Capítulo 13
Julia abrió los ojos con cansancio y parpadeó en la oscuridad.
Al principio no recordó dónde estaba. Pero entonces oyó la respiración acompasada de Florian y sonrió sin querer.
Después de la conversación con Ferdinand Meisner se había ido a casa de Florian.
Quería contarle las novedades sin falta.
Y no solo eso, claro. Había echado de menos tenerlo cerca.
Con su declaración, Meisner se había catapultado a la lista de los testigos más importantes.
Había tenido contacto con Jana Albrecht poco antes de su muerte.
Si por Lenja fuera, Meisner no era en absoluto un simple testigo.
Julia volvió a ver su mirada, con una dureza indefinible.
Pero no había sido más que una instantánea.
Sin hechos sólidos no debía sacar conclusiones precipitadas.
Al fin y al cabo, Meisner no se le había echado encima cuando le preguntó por la cámara frigorífica.
Julia torció los labios. Pero ¿cómo se le había ocurrido siquiera pensar algo así?
Se incorporó y salió de la cama sin hacer ruido para no despertar a Florian.
La vejiga le apretaba. Sentada en el váter, volvió a darle guerra el estómago.
Por lo visto, madrugar no le sentaba bien.
Seguramente su malestar tenía también algo que ver con la fecha de hoy.
Era el cumpleaños de su hermano pequeño, Michael.
Hoy habría cumplido treinta años. Julia cerró los ojos y respiró muy despacio hasta que las náuseas remitieron.
El rostro de Michael se le apareció en la mente y suspiró con tristeza.
—Happy Birthday —susurró.
Michael tenía los ojos castaño oscuro, igual que ella.
Julia intentó imaginarse qué aspecto tendría hoy.
Al menos el malnacido que había abusado de él y lo había asesinado estaba ya entre rejas.
Aun así, la satisfacción no compensaba ni de lejos la pérdida.
Michael ya no estaba. Yacía enterrado en la tierra fría del cementerio.
Incluso después de todos aquellos años, a Julia le horrorizaba tener que visitarlo allí.
Pero sus padres habían planeado justo eso para mañana y no iba a poder escaquearse.
Prefería recordar a su vivaracho hermano tal como era a los doce años.
Un agujero en la tierra donde se descomponía su cuerpo menudo no encajaba con la imagen que tenía de él.
Ningún niño debería estar allí. En silencio le dedicó a Michael unas cuantas palabras cariñosas y luego se lavó los dientes.
En el instituto la esperaba un montón de trabajo, y Julia quería estar presente a toda costa cuando la mujer desconocida despertara del coma en el hospital.
Quizá revelara el nombre de su verdugo. O el suyo propio.
¿La conocería también Ferdinand Meisner?
A Julia le habría encantado enseñarle una foto de ella en ese mismo instante, pero Florian le había pedido que le dejara a él el interrogatorio de Meisner.
Al menos podría seguir la conversación desde detrás del falso espejo.
Se enfundó la ropa y le dio un beso a Florian en la mejilla.
—Me voy. Nos vemos luego en el hospital.
Florian murmuró medio dormido algo que ella no entendió.
Su mano la buscó a tientas. La atrajo un momento hacia sí y se durmió de nuevo al instante.
Julia salió del piso sin poder reprimir un bostezo.
Eran las cinco y media. No tenía ni idea de cómo iba a aguantar el día.
Primero se tomaría una taza de café y así espantaría de su cabeza el mareo persistente.
Después ya vería. La esperaba una autopsia y Julia confiaba en superarla sin problemas.
Su viejo Golf salió traqueteando del aparcamiento a la calle.
Un cuarto de hora más tarde llegó al Instituto de Medicina Forense.
Para su sorpresa, su nuevo colaborador ya la esperaba en la entrada, delante del edificio.
—¿No lo ha dejado entrar nadie? —preguntó Julia, y pasó su acreditación por el lector de la puerta.
Dirk Possnitz negó con la cabeza, compungido.
—No. Por lo visto todavía no estoy registrado y el señor de la portería se toma su trabajo bastante en serio. Incluso me ha amenazado con el servicio de seguridad si sigo dándole la lata.
—No le dé importancia. Lo llevo conmigo —replicó Julia sin poder contener una sonrisita.
El conserje, un señor mayor con la raya del pelo muy marcada, llevaba muchos años trabajando allí.
Julia sabía por experiencia propia que podía ponerse muy quisquilloso y que entonces tampoco era precisamente cortés.
—Ha llegado usted muy pronto. —Julia empujó la puerta y dejó pasar primero a Dirk Possnitz.
El joven se ruborizó.
—Le pregunté a su secretaria a qué hora suele empezar usted. Me lo dijo y pensé que así quizá causaría buena impresión. Si habíamos quedado en practicar la autopsia juntos.
A Julia le alegró el entusiasmo de su nuevo colaborador.
—Me parece muy bien que haya logrado salir de la cama tan temprano. —Reprimió otro bostezo—. A mí muchas veces me cuesta bastante.
Dirk Possnitz sonrió con timidez y la siguió escaleras abajo hasta el despacho. Julia dejó sus cosas y lo invitó a hacer lo mismo.
—Luego la señora Brandt se ocupará de su puesto de trabajo y de una tarjeta de acceso. Mientras tanto puede usar mi despacho.
Fueron juntos a la cámara frigorífica. Con movimientos hábiles, Possnitz pasó el cadáver a una camilla de transporte y lo llevó a la sala de autopsias.
Julia comprobó aliviada que Possnitz no había exagerado en la entrevista de trabajo.
No mostraba el menor reparo al contacto, y ni el olor ni el cuerpo muerto le suponían problema alguno.
Tanto el examen externo del cadáver como el interno transcurrieron sin contratiempos.
Julia avanzó mucho más deprisa que si hubiera trabajado sola.
Al cabo de dos horas suspiró feliz y tiró los guantes de látex a la papelera.
—Le felicito, señor Possnitz. Me ha impresionado. Espero que para usted también haya ido todo bien, ¿no?
Dirk Possnitz se secó una gota de sudor de la frente. Asintió con energía.
—¿Termino yo de redactar el informe de la autopsia? —preguntó solícito.
—Sí, por favor —respondió Julia, y miró el reloj—. Ahora tengo una cita. Pues pídale a la señora Brandt la plantilla del informe. Si le surgen dudas técnicas, consulte al doctor Neumann, por favor. Está al corriente y le hace ilusión trabajar con usted.
Julia salió a toda prisa de la sala de autopsias camino de su despacho.
—Me paso un momento por el hospital —le dijo en voz alta a Kerstin Brandt, que ya estaba otra vez ordenando un montón de documentos. Seguramente no tardarían en acabar sobre su mesa. Su mirada se quedó pegada a la carpeta de arriba.
—¿Me ocupo yo del nuevo? —preguntó su secretaria, y dejó el índice suspendido sobre su mesa. La yema del dedo aterrizó en un post-it amarillo.
—Se llama Dirk Possnitz, ¿verdad?
—Sí, exacto —murmuró Julia, que seguía con la mirada clavada en la carpeta.
—¿Por qué está encima el expediente de Jana Albrecht? ¿Han llegado los resultados del laboratorio? —preguntó Julia. Cogió la carpeta y la abrió. No había ninguna información nueva archivada.
—No. Creo que el laboratorio llamará esta tarde, o quizá no hasta mañana por la mañana. Ferdinand Meisner me ha pedido el expediente. ¿No debería habérselo dado?
Julia enarcó las cejas, sorprendida.
—¿Meisner? ¿Le ha dicho para qué lo quería?
Kerstin Brandt negó con la cabeza.
—No. Aunque tampoco se lo he preguntado.
—No pasa nada. Gracias por decírmelo. Si vuelve a querer consultar algo, avíseme, por favor.
Su secretaria le lanzó una mirada de alarma.
—¿Ocurre algo?
Julia se encogió de hombros y miró a su alrededor. Al comprobar que no había nadie cerca, susurró:
—Él conocía a Jana Albrecht y hoy mismo tiene que prestar declaración testifical en la policía judicial.
Kerstin Brandt se llevó la mano a la boca.
—¿En serio? No ha dicho ni una palabra de eso.
—Precisamente por eso —respondió Julia—. Échele un ojo, por favor, ¿de acuerdo?
Cogió el bolso y el abrigo de invierno y corrió hacia su coche. Justo cuando arrancaba el motor, le sonó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de su padre. Con mala conciencia, descolgó.
—Julia, por fin. ¿Tienes mucho trabajo?
—Hay un caso nuevo con dos víctimas y Lenja está ingresada en el hospital. Siento no haberte devuelto la llamada.
—No pasa nada —dijo Ulrich Schwarz con voz tranquila—. Solo quería recordarte lo de la cena. Ya sabes que tu madre siempre monta un revuelo tremendo por el cumpleaños de Michael. Ahora ya no es tan terrible como antes, pero esta noche no deberías faltar.
¡Esta noche! Julia estuvo a punto de atragantarse.
Se había olvidado por completo de la cena.
¡Maldita sea! Repasó febrilmente las citas que tenía pendientes.
Daba absolutamente igual lo que quedara en la agenda.
Tenía que ir a casa de sus padres. Cancelar no era una opción.
De lo contrario, Hannelore no volvería a dirigirle la palabra en la vida.
—No te preocupes, allí estaré —afirmó Julia sin saber cómo se las iba a arreglar.