Capítulo 14
Julia se sentía fatal. Seguía teniendo ante los ojos la escena del hospital.
La alarma le resonaba en los oídos. Había sabido enseguida lo que pasaba.
La cortina tras la que atendían a la mujer estaba descorrida.
Al menos cinco médicos y enfermeras se afanaban en torno a ella.
Los rostros congestionados de quienes la asistían y la doctora Liebhard, que le practicaba el masaje cardíaco con movimientos rítmicos, lo decían todo.
Lo peor era la línea plana del monitor cardíaco y el pitido penetrante que la acompañaba.
Una enfermera había llegado corriendo con un desfibrilador, pero para una descarga ya era demasiado tarde.
La vida había abandonado a la paciente mucho antes.
Julia conocía la muerte y la había visto antes incluso de que los médicos perdieran la esperanza.
Volvió a vomitar. Mia o Mila, si es que la mujer se llamaba así, no lo había conseguido.
Todo lo que habían hecho no había servido de nada.
Se pasó la mano por la frente empapada de sudor y tomó aire a bocanadas.
—¿Estás bien? —preguntó Ulrich Schwarz desde el otro lado de la puerta del baño.
Julia se sobrepuso. No podía venirse abajo ahora.
—Sí, es solo que he comido algo que me ha sentado mal. Un poco de náuseas, nada más —respondió, esforzándose por reprimir el temblor de la voz.
Sus padres no debían enterarse de sus problemas. Era la cena de cumpleaños de Michael. No quería estropearla.
—La cena estará lista enseguida —le informó su padre, y se alejó arrastrando los pies.
Julia se incorporó, se humedeció las mejillas y bebió unos sorbos de agua fría.
Mejor así, pensó, y se miró las ojeras oscuras, que ni siquiera las gafas disimulaban.
Madrugar y el estrés del instituto no le sentaban bien.
Al menos había perspectivas de mejora. Dirk Possnitz lo estaba haciendo bien.
El doctor Neumann la había llamado cuando ella iba de camino a casa de sus padres y se había deshecho en elogios hacia él.
En dos o tres semanas, cuando Possnitz se hubiera puesto al día, el alivio podría notarse de verdad.
Entonces ya solo le quedaría encontrar un sustituto para el doctor Abel, que estaría de baja varios meses.
Julia esperaba que se recuperara pronto de su operación de hernia discal.
Se secó la cara a toquecitos con una toalla.
Después respiró hondo y apartó bien lejos todos los pensamientos molestos.
Lo primero era quitarse de encima la cena.
Hannelore había preparado un asado y se había pasado medio día en la cocina.
Julia fue al salón y repartió los cubiertos que su padre había dejado sobre la mesa del comedor. Él entró con una fuente de patatas humeantes y la observó con detenimiento.
—Tienes buen aspecto —declaró, para asombro de Julia, y dejó la fuente en la mesa—. ¿Cómo va todo en el instituto?
—He podido contratar a un médico nuevo. Así que sí, todo marcha —replicó Julia con evasivas.
Su padre se fue a la cocina arrastrando los pies y volvió con el asado.
—Me alegro de verte tan radiante —dijo, y dirigió la mirada al sitio de Michael—. A tu hermano también le habría gustado. Echo de menos las risas que compartíais. —Un brillo oscuro le veló los ojos un instante. Luego sonrió—. La vida sigue, ¿verdad?
—Sí, claro. —Julia pensó en la paciente fallecida del hospital. Para ella la vida no seguiría, porque un hombre la había empujado al río helado.
—Cariño, ven que te abrace. —La madre de Julia salió de la cocina con la salsera, la dejó en la mesa y abrazó a su hija—. Siento haber estado antes tan seca. Tenía miedo de que se me quemara el asado. —Soltó a Julia y dio una palmada—. Me muero de hambre, vamos a empezar.
Ulrich Schwarz cortó el asado con un cuchillo grande y repartió las lonchas en los platos. El sitio de Michael estaba puesto, y sobre su plato había una tarjeta de cumpleaños.
Julia tragó un bocado con esfuerzo y reprimió las náuseas, que volvían a asomar.
El asado no le apetecía lo más mínimo. Le costó pasarlo, pero comprobó aliviada que su estómago no amagaba con hacer de catapulta.
Con el siguiente trozo la cosa fue incluso mejor y, de hecho, consiguió dar cuenta de su asado hasta el último bocado.
Solo al dejar el tenedor notó sobre ella la mirada acechante de su padre.
—¿Vas a ir hoy a casa de Florian? —quiso saber.
Julia asintió.
—Sí. Hay un caso nuevo, dos asesinatos que queremos comentar. Conociendo a Florian, ahora mismo estará inclinado sobre los expedientes.
—¿Por eso no te ha acompañado? —Su padre no le quitaba los ojos de encima.
De repente, Julia se sintió transportada a su infancia, como si hubiera hecho alguna travesura y tratara de encubrirla. Pero si no le ocultaba absolutamente nada. ¿Por qué la miraba fijamente con aquella cara de saberlo todo? Su madre se levantó y empezó a recoger la mesa.
Julia aprovechó la ocasión para llevar la fuente del asado a la cocina. Normalmente le gustaba charlar con su padre, pero hoy sus preguntas la incomodaban.
—Digo yo que ya podríais iros a vivir juntos, ¿no? —le oyó preguntar de pronto a su espalda.
A punto estuvo de caérsele el asado de las manos. Por los pelos consiguió deslizar la fuente sobre la mesa de la cocina.
—¿Y a qué viene eso ahora? —preguntó, y se volvió de golpe.
Él levantó las manos en un gesto conciliador.
—Por nada —respondió, y le dio unas palmaditas en el hombro—. No te preocupes, no te voy a interrogar más. ¿Quieres un café antes de irte?
Su madre le lanzó una mirada cortante.
—Pero si acabas de llegar. Te quedas un rato más, ¿no? Justo iba a buscar unas fotos. —Miró a Julia y añadió, de forma totalmente innecesaria—: De Michael.
—Claro. Y de paso me tomo un café —respondió Julia con evasivas. En realidad quería ir a casa de Florian. Seguramente entretanto había reunido un montón de información sobre el caso.
Esperó a que su padre preparara el café y luego siguió a su madre al salón, donde esta ya había abierto un álbum de fotos y lo hojeaba con lágrimas en los ojos.
—Seguro que Michael está bien ahí arriba, en el cielo —intentó consolarla Julia. Se mordió el labio inferior, porque notaba que ella misma se echaría a llorar de un momento a otro. Evocó mentalmente el rostro de Michael y ahuyentó las lágrimas con una sonrisa. Él no habría querido esa tristeza.
Miró las fotos con entereza y dejó que su madre siguiera pasando las hojas del álbum. Al cabo de veinte minutos posó la taza de café en la mesa.
—Tengo que irme ya.
—¿Y mañana vienes con nosotros a la tumba de Michael?
Julia suspiró.
—Tengo que ver cuánto trabajo se acumula en el instituto. —Al percibir la decepción en la cara de su madre, añadió—: Lo intentaré. Prometido.
Le dio un beso en la mejilla y abrazó a su padre.
—Cuídate —masculló.
Cuando volvió a sentarse en su Golf, soltó el aire, agotada.