Capítulo 8
Trece años antes
Su pelo rubio ondeaba al viento. Les llegaba el olor a cereal recién segado. El sol estaba alto en el cielo y caía abrasador sobre ellos. Él se secó una gota de sudor de la frente. A ella el calor no parecía molestarla. Sonrió feliz y abrió la mano. Unos dados rodaron por la manta de picnic.
—Un dos, un cuatro, el seis y el uno —anunció radiante—. Ahora te toca a ti.
Ella le pasó el cubilete y a él, de pronto, se le ocurrió una idea.
—Podríamos jugarnos una fecha a los dados.
—¿Una fecha?
Él se acercó un poco más a ella. Tanto que podía oler su perfume. Aquello lo excitó.
—El día en que nos casemos —murmuró con voz ronca.
—¿Casarnos? —Soltó una risita y se tapó la boca con la mano—. ¿Lo dices en serio?
Él asintió, porque de pronto no le salían las palabras. Ella era su primer amor. Quizá incluso el último. La deseaba. Siempre lo había sabido. Ya cuando iban a la guardería.
—Vale —dijo ella, y señaló el cubilete—. Tú primero.
Él agitó el cubilete y lo volcó sobre la manta. Salieron cuatro números: un seis, un dos y dos veces el uno. Torció el gesto.
—Pues parece que tendremos que casarnos en invierno. Es el veintiséis de noviembre. —La miró, pero a ella la fecha no parecía molestarla. Ella le quitó el cubilete y tiró los dados.
—Mira. Son dos doses y dos treses. Puedes elegir el año. —Volvió a soltar una risita—. Si coges un año que empiece por tres, podríamos casarnos en dos mil treinta y tres. Sería un número de cifras repetidas, y eso da suerte.
Él negó con la cabeza.
—Entonces seremos viejísimos. ¿Tú has echado la cuenta? Eso no es hasta dentro de veinticuatro años.
Ella frunció el ceño.
—¿No tenemos tiempo? Total, no es más que un número sobre el papel. Además, la mayoría de la gente no se casa hasta los treinta, más o menos. —Lo observó con sus ojos de un azul luminoso.
Él echó cuentas a toda prisa. Dentro de veinticuatro años serían inimaginablemente viejos.
—¿No quieres tener hijos? —preguntó, inseguro. Siempre había creído que ella sí quería tenerlos. Pero aquella cuenta suya lo desconcertó.
—Sí. Bueno, sí. —Ella vaciló y al final dijo—: No lo sé.
—Se me ocurre una solución intermedia —propuso, y le sonrió de oreja a oreja. Colocó dos dados delante de ella.
—Nos quedamos con el número repetido de antes. El de los doses.