Capítulo 11
El corazón le retumbaba a Julia en el pecho con tanta fuerza que creyó que podía oírse.
Seguía espiando por la rendija el interior de la cámara frigorífica y no daba crédito.
Delante de los armarios había alguien en cuclillas.
Le daba la espalda y había abierto la bolsa para cadáveres del cajón número ocho.
Julia supo al instante que allí dentro estaba la muerta del Rin.
Quizá se llamara Jana Albrecht. Pero en ese momento daba completamente igual.
¿Qué demonios estaba haciendo aquel hombre con ella?
¿Y quién era ese tipo? Llevaba vaqueros y un jersey oscuro cuya capucha le cubría la cabeza.
Su figura delgada podría encajar con la de varios empleados del instituto.
Julia pensó en pedirle explicaciones. Aunque también podría seguir observándolo y averiguar qué hacía allí.
¿Quería borrar el rastro? ¿O formaba parte de una banda de traficantes de órganos?
A Julia le rondaba por la cabeza un sinfín de explicaciones.
Estaba a punto de abrir la puerta de un empujón cuando el hombre se incorporó.
Alcanzó a distinguir su perfil. Incrédula, vio cómo cerraba la bolsa para cadáveres y volvía a meterla en el cajón.
Sin hacer ruido, Julia se apartó de la puerta y se escabulló en la sala de enfrente, que servía de almacén de material.
Ferdinand Meisner salió de la cámara frigorífica y cerró la puerta tras de sí.
Parecía pálido y sus ojos miraban al vacío.
Ni siquiera se fijó en la camilla de transporte que Julia había dejado en el pasillo con el cadáver de la mujer.
Se dirigió derecho hacia la salida, sin desviarse.
Cuando ya se había alejado lo suficiente, Julia salió y lo siguió con la mirada.
Después entró en la cámara frigorífica y abrió el cajón donde estaba Jana Albrecht, la mujer asesinada.
Bajó la cremallera de la bolsa para cadáveres y examinó a la muerta.
Por lo visto, Meisner no había alterado nada en ella.
La mujer parecía exactamente igual que cuando Julia la había dejado.
Por el amor de Dios, ¿qué había hecho Ferdinand Meisner con el cadáver?
Julia se acordaba perfectamente de la mañana en que él había dimitido.
Se había negado en redondo a practicarle la autopsia a aquella mujer.
Pero entonces, ¿por qué miraba ahora su cadáver?
Seguro que había creído que a esas horas nadie se daría cuenta.
Salvo ella, hacía rato que todos los empleados del instituto habían terminado la jornada.
Pensativa, volvió a meter el cadáver de la anciana en la cámara frigorífica y lo colocó un armario más allá, en el cajón del centro.
De repente, el móvil de Julia se puso a sonar con estridencia. Lo sacó a toda prisa del bolsillo y salió de la cámara frigorífica.
—Schwarz —contestó escuetamente.
—Soy la doctora Liebhard. Solo quería informarle brevemente de que mañana queremos sacar del coma a la desconocida. Su estado parece lo bastante estable. Ya se lo he comunicado a la policía judicial. En cuanto estuviera en condiciones de declarar, la avisaría.
—Gracias por la información. Me alegro de que la paciente esté mejor. ¿Ha vuelto a hablar mientras tanto? —Julia abrió de un empujón la puerta de su despacho y se sentó a su mesa.
—No, desde que está en coma no dice nada. Pero puede que mañana eso vuelva a cambiar.
Julia volvió a darle las gracias a la médica y colgó.
Tenía la cabeza hecha un lío. ¿Qué demonios había ido a buscar Ferdinand Meisner a la cámara frigorífica?
La idea no la dejaba en paz. Miró el reloj.
Era demasiado tarde para hacerle una visita a Lenja.
Ya iría a verla a primera hora del día siguiente.
Se llevó el móvil a la oreja y la llamó un momento para preguntarle qué tal estaba.
—Estoy bien. Dentro de dos días salgo de aquí. ¿Hay alguna novedad? —preguntó Lenja.
—Mañana van a sacar del coma a la mujer. A lo mejor pronto puede decirnos quién la empujó al Rin —explicó Julia—. Acabo de ver algo muy raro. Meisner ha estado en la cámara frigorífica mirando a la muerta del río.
—¿Qué? —exclamó Lenja. Julia se imaginaba perfectamente su cara de indignación—. Pensaba que tenía problemas con los muertos. ¿Entonces por qué se pone a mirarla?
—Lo mismo me he preguntado yo. ¿La conocería? En todo caso, no ha alterado nada. He examinado el cadáver.
—¿Quieres decir que no quiso practicarle la autopsia porque la conocía? —Julia oyó a Lenja coger aire al otro lado de la línea.
—¿No conocerá también a la mujer del hospital? —soltó Lenja.
A Julia aún no se le había ocurrido esa posibilidad.
—¿Crees que podría ser él el autor o conocer al autor? —Julia comparó la figura de Meisner con la del hombre del puerto. No llegó a ninguna conclusión. Todo había ido demasiado deprisa. A eso había que sumar la distancia y la oscuridad.
—Pues no sé. Pero raro sí que es todo esto —murmuró Julia—. Claro que podría tener otras mil razones. Puede que al final sí quiera quedarse en la medicina forense y esté volviendo a tomar contacto directo con los fallecidos.
Lenja hizo un sonido despectivo.
—Eso lo doy por descartado —replicó—. Aunque tienes razón. Hay unas cuantas explicaciones más para su comportamiento.
—Voy a pedirle explicaciones —dijo Julia, y miró el reloj—. Lo mejor será que me pase por su casa. Así tendré el factor sorpresa a mi favor.
Lenja se quedó callada.
—¿Me has oído? —preguntó Julia mientras buscaba en el ordenador la dirección de Meisner.
—¿Y si es él el autor? —A Lenja le temblaba la voz—. Es tan horrible estar aquí atrapada. Entre las dos podríamos arriesgarnos. Pero, por favor, no vayas allí sola.
—Anda ya —le quitó Julia hierro al asunto—. Lo veo todos los días en el instituto. Aquí hay bisturíes de sobra por si quiere hacerme algo.
—Pues pregúntale a Florian.
Julia suspiró.
—De acuerdo. No me pondré en peligro. —Le deseó buenas noches a Lenja y colgó.
Se quedó dándole vueltas. ¿Qué pensaría Florian de ella si no fuera capaz de hablar a solas con uno de sus empleados?
Lo más probable era que la tomara por una paranoica que enseguida sospechaba un asesino detrás de cada incidente.
En los seis meses que llevaba trabajando en el instituto, Ferdinand Meisner se había comportado siempre con educación y en ningún momento de forma agresiva.
Julia sacudió la cabeza con brusquedad y se metió en el bolsillo del pantalón el papel con su dirección.
No. Iba a hablar con él. Ahora. Era la directora del instituto y ya tendría que haberlo abordado antes, mientras lo observaba.
Cuanto más lo pensaba, menos se explicaba su propio comportamiento.
Le volvió a la cabeza la advertencia de Lenja.
Suspirando, cogió el teléfono. Llamaría a Florian y le contaría que iba a pasarse por casa de Meisner.
Con eso habría satisfecho los reparos de Lenja. Marcó su número.
—¿Vienes a mi casa? —preguntó Florian antes de que ella pudiera decir nada.
—Tengo que pasarme un momento por casa de un compañero.
Hay un asunto que quiero quitarme de encima cuanto antes.
Después voy volando a tu casa. —Le dio la dirección de Meisner y cortó la conversación deprisa, aunque notó la decepción de Florian.
Ahora necesitaba salir de dudas. Decidida, cogió las llaves del coche y se dirigió al aparcamiento subterráneo.
Por lo menos su Golf arrancó sin rechistar.
Ya eran las nueve y media. Miles de luces en las calles de Colonia impedían que todo estuviera ya oscuro como boca de lobo.
El piso de Meisner quedaba a solo unos minutos del instituto.
Julia metió el Golf en la calle lateral donde vivía él y aparcó delante de la torre de pisos.
Las numerosas ventanas iluminadas la miraban desde arriba mientras cruzaba el aparcamiento.
No tenía ni idea de cuál de ellas ocultaba el piso de Meisner.
Una ráfaga de viento gélido le dio en la cara.
Los árboles que bordeaban el aparcamiento agitaban sus ramas secas y desnudas, como si quisieran advertirle de que no siguiera adelante.
Ignoró las imágenes sombrías que se le extendían por dentro.
Conocía a Ferdinand Meisner y seguro que le daría una explicación inofensiva de su comportamiento.
Se dirigió derecha, sin desviarse, hacia el número bien iluminado del portal y repasó con la vista los timbres con los nombres.
Meisner vivía en la undécima planta. Julia llamó al timbre y aguzó el oído. Como no pasaba nada, retrocedió unos pasos y miró hacia arriba. Fue contando las plantas, pero se hizo un lío. Justo cuando iba a empezar de nuevo, el telefonillo chisporroteó.
—¿Diga? —preguntó Meisner con voz bastante cansada y abatida.
Julia se acercó de un salto a la puerta del portal.
—Soy Julia Schwarz. Quiero tratar con usted un asunto urgente.
Al principio no oyó nada salvo el crepitar del altavoz.
Después sonó el zumbido de apertura y entró.
Cuando vio el ascensor, suspiró. Odiaba esos trastos.
Cada vez que pensaba en colgar de un cable fino dentro de una caja cerrada se le ponía la piel de gallina.
Optó por el camino más fatigoso: las escaleras.
Cuando llegó resoplando a la undécima planta, Ferdinand Meisner la miró de arriba abajo, extrañado.
—¿Está estropeado el ascensor?
Julia apenas consiguió responder. Una voz malintencionada en el fondo de su cabeza le dejó claro que en ese momento ya no le quedaban fuerzas ni para echar a correr, en caso de que Meisner resultara ser peligroso.
—No me gustan los ascensores —jadeó, y se dejó conducir al interior del piso, que no era más que una habitación grande con la cocina integrada.
—Siéntese. Antes de nada le voy a poner algo de beber.
—Ferdinand Meisner señaló el sofá y sacó un vaso del armario de encima del fregadero—.
Desde que me mudé aquí hace medio año, no he subido ni una sola vez por las escaleras hasta la undécima planta.
Mis respetos. —El respeto de su mirada se transformó en una especie de lástima cuando le tendió el vaso de agua.
Julia bebió despacio e intentó controlar la respiración. Dejó el vaso y esperó a que Meisner se sentara también.
—Siento venir a verlo a estas horas.
Meisner levantó las manos en un gesto de rechazo.
—No pasa nada. Usted es la jefa y puede molestarme a cualquier hora. Supongo que trae buenas noticias sobre mi futuro puesto. —Le sonrió con timidez.
Julia se acordó de golpe de que quería ponerse en contacto con Tobias Walther, en el hospital universitario de Bonn. Se le había olvidado por completo.
—Todavía no he conseguido hablar con mi colega. Lo intentaré mañana —explicó, y se inclinó hacia delante—. He venido por otra cosa. La verdad es que quería preguntárselo ya en el instituto. —Respiró hondo y formuló enseguida su pregunta—: ¿Qué hacía usted en la cámara frigorífica?
Ferdinand Meisner la miró desconcertado.
—¿Y a qué momento se refiere? —preguntó inseguro—. ¿A hoy?
Julia asintió.
—Poco después de las ocho de la tarde. Abrió usted el cajón número ocho del armario tres.
De golpe, a Meisner se le quedó la cara blanca como la cal. Bajó la mirada y buscó las palabras.
—¿Eso es importante? —quiso saber al final.
—A la mujer la asesinaron. —Julia intentó leer algo en la cara de Meisner, pero él la miraba fijamente, sin expresión.
—Simplemente tenía que verla —susurró con voz ronca y apretó los labios.
—Ayúdeme —respondió Julia—. ¿Por qué motivo abrió el cajón de Jana Albrecht? ¿Conocía usted a esa mujer?
Meisner asintió en silencio.
—¿De qué? —insistió Julia.
—De la uni. Estudiaba biología. Siento no haberlo dicho.
Julia se quedó un momento sin palabras. Les había costado mucho tiempo establecer la identidad de la muerta. Meisner podría haber resuelto ese enigma ya el primer día. En lugar de eso, se había negado a practicar la autopsia.
—Quería despedirme de ella —continuó Meisner—. Me quedé de piedra cuando la reconocí. No era capaz de abrirla.
—Lo habría entendido. Nadie debería practicarle la autopsia a una persona con la que ha tenido una relación estrecha. Pero ¿por qué no me dijo cómo se llamaba? Eso habría acelerado muchísimo la investigación.
—Lo sé. —Meisner tenía la voz llorosa—. Sí que tenía intención de decírselo, pero de pronto a usted le entraron las prisas y luego desapareció con Lenja en la sala de autopsias. No me encontraba muy bien y después ya no fui capaz de armarme de valor. Lo siento. ¿Puedo compensarlo de alguna manera?
Julia se encogió de hombros.
—Creo que la policía judicial va a querer hablar con usted en cualquier caso. Ahora mismo están investigando el entorno de Jana Albrecht. ¿Y cuándo fue la última vez que tuvo contacto con ella?
La respuesta dejó a Julia profundamente conmocionada.
—La semana pasada —explicó Meisner, y en su mirada había algo que Julia no supo interpretar.