Capítulo 18
Por la cabeza de Julia rondaban las últimas palabras que habían salido de los labios de la mujer moribunda en el hospital. Había gritado Mia o Mila . ¿Cómo encajaba eso con su nombre, Rafaela Dombert?
Julia observó a la madre de Rafaela Dombert.
El parecido era innegable. Tenía el mismo pelo rubio, la misma nariz estrecha y los mismos ojos que su hija.
Julia intentó que el nombre de Rafaela encajara con el de Mia suprimiendo algunas letras.
Pero, probara la combinación que probara, los nombres no cuadraban.
—¿Y quién la ha enviado a vernos?
Rita Dombert suspiró.
—¿Qué más da eso? Dígame si la mujer que han sacado del Rin era mi hija o no.
Florian adoptó un gesto comprensivo.
—Entiendo que esté alterada. A mí me pasaría lo mismo. Pero, por favor, antes de enseñarle una foto necesito saber qué empleado del hospital le ha dado esa información.
Rita Dombert titubeó, como si tuviera que revelar un gran secreto. Al final se inclinó hacia ellos por encima de la mesa y susurró:
—Era una buena conocida del barrio. Se llama Monika Schuerhoff y es enfermera en la UCI.
Esta misma mañana me la he encontrado por casualidad y le he contado que Rafaela llevaba tres días sin dar señales de vida, y me ha hablado de la desconocida que había en la planta.
Ella no sabía, claro, si era Rafaela, pero yo tengo una corazonada.
—Rita Dombert juntó las manos como para rezar—.
Por favor, necesito saber si a mi hija le ha pasado algo.
Florian abrió el expediente y deslizó hacia Rita Dombert una foto de la mujer.
En un segundo le cambió la expresión de la cara.
Donde un instante antes brillaba la esperanza, ahora había dos pupilas negras y apagadas.
Un abismo abierto del que ya no había vuelta atrás.
Rita Dombert rebuscó en el bolso y sacó una foto con manos temblorosas.
—Esta es mi Rafaela —musitó, y bajó la cabeza. Las lágrimas le caían sobre la mesa y Florian se apresuró a tenderle un pañuelo.
—Lo sentimos muchísimo, de verdad —masculló él, incómodo, y contempló la foto, en la que se reconocía sin lugar a dudas a la desconocida del hospital.
Florian esperó a que Rita Dombert se recompusiera un poco y preguntó:
—¿Cuándo se dio cuenta de que Rafaela había desaparecido?
—Hace seis días —repitió, y sollozó con fuerza—.
Normalmente da señales de vida de vez en cuando.
Tuve la sensación de que ya tocaba otra vez y me empezó a extrañar.
Y ayer intenté llamarla, pero tiene el móvil apagado.
Le escribí un mensaje y esta mañana quería acercarme al supermercado en el que trabaja para preguntar por ella.
De camino me he encontrado con Monika y he venido aquí enseguida.
Mientras venía, he llamado al supermercado.
El jefe de Rafaela me ha confirmado que falta sin justificar desde hace cinco días.
En ese momento comprendí que tenía que haber pasado algo terrible.
Monika me ha contado que la mujer de la planta estuvo primero en coma y que luego murió.
Rita Dombert se secó las lágrimas con el pañuelo y paseó la mirada alternativamente de Julia a Florian.
—¿Qué le ha pasado? Si era una chica muy buena. Siempre amable y servicial.
—Todavía estamos al principio de la investigación. De momento solo suponemos que alguien la empujó al Rin. A pesar de todos nuestros esfuerzos, estuvo demasiado tiempo en el agua gélida… —Florian no terminó la frase—. ¿Puede decirnos si su hija tenía novio?
Rita Dombert asintió.
—Sí, llevaba un par de semanas con Luca. Trabaja en el almacén del mismo supermercado. Estaba loca por él. —De pronto se llevó la mano a la boca y se le ensombreció la mirada—. ¿Creen que fue él?
—No lo sabemos —la tranquilizó Florian—. ¿Hubo alguna pelea con Luca o con otra persona? ¿Tenía enemigos su hija?
Los ojos de Rita Dombert se convirtieron en dos rendijas.
—Ya sé a quién se refiere. Esa Fabia le envidia a Rafaela todo lo que tiene. Sobre todo el novio.
* * *
El supermercado quedaba cerca del domicilio de Rafaela.
La policía científica se había lanzado sobre el estudio y un experto en informática examinaba la tablet de la víctima.
La dependienta no había tenido ni ordenador ni portátil.
Rafaela Dombert tenía veintisiete años y había vivido en aquel estudio de mobiliario modesto, en la planta baja de un enorme bloque de pisos.
Mientras la Científica trabajaba allí, ellos se dirigieron primero al lugar de trabajo de la víctima.
Cuando Florian entró en el aparcamiento, Julia no dio crédito a sus ojos.
—Madre mía —exclamó, y señaló a una rubia atractiva que se había plantado delante de la entrada—. Ahí está Lenja.
A Martin Saathoff se le escapó un gruñido indefinible y empezó a retorcerse el bigote con nerviosismo.
—¿Le has contado lo del supermercado? —preguntó Florian, y le lanzó a Julia una breve mirada por encima del hombro.
—Sí —confesó ella—. Lenja sigue de baja y yo la mantengo al corriente. Lo que no me esperaba es que fuera a presentarse aquí. Más le valdría cuidarse.
Florian se rio y aparcó el coche junto a una farola.
—Se ve que en algunas cosas te pareces bastante a ella —comentó, y le abrió a Julia la puerta del coche.
Martin Saathoff fue más rápido que ella. Se lanzó como un cohete hacia Lenja y la saludó. Su ayudante sonreía de oreja a oreja y, antes de que Julia llegara hasta ellos, los dos ya habían desaparecido en el supermercado.
—Anda, déjala —le murmuró Florian, y le sostuvo la puerta—. ¿Por qué va a aburrirse en casa? Supongo que hoy nadie tiene pensado ir a nadar, ¿no? —Le guiñó un ojo y alcanzó a Lenja y a Martin Saathoff.
Cruzaron el supermercado y una empleada los llevó hasta una puerta que daba a las oficinas y al almacén.
El despacho del encargado estaba abierto de par en par. Tras el escritorio estaba sentado un hombre robusto, de pelo negro y abundante, con unas gafas sin montura sobre la nariz. Al reparar en ellos, los saludó con un amable gesto de cabeza.
—Me llamo Schwermer. ¿En qué puedo servirles, señores?
Florian le tendió la mano y después le mostró la placa.
—Tenemos algunas preguntas sobre una de sus empleadas —empezó, y se sentó a la pequeña mesa redonda que había en el centro del despacho—. ¿Cuándo vio por última vez a Rafaela Dombert?
Al encargado se le marcaron unas cuantas arrugas en la cara.
—No le habrá pasado nada, ¿verdad? Esta mañana me ha llamado su madre muy alterada y ahora vienen ustedes de la judicial.
Válgame Dios. La j-u-d-i-c-i-a-l. —Alargó mucho la última palabra y después pareció faltarle el aire para seguir hablando.
Se llevó la mano al pecho y Julia llegó a temer que fuera a sufrir un infarto. Pero el hombre corpulento se recompuso.
—Estuvo aquí hasta el miércoles de la semana pasada.
Falta desde el jueves. Normalmente es muy de fiar.
Por eso no hice nada de inmediato cuando no entregó el parte de baja en los tres días de plazo.
Habría esperado hasta mañana, porque pensaba que se le habría olvidado o que la carta no había llegado.
—El encargado se rascó la cabeza con torpeza y soltó un juramento—.
Maldita sea. Tendría que haber reaccionado de otra manera.
No está enferma, ¿verdad? Ay, no. Le ha pasado algo.
—Se calló y los miró fijamente con ojos encendidos.
—Lamentamos tener que comunicarle que Rafaela Dombert falleció ayer en el hospital a causa de sus graves lesiones.
—¿Muerta? —No consiguió decir más. Se quedó allí sentado, pálido y encogido, sin moverse.
—¿Puede responder a unas preguntas? Si no se ve capaz, volvemos más tarde.
—Sí que puedo —soltó el encargado, y se enderezó un poco.
—Hemos oído que el novio de Rafaela trabaja aquí, en el almacén. ¿Es cierto?
—Sí, Luca Schwermer trabaja aquí. No irán a sospechar de él, ¿verdad? —Se le quebró la voz.
—¿No deberíamos? —preguntó Florian, desconcertado.
El encargado señaló la chapa con su nombre que llevaba en el pecho.
—Karl Schwermer —dijo—. Luca es mi hijo.
—¿Y a él tampoco le extrañó que Rafaela no apareciera? ¿No han tenido ningún contacto en todo este tiempo? —Florian lo traspasó con la mirada.
Karl Schwermer hundió la cabeza entre los hombros y pareció aún más pequeño que un momento antes.
—Se habían peleado —farfulló, y empezó a retorcerse los dedos, nervioso.
—¿Y por qué? —intervino Martin Saathoff, y garabateó algo en su bloc de notas.
—Ni idea. Ya saben ustedes cómo son los jóvenes de hoy en día. Cambian de pareja continuamente. Un día una fiesta aquí, otro día allá. Sinceramente, hace tiempo que ya no me entero de nada. Pero, si quieren, pueden hablar con Luca ustedes mismos.
Florian asintió y el encargado descolgó el teléfono. Poco después apareció en el marco de la puerta una versión más joven del encargado.
—Siéntate —le ordenó Karl Schwermer, y le explicó que tenía que responder a las preguntas de la policía judicial.
La mirada de Luca Schwermer iba y venía inquieta de uno a otro.
—¿Cuándo tuvo contacto por última vez con Rafaela Dombert? —quiso saber Florian.
—Ah, ¿que va de Rafaela? —Luca Schwermer se envalentonó—. ¿De qué me quiere acusar esa tía? ¿Es que dice que la violé? Fue todo voluntario. Yo… —Se calló en mitad de la frase porque su padre se llevó el índice a los labios.
—Rafaela Dombert ya no vive. Falleció ayer —explicó Florian con voz serena—. Así que responda a nuestras preguntas, por favor.
Los ojos de Luca Schwermer se abrieron de par en par. Se le cayó la mandíbula y necesitó un rato para responder.
—Sí, bueno… yo… —tartamudeó, y se agarró la cabeza con las dos manos—. Creo que hace tres días. No, tiene que hacer más. Fue el miércoles por la noche cuando la vi por última vez, y a la mañana siguiente no apareció por el trabajo. Di por hecho que se había dado de baja.
—¿Y por qué?
—Discutimos por Fabia. Rafaela estaba celosa de ella, y eso que lo mío con Fabia no era nada serio. Me dejó. Pensé que en un par de días volvería. Entre nosotros siempre funciona así. —Se corrigió—. Quería decir funcionaba.
—¿Y ni siquiera intentó llamarla?
—Sí que lo intenté, pero no me cogió el teléfono y después lo tenía apagado. Supuse que me había bloqueado. —Luca Schwermer torció el gesto. Por lo visto se esforzaba a la desesperada por no llorar—. La quería —susurró, y se pasó el dorso de la mano por los ojos—. ¿Qué le ha pasado?
—Esperábamos que nos lo contara usted. Es muy posible que usted fuera la última persona con la que Rafaela tuvo contacto. ¿Y dónde quedaron esa noche?
—En mi casa. Tengo un piso más grande que el suyo.
Después de la pelea se largó. La llamé, pero no me lo cogió.
Probé tres o cuatro veces y luego lo dejé.
Espere. —Luca Schwermer se sacó el móvil del bolsillo y deslizó el dedo por la pantalla—.
Aquí puede ver mis llamadas. No me las cogió ni me devolvió ninguna. Lo intenté todos los días.
Schwermer le enseñó a Florian el registro de llamadas y acabó tendiéndole el móvil.
—Venga, compruébenlo.
Florian fue bajando por la lista y preguntó:
—¿Le envió también mensajes?
Luca Schwermer puso los ojos en blanco.
—Claro, pero no me contestó. Ni siquiera los ha leído. Los ticks siguen en gris en todas partes.
Florian echó un vistazo a los mensajes y le devolvió el móvil a Luca Schwermer.
—¿Qué hizo usted después de que Rafaela se fuera?
—Me quedé en casa. Es que ya era de noche, sobre las siete de la tarde.
—¿Puede atestiguarlo alguien? —Florian anotó la hora.
Julia sabía por qué. Poco tiempo después, ella y Lenja habían intentado sacar a Rafaela Dombert del Rin.
Comprobarían con exactitud si Luca Schwermer había tenido tiempo suficiente para ir desde su piso hasta el puerto fluvial.
Desde luego, su complexión coincidía con la del hombre al que habían visto aquella noche en el puerto.
Aunque en ese perfil encajarían igual de bien otros miles de hombres.
—Sí, yo —soltó Karl Schwermer—. Él estaba en su piso. Puedo asegurarlo. Y las demás noches también estuvo o en su casa o en la nuestra.
—Papá —exclamó Luca Schwermer, enfadado, pero un brusco gesto de la mano lo hizo callar.
—Tú no digas nada más, hijo. Primero nos buscamos un abogado.