Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 15
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Capítulo 15

En realidad, no era su intención atormentarla.

Pero a esas alturas ya le había cogido el gusto.

Ella no sabía lo que le esperaba. En sus ojos todavía brillaba la esperanza.

¿Qué no sería capaz de hacer a cambio de la promesa de salir ilesa?

Contempló con detenimiento su larga melena rubia y se enrolló un mechón en la yema del dedo.

—Hueles bien —le confesó, y sonrió con malicia cuando ella dio un respingo de miedo.

—Por favor —suplicó ella—. No me hagas daño.

Él inclinó la cabeza y se recreó en su miedo. ¿Sentiría ahora lo mismo que las otras antes que ella?

—Deberías haberte contenido —la reprendió, y soltó el mechón. Ella no le gustaba. Ninguna de ellas le gustaba, porque vivían una mentira. Tenían que sufrir por lo que habían hecho. Era tan culpable como todas las demás. Y correría exactamente la misma suerte.

Todas se lo merecían, porque le habían destrozado la vida.

Una niña pequeña y rubia le cruzó fugazmente la memoria. Cerró los ojos con añoranza.

—No seas tan severo —parecía decir ella, pero él no la escuchó. Volvió a abrir los párpados y levantó de un tirón a la mujer del taburete.

—Basta de estar sentada. ¡Corre hasta allí! —ordenó, y señaló la puerta.

En una fracción de segundo, la mujer llegó a la salida.

¡Todas eran iguales! Negó con la cabeza en señal de desaprobación.

Pero ¿cómo podían ser tan estúpidas? ¿De verdad creían que se tomaba tantas molestias solo para dejarlas marchar al cabo de unas noches?

Había necesitado años para dar con ellas.

Se había pasado horas observándolas. ¿Es que tenía que hacer como si no hubiera pasado nada?

¿Como si pudiera sentir compasión por ellas?

No habían hecho nada para impedir la catástrofe.

Al contrario, habían vivido su vida. Casi siempre una buena vida.

Contempló su pelo cuidado, la piel impecable y la cara bonita. Todo aquello no era más que fachada. Detrás acechaba un ser egoísta, sin el menor sentido de la responsabilidad.

—Todavía tienes que ponerte algo —dijo, y le lanzó el cinturón de castidad. Se lo tenía más que merecido. Siempre había sido una zorra.

—¡Date prisa!

La mujer temblaba mientras soltaba la hebilla. Estaba tan nerviosa que no entendía cómo ponerse el cinturón.

—¡Estúpida! —maldijo. Desde luego, todas eran iguales. Ninguna lo había conseguido sola. La agarró por el muslo y se lo levantó de un tirón. Luego le colocó el cinturón y lo cerró con llave. Se guardó la llave en el bolsillo del pantalón.

—Tú pórtate bien, ¿eh? —le susurró al oído. Podía oler su miedo. Sintió un latido caliente en la entrepierna. Ahora mismo iba a castigarla. Con dureza y con dolor. Como si lo intuyera, ella se puso de rodillas ante él.

—Por favor. Si yo no he hecho nada. ¡Por favor! —suplicó.

No podía seguir oyéndolo y le tapó la boca con la mano.

—Cállate —siseó—. Todavía vas a necesitar tus fuerzas. —Sonrió con malicia y la empujó fuera por la puerta.