Capítulo 7 #2
—¿Se habrán olvidado de nosotros? —preguntó Julia con impaciencia, y se levantó de la silla.
—Creo que tienen demasiado trabajo. Puedo dejar mi número —propuso Florian, pero Julia sacudió la cabeza con energía.
—Ni hablar. Necesito saber ahora mismo qué pasa. —Ya iba a entrar otra vez en la unidad cuando salió un hombre delgado y muy alto.
—¿Son ustedes de la judicial? —preguntó con una voz aguda que no auguraba nada bueno.
—Soy el doctor Gallert, jefe de servicio. Síganme, por favor. —Los condujo por un pasillo interminable hasta su despacho.
—Siéntense, por favor. —Señaló, delante de su escritorio, dos sillas gastadas de un azul que con el tiempo se había ido convirtiendo en un gris apagado.
El doctor Gallert se sentó también y empezó a teclear en el ordenador. Luego leyó lo que aparecía en la pantalla.
—La paciente fue ingresada anoche, a las veintitrés quince, inconsciente y con hipotermia grave.
Se había producido antes una parada cardiorrespiratoria; la reanimación tuvo éxito.
Sin embargo, hace dos horas tuvimos que inducirle un coma.
Según cómo evolucionen sus constantes, mañana podremos volver a sacarla del coma.
Tenemos que esperar. —El doctor Gallert los miró con pesar—.
Lo siento. Por el momento no puedo decirles más.
Está estable, pero que salga adelante depende de muchos factores.
Por cierto, la mujer tenía más de un gramo de alcohol por litro en sangre.
Seguimos esperando más resultados de sangre y, además, le estamos haciendo un análisis toxicológico.
—¿Podríamos echar un vistazo a su ropa? —preguntó Julia, que no quería conformarse tan fácilmente.
—¿La ropa? —El doctor Gallert arqueó las cejas, pensativo—.
Lo mejor es que hablen con la doctora Liebhard.
Fue ella quien ingresó ayer a la paciente.
La llamo. —Habló un momento por teléfono y se levantó—.
Ahora, si me disculpan. Tengo que ir al quirófano.
Esperen aquí. La doctora Liebhard vendrá dentro de unos minutos.
—El doctor Gallert miró el reloj y se marchó a toda prisa con un breve gesto de cabeza.
—¿Tú crees que la mujer sobrevivirá? —Florian miró a Julia con gesto interrogante.
—Difícil decirlo. Desde luego, las circunstancias no suenan demasiado bien. —Julia calculaba las probabilidades en un cincuenta por ciento como mucho. Quizá tuviera suerte.
La puerta se abrió y entró en el despacho una médica menuda, de pelo largo y oscuro.
—Buenos días, soy Kerstin Liebhard. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Soy el inspector Florian Kessler y esta es la doctora Schwarz, del Instituto de Medicina Forense. Tenemos unas preguntas sobre la paciente que ingresó esta noche con hipotermia y a la que atendió usted.
—¿Entonces la caída al agua no fue un accidente?
—¿Por qué lo dice?
La médica frunció el ceño, desconcertada.
—Bueno, es lo que cabe suponer: usted es de la judicial y su compañera, médica forense.
—Entiendo. Por un momento esperé que le hubiera llamado la atención algo en la paciente que pudiera ayudarnos en la investigación.
—Llevaba encima una carta de despedida. Síganme. Así les entrego ya la ropa y el resto de sus cosas.
—¿El resto de sus cosas? —preguntó Julia con curiosidad—. ¿A qué se refiere?
La médica torció el gesto y abrió la puerta.
—Es mejor que lo vean ustedes mismos. Aquí ya hemos visto de todo, la verdad.
Supongo que ustedes también conocerán accidentes de este tipo.
—La médica lanzó una mirada de reojo a Florian y se alejó a paso vivo por el pasillo, sin decir palabra, como si fueran camino de una urgencia.
Doblaron dos esquinas y llegaron a un ala a la que solo tenía acceso el personal.
Pasaron a toda prisa por delante de un almacén repleto de medicamentos, material de curas y otros utensilios médicos.
La doctora Liebhard se detuvo ante la puerta siguiente.
—Aquí guardamos los objetos personales de los pacientes. —Abrió la puerta y cruzó el pequeño cuarto. Sobre una mesa había unas cuantas prendas dobladas y, al lado, una caja de plástico.
—Aquí tienen ya la carta de despedida. —La doctora Liebhard metió la mano en la caja y sacó una hoja de papel plastificada—. La paciente parece bastante ordenada. Por lo menos preparó a conciencia lo que pensaba hacer y se aseguró de que la carta siguiera siendo legible pese al agua —comentó.
Florian suspiró y le lanzó a Julia una mirada elocuente. Ella ya intuía lo que ponía en la carta antes de poder leer las líneas.
Soy culpable y no puedo seguir viviendo así. Lo siento.
—Es exactamente el mismo texto. Aunque con otra letra —constató Florian.
La médica, que justo iba a sacar otro objeto de la caja, se detuvo.
—¿Conocen el texto? —preguntó sorprendida.
Florian apretó los labios y asintió.
—No puedo decirle gran cosa al respecto. En el caso de la mujer que tienen ingresada en la UCI podemos descartar el suicidio. Hay testigos que vieron cómo la empujaban al agua.
—Todo esto es muy extraño. En cualquier caso, tuvimos que cortarle esto de las caderas.
—La doctora Liebhard les enseñó un cinturón de castidad y torció las comisuras de la boca con asco—.
No tengo ni idea de por qué lo llevaba puesto.
Le hicimos un frotis vaginal. Nada de semen.
—Se aclaró la garganta—. Con este chisme tampoco era de esperar.
—¿Examinaron a la mujer en busca de otros signos de violencia? —quiso saber Julia.
La doctora Liebhard negó con la cabeza.
—No. No hubo tiempo para eso. Pero usted es médica y puede echarle un vistazo a la paciente ahora mismo, si quiere. Supongo que su compañero nos conseguirá además un papel oficial.
—Por supuesto —dijo Florian, que se puso unos guantes y cogió el abrigo de la mujer—. ¿Registraron los bolsillos en busca de documentación?
—Sí, pero no había nada. Nada salvo esa carta de despedida plastificada. Por desgracia no sabemos cómo se llama la paciente ni de dónde viene.
—Una lástima. —Florian dejó el abrigo en su sitio para ocuparse del pantalón y de la parte de arriba—.
La ropa la compró en una cadena de moda conocida —constató enseguida—.
Desde luego, eso no nos lleva muy lejos.
¿Usted qué opina, doctora Liebhard? ¿Podría despertar la paciente y decirnos su nombre?
A lo mejor hasta conocía al agresor. Eso nos ayudaría muchísimo.
—Si la sacamos demasiado pronto del coma inducido, morirá. Solo podemos esperar y confiar. —La doctora Liebhard se volvió hacia Julia—. Todavía me quedan unos minutos. Podría ver a la paciente ahora. Aunque el señor Kessler tendría que esperar aquí. No es médico, así que no puede entrar en la UCI.