uno de ustedes dos.