Capítulo 16
Florian había introducido en la base de datos de personas desaparecidas todos los nombres de pila femeninos con M que conocía.
Pero los resultados se hacían esperar. No solo había rastreado las denuncias por desaparición, sino que además había consultado todas las demás bases de datos policiales.
Era inútil. No había ninguna entrada relevante para Mia , Mila , Mina , Mira ni para bastantes variantes más.
Nadie echaba en falta a una mujer con un nombre así.
Buscaban a un puñetero fantasma. A una desconocida que había muerto hacía apenas unas horas.
Muerta a manos de un asesino que ya tenía a dos mujeres sobre su conciencia.
Alguien que hacía caminar a sus víctimas sobre cristales rotos afilados y les colocaba cinturones de castidad. Perseguían a un pervertido enfermo.
Habían pasado el día examinando con lupa el entorno de la primera víctima.
Habían vuelto a hablar con la madre de Jana Albrecht y con su mejor amiga.
Al menos Carolina Brand pudo enumerar los nombres de algunos hombres con los que Jana Albrecht había tenido relaciones breves en los últimos tiempos.
También le habían enseñado una foto de la paciente fallecida en el hospital y mencionado los posibles nombres de pila.
Nada. Carolina Brand no había visto nunca a esa mujer.
Los expertos en informática habían examinado con lupa el portátil de Jana Albrecht.
No había ni rastro del autor ni de ninguna mujer cuyo nombre de pila empezara por M.
El móvil de Jana Albrecht seguía desaparecido.
La última conexión se había registrado en su estudio, así que Florian partía de la base de que el autor quizá la había asaltado allí.
Sin embargo, nada indicaba que hubieran forzado la entrada, y eso jugaba en contra de su teoría.
Tampoco se habían podido recoger restos de sangre ni otros signos de violencia.
Todo lo contrario. El orden que reinaba en el pequeño estudio le había saltado literalmente a la vista.
Como Jana Albrecht vivía sola, no había compañeros de piso a los que preguntar.
Estaba claro que los dos vecinos, dos pálidos estudiantes de física, no se habían interesado demasiado por Jana Albrecht.
Aparte del nombre en el timbre, no parecían saber nada de ella.
Florian suspiró. Tenía la sensación de haberse metido en un callejón sin salida.
Su compañero estaba igual de perdido, aunque se lo tomaba con más calma.
A lo mejor se debía solo a la reacción de Lenja ante su ramo de flores.
Desde la visita al hospital iba como en una nube.
Pero Florian no encontraba sosiego. Por lo visto, el asesino disfrutaba torturando a sus víctimas.
Probablemente no iba a quedarse en dos mujeres asesinadas.
Rebuscó en el expediente y se detuvo en sus notas sobre los cinturones de castidad.
Por desgracia, esos cinturones se vendían en casi cualquier tienda de artículos eróticos.
No tenía mucho sentido seguir esforzándose por ese lado.
Y luego estaba el asunto de los cristales rotos.
Había estado dando vueltas con Martin por la zona del puerto de Niehl.
Pero allí, cómo no, no se habían topado con ningún montón de cristales.
Habían decidido buscar contenedores de vidrio.
Ahí tampoco, nada de nada. Esos contenedores estaban sobre todo en zonas residenciales.
Y si había alguno en el polígono industrial, lo más probable era que no fuera de acceso público.
Florian volvió a repasar por encima el informe de la autopsia.
Jana Albrecht se había clavado más de veinte esquirlas.
Contempló una foto de las plantas de sus pies e hizo una mueca de horror.
La piel estaba literalmente hecha jirones.
Los pies de la desconocida también habían quedado destrozados por los cristales rotos, y Florian ponía la mano en el fuego a que las lesiones eran parecidas a las de Jana Albrecht.
Pero ¿por qué infligía el autor semejantes tormentos a sus víctimas?
¿Y qué tenían que ver los cristales rotos con el cinturón de castidad?
A Florian todavía le costaba más encontrar una relación con el agua gélida del Rin.
Pero tenía que haber alguna conexión. El asesino cometía sus crímenes por un motivo concreto.
Florian observó las cartas de despedida, absolutamente idénticas salvo por la letra. El mismo papel, al parecer el mismo bolígrafo, y las dos plastificadas. La policía científica solo había podido recoger en el papel las huellas dactilares de las víctimas.
Soy culpable y no puedo seguir viviendo así. Lo siento.
Aquellas palabras se parecían a las que la médica había grabado a la mujer fallecida en el hospital.
Justo cuando Florian iba a reproducir de nuevo la grabación, llamaron a la puerta.
El corazón le dio un brinco de alegría. Tenía que ser Julia.
Por fin. Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta del piso.
—Siento llegar tan tarde —explicó Julia, y se dejó abrazar por él.
—Yo podría haberte acompañado —susurró Florian, y cerró la puerta tras ella—. Seguro que ha vuelto a ser duro.
—Es cierto. Si te soy sincera, ha sido horrible, como todos los años. Nunca superaré lo que le pasó a Michael.
Florian le cogió el abrigo a Julia.
—Pero si estás helada. ¿Se te ha estropeado la calefacción del coche?
—No. Es que necesitaba aire fresco y he bajado la ventanilla.
Observó a Julia, pensativo. Se la veía afectada.
—Antes de nada voy a prepararnos un té —propuso, y la condujo hasta el sofá—. Tú descansa. Ha tenido que ser un día agotador de narices.
—¿Habéis averiguado la identidad de la mujer? —preguntó Julia con impaciencia.
—Por desgracia, no —contestó Florian alzando la voz, y se fue a la cocina. Encendió el hervidor y abrió una lata de infusión de frutas. Solo tardó unos minutos en volver junto a ella con el té caliente.
Julia estaba tumbada en el sofá, profundamente dormida.