Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Me alegro. Hasta luego. —Su padre colgó y la dejó con una sensación desagradable.

Y no solo porque tuviera mucho trabajo. También la angustiaba la idea de mirar el sitio vacío de Michael en la mesa.

En el fondo era el mismo ritual todos los años desde su muerte.

Al menos Hannelore ya había dejado de llenar el plato de Michael con su comida preferida, como si fuera a entrar por la puerta en cualquier momento.

Aun así, ninguno de ellos había superado de verdad la pérdida.

Julia echaba tanto de menos a su hermano pequeño que le dolía el corazón en cuanto pensaba en él.

Aquello no iba a arreglarse nunca. Hicieran lo que hicieran.

Se secó una lágrima del rabillo del ojo y apartó la tristeza.

Michael no habría querido que estuviera triste por él.

Seguro que en ese preciso instante estaba en algún rincón allá arriba, en el cielo, sacándole la lengua.

Esbozó una sonrisa y empujó los recuerdos con suavidad hacia el fondo de su conciencia.

Hoy los vivos necesitaban su ayuda. Se concentró en la paciente desconocida y confió en que pronto estuviera en condiciones de hablar.

Julia pisó el acelerador. El hospital quedaba hacia el norte. Condujo por las concurridas calles de Colonia e intentó no perder los nervios. El tiempo apremiaba y quería pasar antes a ver a Lenja como fuera. Cuando llegó, Florian y Martin Saathoff ya la esperaban en la entrada.

—¿Ya has estado con Lenja? —preguntó Julia, y torció el gesto, tensa, al mirar otra vez la hora.

—Queríamos esperarte —dijo Florian, y le sostuvo la puerta—. Todavía nos quedan unos minutos. A lo mejor Lenja hasta puede venir con nosotros. Ya está mejor, ¿no?

—Que yo sepa, sí. —Julia avanzó a zancadas por el suelo de linóleo del hospital y pulsó el botón del ascensor.

Normalmente habría subido por las escaleras, pero no había tiempo para eso.

Cuando las puertas se abrieron con un zumbido, sintió un violento impulso de huir.

Se mordió el labio inferior y entró. Solo eran cinco pisos hasta la planta de Lenja.

Contuvo el aire y no volvió a respirar hasta que salieron.

La supervisora de planta les hizo una seña para que pasaran.

Julia entró en la habitación seguida de cerca por Florian y Martin Saathoff.

—Lenja, ¿cómo estás? —Julia se sentó a su lado en la cama y le cogió la mano. La piel se le notaba fría. Se le habían formado unas ojeras oscuras. Aun así, su mirada parecía viva.

—Mañana me dejan salir. Pero todavía estoy de baja una semana más. —Lenja hizo una mueca culpable.

—No te preocupes. Tenemos un colaborador nuevo. Seguro que te llevas bien con él. A diferencia de Ferdinand Meisner, Dirk Possnitz no tiene ningún reparo al contacto. —Hizo una pausa cargada de intención—. Su padre es el de la funeraria.

—¡Vaya! —se le escapó a Lenja—. ¿Y es simpático?

De pronto, Saathoff carraspeó.

—Si me permiten meter baza un momento —empezó con circunloquios, y se acercó—.

Me alegro de que ya se encuentre mejor, Lenja.

—Saathoff enmudeció y Julia comprobó con asombro que le salían manchas rojas en el cuello.

Trasteó a su espalda y sacó un ramo de flores en el que ella no había reparado hasta entonces.

—Que se mejore —gruñó Martin Saathoff, y le puso las flores en la mano a Lenja. La cabeza de Lenja desapareció por completo detrás del enorme ramo.

—Gracias. Pues sí que son bonitas —oyó Julia su voz.

Saathoff volvió a carraspear.

—No hay de qué.

—Voy a buscar un jarrón —dijo Julia en medio del silencio que se había instalado. Espantó a Saathoff de la cama y salió con el ramo en busca de la enfermera que acababa de recibirlos.

—Disculpe. ¿Tendría un jarrón o algún recipiente para las flores?

La supervisora de planta le entregó un jarrón adecuado y Julia volvió con él a la habitación.

—No reconocí al hombre. Ni siquiera el color del pelo. Estaba oscuro como boca de lobo y nosotras estábamos arriba, en el puente. Empujó a la mujer al Rin y acto seguido salió corriendo.

—¿Y su complexión? ¿Era alto, bajo, gordo o delgado? —insistió Florian.

Lenja se encogió de hombros.

—Diría que era alto y corpulento, pero no pondría la mano en el fuego.

—No importa. La mayoría de los testigos ya no recuerdan bien ese tipo de vivencias —ronroneó Martin Saathoff, y Julia se preguntó si se le habría olvidado que Lenja tenía novio.

—Es que me entró el pánico, porque la llamada ya dejaba claro que podía tirarla al agua. Estaba oscuro y todo pasó muy deprisa.

—¿Iban de la mano o abrazados? —Florian parecía estar totalmente en su elemento.

Lenja miró a Julia en busca de ayuda.

—Ni idea. Creo que él le había pasado el brazo por el hombro.

—Yo lo recuerdo igual —confirmó Julia—. De pronto la empujó al río. Le gritamos. Él salió corriendo y a partir de ahí solo importaba salvar a la mujer. —Julia dejó las flores en la mesilla—. Por cierto, van a sacar a la paciente del coma enseguida. Te aviso en cuanto despierte.

Lenja asintió y se dejó caer de nuevo sobre la almohada mientras ellos se despedían.

—Gracias otra vez por las flores —le gritó a Martin Saathoff, que a partir de ese momento recorrió el pasillo casi flotando.

Fueron en ascensor hasta la UCI. La doctora Liebhard estaba discutiendo con un enfermero. En cuanto la médica los vio, zanjó la conversación y se acercó a ellos.

—Ya hemos puesto en marcha todas las medidas. Si no les importa, volvería a entrar solo con la doctora Schwarz. No quiero someter a la paciente a un estrés innecesario. Al fin y al cabo, no conoce a ninguno de nosotros y al principio estará seguramente desorientada del todo.

—De acuerdo. Esperamos aquí —dijo Florian—. Pero si está en condiciones de hablar y hay alguna posibilidad, nos gustaría hablar con ella. Necesitamos su nombre y tenemos que saber qué pasó y quién la empujó al agua.

—Por supuesto —respondió escuetamente la doctora Liebhard, y se llevó a Julia al otro lado de la puerta de dos hojas, que se abrió con un zumbido en cuanto se acercaron.

La paciente seguía igual que antes detrás de la cortina, conectada a tubos y aparatos. Parecía aún más pálida que la última vez.

—Debería volver en sí de un momento a otro —explicó una enfermera que vigilaba las constantes en el monitor junto a la cama de la UCI.

—¿Me oye? —preguntó la doctora Liebhard, y le puso una mano en el hombro a la paciente.

Los párpados de la mujer empezaron a temblar. Julia aguardó expectante a que abriera los ojos, pero al cabo de un rato el temblor cesó sin más. La mujer volvió a quedarse inmóvil, como sumida en un sueño profundo.

La doctora Liebhard no se rindió tan pronto y habló con un tono tranquilo que inspiraba confianza.

—Ha tenido usted un accidente y ahora está en el hospital. Está a salvo.

En efecto, algo se contrajo en el rostro de la mujer. Julia contuvo la respiración, expectante.

—Si puede oírme, mueva simplemente los dedos, por favor.

Julia clavó la mirada en las manos de la paciente. No se movió nada.

—Tómese su tiempo. No tenemos ninguna prisa —siguió hablando la doctora Liebhard.

Esperaron una nueva señal de vida, pero la respiración de la mujer se hizo más honda. Por lo visto, se había quedado profundamente dormida.

—Me temo que tendremos que esperar. Volvamos a intentarlo dentro de media hora. —La doctora Liebhard echó un vistazo a los monitores situados sobre el cabecero y asintió satisfecha—. En cualquier caso, sus constantes son estables.

—Espero fuera —dijo Julia.

Se dio la vuelta y se dirigió con paso decidido a la puerta. Justo cuando esta se abrió con un zumbido, oyó su nombre.

—Doctora Schwarz, espere. La paciente está volviendo en sí —la llamó la médica.

Julia volvió corriendo al instante. La paciente movía la cabeza de un lado a otro, inquieta. Sus labios se movían y los párpados volvieron a temblar. Abrió los ojos apenas una rendija. Con la mirada vacía, miró fijamente a través de Julia. No parecía percibir nada de lo que la rodeaba.

—Miiiiiiaaaa —graznó, y Julia activó de inmediato la grabación de voz en su móvil.

—¿Es ese su nombre? ¿Mia? —preguntó con calma la doctora Liebhard, y le cogió una mano a la paciente.

—Miiiiiillllllaaaa —musitó la mujer, y algo más que Julia no entendió.

Luego se le relajaron las facciones y la cabeza cayó hacia un lado.

—¿Mila? —La doctora Liebhard le dio unos golpecitos suaves en las mejillas y al final desistió, decepcionada—. Ya no reacciona. Creo que todo esto es tremendamente agotador para ella.

—Al menos tenemos un nombre de pila —dijo Julia, y detuvo la grabación—. Dejémosla dormir. Puede que dentro de unas horas sepamos algo más.

Julia esperó todavía un rato y, como la paciente no volvió en sí, dio las gracias y salió a reunirse con Florian y Martin Saathoff.

—Por lo menos tenemos un nombre —anunció con optimismo.

En ese mismo instante sonó la señal de alarma de uno de los aparatos de la UCI. Unas voces hablaban con agitación. Unos pasos resonaron por la sala. Una voz de mujer daba instrucciones cortas y escuetas.

Julia volvió corriendo y se detuvo delante de la cama.