Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Encantada —respondió Julia, y siguió a la médica hasta la unidad.

Por dentro le vibraba todo. Por lo visto estaban ante un asesino en serie.

Él escribía esas cartas o, más probablemente, obligaba a sus víctimas a escribirlas.

Por eso sonaban tan impersonales, sin encabezamiento dirigido a ningún allegado y sin firma.

Seguramente el tipo era un psicópata y la empatía le sonaba a chino.

Julia había leído hacía poco un nuevo estudio sobre esa clase de personas.

En efecto, la falta de miedo y de compasión podía demostrarse en el cerebro.

En las personas afectadas, esas áreas estaban completamente subdesarrolladas o no funcionaban en absoluto.

La doctora Liebhard la hizo pasar por una puerta y se dirigió a paso rápido hacia una cortina.

—Hemos aislado a la paciente para que tenga más tranquilidad. Incluso en coma se perciben los ruidos y también los reflejos de luz, y no queremos que la paciente tenga pesadillas. —Apartó la cortina y señaló la cama del rincón.

Julia se acercó. Una mujer de pelo largo y rubio, de entre veinticinco y treinta años, yacía estirada en la cama de la UCI. Su palidez parecía antinatural. Julia le examinó las manos, los brazos y después los pies.

—¿Es posible que le hayan sacado unas cuantas esquirlas de las plantas de los pies? —preguntó, y contempló los cortes profundos que barrían cualquier duda sobre un intento de asesinato o sobre la existencia de autores distintos.

—Lo siento. De eso se encargó mi ayudante. Debió de pisar cristales rotos antes de saltar al agua. Pero no son lesiones que pongan en peligro su vida, así que prestamos poca atención a las esquirlas.

—¿Conservan los cristales? —preguntó Julia, e hizo con el móvil unas cuantas fotos de las plantas de los pies de la mujer—.

Tendríamos que examinarlos con urgencia y analizarlos en el laboratorio.

—Quizá la mujer hubiera caminado sobre la misma clase de cristales que la muerta.

Pero Julia se guardó esa suposición de momento.

No quería pisarle el terreno a Florian. Era él quien dirigía la investigación.

—Pregunto un momento. —La doctora Liebhard se alejó y se puso a hablar por teléfono.

Julia siguió con el examen, pero no encontró más lesiones ni indicios de otros actos de violencia.

—Lo siento, pero los cristales acabaron en la basura. Mi ayudante dice que probablemente eran botellas rotas. Verdes y marrones.

—¿Cuándo tendrán los resultados del análisis toxicológico?

—Calculo que mañana o pasado. Déjeme su tarjeta y la llamo en cuanto sepa algo más.

Julia rebuscó una tarjeta de visita en la cartera y se la puso en la mano a la médica.

—Sí, por favor, manténgame informada. Espero que la paciente sobreviva. —Julia lanzó una mirada de duda al monitor cardíaco instalado encima de la cama.

—Yo también lo espero… Yo… Ay, no. —La doctora Liebhard vaciló y luego negó con la cabeza—. Ya la llamaré.

Algo en su voz hizo que Julia aguzara el oído.

—Quería decirme algo más, ¿verdad? —Julia no se movió del sitio mientras la médica se balanceaba con torpeza de un pie a otro.

—Vale. ¿Puede prometerme que no me delatará ante la policía?

Julia abrió mucho los ojos.

—No creo que haya cometido usted ningún delito. Así que sí. Me lo guardo para mí —prometió, aunque de pronto aquella decisión ya no le hacía ninguna gracia.

La doctora Liebhard sacó el móvil del bolsillo y pulsó una tecla.

—Escuche con atención.

Julia cogió el teléfono y se lo llevó al oído.

Lo primero que percibió fueron unos pitidos.

Los mismos que oía también en aquella sala.

Por lo visto, la doctora Liebhard había hecho la grabación en la unidad.

De pronto le llegó al oído un gemido débil.

Después un grito más fuerte, casi un chillido.

Luego volvió el silencio, salvo por los pitidos.

Tres segundos después oyó una voz de mujer que decía, con la lengua pastosa, algo que no entendió.

Julia miró a la médica sin saber qué hacer.

—¡Rebobine un momento, por favor!

Julia repitió la última parte de la grabación. Escuchó con atención y, en efecto, al segundo intento comprendió lo que había dicho la mujer.

«Es culpa mía. Soy culpable.»

Clic.

La grabación terminó.

—¿Dijo esas palabras? —preguntó Julia, y se acordó de la carta de despedida de la primera víctima.

La doctora Liebhard asintió.

—Sí, una y otra vez, antes de que le indujéramos el coma. No sé por qué, pensé que podía ser importante y lo grabé. Pero luego me acordé de que está prohibido grabar la voz. Quiero ayudar, pero no comerme una denuncia. Ya me entiende.

—Yo me encargo de que no tenga problemas. ¿Podría enviarme esa grabación?

La doctora Liebhard vaciló.

—No le diré a nadie de dónde la he sacado. Si hace falta, diré que la grabación es de hace un momento y que la hice yo misma.

La médica suspiró y pulsó unas cuantas teclas en el móvil.

—Vale. Confío en usted.

Julia le dio las gracias y salió a toda prisa de la UCI. Necesitaba hablar con Florian como fuera.