Capítulo 10
Florian reproducía una y otra vez la grabación de la mujer del hospital.
«Es culpa mía. Soy culpable.»
—¿De qué sirve eso? —gruñó Martin, y giró a la derecha en un semáforo—. Ya te lo he dicho: si nos hubiera dado el nombre del autor o al menos el suyo propio, habríamos avanzado algo.
—Me pregunto si a ella la querían castigar por algo —replicó Florian.
Sabía que la grabación no contenía ninguna información relevante.
Pero oír aquella voz creaba un vínculo entre él y la mujer que estaba en coma.
Seguían sin conocer su nombre y su vida pendía de un hilo.
Florian intentó ponerse en el lugar del autor.
Y había un hecho indiscutible: el asesino les ponía a sus víctimas el cinturón de castidad y las hacía caminar descalzas sobre los cristales rotos.
Aquello parecía un castigo. Puede que las dos mujeres se hubieran hecho culpables de algo.
Pero ¿de qué? ¿Habían humillado al autor por haberse acostado con otro hombre?
¿Era por eso por lo que les colocaba un cinturón de castidad?
¿Y por qué las empujaba al Rin helado en pleno invierno?
¿Tenía eso algún significado más profundo para él o lo hacía por razones prácticas?
Con aquellas temperaturas, una permanencia prolongada en el agua suponía automáticamente una hipotermia grave con resultado de muerte.
Así no tenía que mancharse más las manos.
Quizá el agua debía purificar a aquellas mujeres.
Un ritual así tampoco sería descabellado.
Por desgracia, Florian disponía de muy poca información. Lo único que tenían del autor era su estatura. El tipo tenía que medir más de un metro setenta. No sabían nada más, es decir, prácticamente nada.
Volvió a reproducir la grabación e ignoró el largo suspiro de Martin.
—Ya hemos llegado —dijo Martin un rato después, y aparcó delante de un bloque de pisos bien cuidado en el sur de Colonia—. ¿Coges tú el abrigo?
Florian asintió. Habían cambiado de idea.
En lugar de enviar una patrulla, querían enseñarle a la señora Albrecht el abrigo de la muerta.
Si lo identificaba como el de su hija, seguirían con las fotos de los zapatos y de las demás prendas.
Después ya podrían pedirle una muestra de ADN, unos cabellos, por ejemplo.
Cogió la pieza de convicción plastificada del asiento trasero del coche oficial y se bajó.
Martin se adelantó a toda prisa y repasó los timbres con los nombres junto a la puerta de casa.
—Es aquí, en la cuarta planta —masculló, y pulsó el botón.
Pasó un rato hasta que por fin sonó una voz de mujer en el telefonillo.
—¿Sí? ¿Quién es?
—Somos de la policía y venimos por la denuncia por desaparición.
—¿Han encontrado a Jana? —En la voz de la mujer vibraba tanta esperanza que a Florian se le revolvió el estómago.
—Nos gustaría hablarlo con usted en persona —dijo en voz alta por el telefonillo.
En la línea se oyó un chasquido.
—Les abro —respondió Margret Albrecht con voz apagada. El destello de esperanza se había desvanecido.
Subió con Martin los escalones hasta la cuarta planta mucho más despacio de lo que les habrían permitido sus músculos. A ninguno de los dos le apetecía la conversación que venía a continuación. Jana Albrecht estaba muerta o en coma.
—Buenos días, me llamo Martin Saathoff. Somos de la policía judicial de Colonia y este es mi compañero, Florian Kessler.
Martin entró el primero en el pequeño piso y se abrió paso a duras penas junto a la mujer corpulenta hasta el recibidor.
—Pasen a la izquierda, al salón, por favor —les indicó Margret Albrecht, y cerró la puerta detrás de Florian.
Martin se sentó en el sofá y se quedó mirándose las puntas de los pies, mientras Florian movía la pierna derecha arriba y abajo. Por fin Margret Albrecht ocupó el sillón y los miró con sus ojos pequeños y oscuros a través de unas gafas de cristales gruesos.
Florian extendió el abrigo delante de ella.
—Estamos aquí para preguntarle si esta prenda le resulta conocida —preguntó con un desagradable picor en la garganta. Vio un destello en los ojos de Margret Albrecht. Ella conocía el abrigo. Él no traía ninguna buena noticia para ella.
—Se lo regalé las Navidades pasadas. Es de una marca cara. Déjeme ver. —Margret Albrecht examinó la etiqueta del cuello y asintió—. Es de Jana. ¿Dónde lo han encontrado?
Por un momento Florian se quedó sin palabras. Cuántas veces había visto ya derrumbarse a la gente cuando les decía que uno de sus seres queridos se había ido para siempre. O peor aún: que lo habían asesinado. Porque él no daba esa clase de noticias por ningún otro motivo.
—¿Está segura? —preguntó, y puso las fotos de los zapatos, del pantalón y de la parte de arriba delante de Margret Albrecht.
La mujer asintió en silencio y lo miró. Su mirada parecía oscura y vacía. Tenía los dedos entrelazados y crispados.
—No va a volver nunca más, ¿verdad? —susurró con voz ronca, sin apartar los ojos de Florian.
El nudo en la garganta le cortó literalmente la respiración. Carraspeó.
—Hemos encontrado a su hija en la orilla del Rin. Murió ahogada —explicó por fin, y añadió—: Alguien la empujó al agua. No pudo con la corriente y el frío.
A Margret Albrecht se le llenaron los ojos de lágrimas. Soltó un fuerte sollozo y negó con la cabeza de un modo desgarrador.
—Si era muy joven todavía. Tenía toda la vida por delante. ¿Y quién iba a hacerle daño?
—Haremos todo lo posible por desenmascarar al asesino —dijo Martin—. Usted puede ayudarnos contándonos algo sobre su hija.
—Era una buena chica —gimoteó Margret Albrecht—. Pero si todavía estaba estudiando. Había empezado Biología justo el año pasado. Era muy lista. —Se le quebró la voz y no pudo seguir hablando.
—¿Había discutido con alguien últimamente? ¿Quizá con su novio? —Florian sacó el bloc de notas del bolsillo.
—No. Jana no tenía novio. No quería comprometerse. Los hombres se le pegaban como moscas, pero ella los mantenía a distancia. Una relación estable le parecía una cárcel. Tenía muchos amigos. Pero no conozco a nadie que fuera capaz de hacerle daño.
—¿Es posible que alguno de sus admiradores se sintiera rechazado? ¿Jana llegó a mencionar que alguien la estuviera acosando?
Margret Albrecht negó con la cabeza.
—No. Como ya le he dicho, no quiso nada con ninguno de esos hombres. Pero lo mejor es que hablen con su amiga. Jana y Carolina son… ay, no… eran inseparables.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvo contacto con su hija? —preguntó Florian, y anotó el nombre de la amiga.
—Fue hace una semana. Siempre quedamos los martes por la tarde para tomar café en mi casa. Jana no vino y, como no conseguí localizarla, llamé a la policía. Eso fue ayer.
—¿Y antes de quedar para el café llegaron a hablar por teléfono?
—No. Se fue de excursión con un grupo de la uni y no quise molestar.
Pero ya el primer día me mandó una foto.
Esperen, se la enseño. —Margret Albrecht sacó con torpeza el móvil del bolsillo del pantalón y se lo puso delante de la cara con el brazo estirado.
Después deslizó el índice por la pantalla y acabó girándolo hacia Florian y Martin.
—¿Estuvo en Berlín? —Florian reconoció el museo en el que Jana se había hecho un selfi con otra mujer—. ¿Es esta su amiga Carolina?
—Sí, es ella. La semana pasada visitaron el Museo de Historia Natural de Berlín. Estuvieron allí dos días.
—¿Y ha hablado usted con Carolina desde entonces?
—Por supuesto. La llamé incluso antes que a la policía.
Pero ella tampoco supo decirme dónde se había metido Jana.
Volvieron juntas a Colonia y se despidieron en la estación central.
—Margret Albrecht sollozó de nuevo—. Es que no me lo puedo creer.
Pero ¿cómo ha podido pasar algo así? Ojalá la hubiera llamado. A lo mejor seguiría viva.
—Por favor, no se eche la culpa de lo que ha pasado. Usted no tiene la culpa —intentó consolarla Florian.
—¿Puede darnos los nombres de los hombres con los que Jana quedó últimamente? —preguntó Martin, pero Margret Albrecht se encogió de hombros con impotencia.
—Me temo que no la escuché con tanta atención. Total, nunca era nada serio. Creo que el último se llamaba Mark o Mike. Lo siento.
—No pasa nada. Ya lo averiguaremos. Para asegurarnos, lo mejor sería que nos diera el cepillo del pelo de su hija o cualquier cosa que sirva para un cotejo de ADN —pidió Martin.
En ese mismo momento sonó el teléfono de Florian. Era el hospital.