Capítulo 12
—Vale, Thea. Recuéstese y relájese. Ve el cielo azul con unas nubecillas blancas y una agradable calidez le recorre el cuerpo.
La voz del doctor Schoenfelder calmó de verdad a Thea.
Se hundió cada vez más hondo en los cojines del sofá.
Por primera vez desde el inicio de las sesiones de hipnosis con el doctor Schoenfelder, sus palabras se convirtieron en las imágenes que él describía.
Thea estaba tumbada en un prado verde de verano, con el cielo azul sobre ella.
Un viento suave le apartó el pelo de la cara.
Sintió en la piel el calor de los rayos del sol.
—Se levanta y elige una dirección —susurró la voz del médico.
Thea miró a su alrededor y echó a andar hacia una colina que se alzaba detrás de un bosquecillo de abedules.
Los pies descalzos se le hundían en la hierba y dejaban un rastro sobre el verde.
Se detuvo un momento: había descubierto un girasol.
Thea abrió la boca para pedirle al doctor Schoenfelder permiso para coger la flor.
Pero durante la hipnosis parecía no tener voz.
Notaba los labios como pegados. Intentó una o dos veces hacerse notar.
Sin embargo, el doctor Schoenfelder seguía hablando sin parar, sin tomar aliento.
Si por él fuera, ella ya habría coronado la colina.
Pero Thea quería tomarse su tiempo. Se estaba tan bien en aquel prado.
Alargó los dedos hacia el girasol, acarició con suavidad los pétalos amarillos y lo olió.
El aroma le recordó a su infancia. A la época en casa de su abuela, que había tenido una granja.
Casi todas las vacaciones de verano había pasado unas semanas allí.
Aquella época estaba marcada por recuerdos felices de la infancia.
Thea echaba de menos a su abuela, que había muerto hacía mucho.
El girasol le pareció un saludo desde el más allá.
A menudo se imaginaba que su abuela la observaba a través de las nubes y la ayudaba a seguir adelante en la vida.
Contenta, reanudó la marcha y siguió la voz del doctor Schoenfelder.
—Tiene los músculos relajados. Se siente a gusto y oye el rumor de las hojas en el viento.
Thea entró en el bosquecillo de abedules y, en efecto, oyó bailar las hojas muy por encima de su cabeza.
La hierba se había convertido en un musgo blando que le hacía cosquillas en las plantas de los pies.
Entre los troncos centelleaban algunos rayos de sol.
Thea observó a un pájaro posado en una rama, que piaba y la miraba con unos ojillos vivarachos.
De pronto la invadió la sensación de no estar sola.
Echó un vistazo alrededor y creyó ver a Alex entre los abedules.
Pero se había equivocado. Él no estaba allí.
¿Cómo iba a estarlo? Thea se movía en un mundo de sueños y, aunque él estuviera allí, solo sería una figura que ella había creado en su cabeza.
No podía ser real. Suspiró bajito, porque le habría gustado hablar con él.
En la vida real habían hecho las paces o, mejor dicho, él había ido a verla y se había disculpado por haberse marchado tan deprisa.
Sencillamente había necesitado tiempo para sí mismo.
Ella se lo había tomado demasiado a pecho.
Thea se quedó quieta un rato más, con la mirada fija en el punto entre los árboles donde había percibido el movimiento. Como todo seguía inmóvil, continuó por el bosquecillo y subió la colina.
—Se siente completamente a salvo. Nadie puede hacerle nada.
Thea apretó el paso. Ahora sí que quería llegar a la meta.
—Está preparada para volver a aquel día en el que su vida cambió.
Ahora Thea corría. La voz del doctor Schoenfelder le metía miedo. No quería ir allí. No volver a aquel día. Al agua oscura que chapoteaba.
De repente, el bosquecillo de abedules se transformó.
Los troncos blancos se tiñeron de negro.
También el azul del cielo. Todo a su alrededor se oscureció.
De golpe era de noche. Sus pies descalzos ya no pisaban el musgo blando, sino un asfalto helado.
Thea se encontró en una carretera. Pero ¿adónde llevaba?
—Reúne todo su valor y se enfrenta a los hechos.
El corazón le latía en la garganta. ¿De qué narices hablaba el doctor Schoenfelder? ¿Qué hechos? Estaba en una carretera, completamente sola, en medio de la nada.
De pronto, una figura se despegó de la oscuridad y se acercó a Thea. Ella se asustó y echó a correr. Le retumbaban en los oídos sus propios pasos y los de la figura que la seguía. Miró un instante hacia atrás y distinguió a un hombre alto y corpulento, con unos ojos negros que casi la absorbían.
—Socorro —gritó Thea, sin que de su garganta saliera ni un solo sonido—. Basta, por favor.
El doctor Schoenfelder seguía hablando y de repente le pareció que era él quien corría detrás de ella.
Su voz grave la acosaba. Él se acercaba más y más.
Thea se precipitó hacia un puente. Su perseguidor era mucho más rápido.
No tenía ninguna posibilidad. Muerta de miedo, trepó a la barandilla del puente y clavó la mirada abajo, en el agua negra y fría.
En las olas siseantes, que solo esperaban a que saltase.
Thea no tenía ni idea de qué hacer. Saltar o echarse en brazos de aquel hombre.
El corazón le martilleaba con tanta fuerza que se mareó.
Entonces, por fin, le llegó de nuevo al oído la voz del doctor Schoenfelder.
—¡Despierte! ¡Despierte!
Thea abrió los ojos. El doctor Schoenfelder estaba sobre ella. Le faltaba el aire. Un recuerdo la asaltó de golpe: cristales rotos. Había cristales rotos por todas partes. Creyó notar esquirlas afiladas clavadas muy hondo en las plantas de los pies.