Capítulo 9
Martin Saathoff se retorció el bigote y volvió a reproducir la grabación. El compañero de Florian tenía la oreja muy pegada al móvil de Julia. Al mismo tiempo arrugaba la frente, como si así oyera mejor.
—Arrastraba las palabras y era evidente que había bebido mucho —explicó Julia, que iba de un lado a otro delante de la pizarra. Florian, apoyado en su escritorio, escuchaba también la grabación.
—Lástima que no diga el nombre del agresor —gruñó Saathoff, y le devolvió el móvil a Julia—. En una pesadilla, ¿no gritaría uno más bien: Martin, no hagas eso. Por favor, no? —Saathoff puso los ojos en blanco—. Perdón, ya sé que la mujer todavía no está fuera de peligro. Debería contenerme.
—En eso tienes razón, supongo —repuso Florian—. ¿Sabemos cuánto tiempo va a seguir en el coma inducido?
Julia se encogió de hombros.
—De momento, la doctora Liebhard no se ha puesto en contacto conmigo.
—Entiendo —murmuró Florian, y volvió a concentrarse en su pantalla.
—¿Y no puede describir mejor al agresor? Si a usted no se le escapa nada. —Martin Saathoff le lanzó a Julia una mirada casi suplicante.
—Lo siento. Estaba oscuro y la situación me pilló completamente por sorpresa.
Lenja tampoco lo vio bien. Ni siquiera habría reconocido a la mujer si la doctora Liebhard no me hubiera llevado hasta su cama.
—Julia seguía sintiéndose fatal. No había impedido que Lenja se pusiera en peligro de muerte y, encima, se había topado con el agresor sin poder decir de él más que era un hombre alto.
Ni su ropa ni ningún detalle llamativo se le habían quedado grabados.
—Nadie habría podido dar una descripción en esas condiciones —dijo Florian, y levantó la vista de la pantalla—. Pero he encontrado una denuncia por desaparición que encaja con la muerta.
Julia rodeó enseguida el escritorio de Florian y se asomó por encima de su hombro. Estudiante de veintiocho años, rubia, pelo largo, complexión menuda, desaparecida desde hace seis días.
—Jana Albrecht —leyó Julia en voz alta—. Podría ser ella. Aunque, si somos sinceros, la descripción también coincide con la mujer del hospital.
—Vaya mierda —soltó Florian—. La denuncia la puso su madre. ¿Qué le digo? Su hija se ha ahogado. Pero bien podría ser que siga viva y esté en coma.
—Lo mejor es que consigamos una muestra de ADN y no soltemos la verdad hasta estar seguros —propuso Martin Saathoff—. Podemos enviar una patrulla a casa de la familia y presentarlo como un procedimiento rutinario.
Florian no parecía muy contento con aquella idea.
—La incertidumbre suele ser lo peor de la situación para los familiares. Pero en este caso me temo que no nos queda otra. —Suspiró y volvió a centrar la atención en su pantalla.
—Por cierto, ¿ha encontrado algo la Científica en el embarcadero?
Florian dio unos golpecitos en una carpeta que había junto al teclado.
—Puedes echarle un vistazo al informe, si quieres.
Han encontrado unas cuantas fibras del abrigo.
Eso ha sido todo. La carta de despedida tampoco ha dado nada aprovechable de momento.
Ni en el plástico ni en el papel hay huellas dactilares del autor.
Las de las mujeres sí. En cuanto sepamos quiénes son, podremos hacer un cotejo de escritura.
Julia miró el reloj. Le quedaba media hora hasta la siguiente cita.
El departamento de personal había citado a un candidato y ella no podía faltar a la entrevista bajo ningún concepto.
A esas alturas le faltaban dos empleados, y Ferdinand Meisner no iba a seguir mucho más en el instituto.
Quizá debería convencerlo de que se quedara a pesar de todo, al menos una temporada.
—Nos vemos esta noche, supongo. Mantenme al corriente. —Julia se despidió de Florian con un beso y pidió un taxi delante del edificio. Tenía que ir sobre seguro.
Cuando llegó al instituto forense, Kerstin Brandt ya la esperaba con impaciencia.
—El señor Possnitz lleva ya aquí un cuarto de hora. ¿No ha leído mi correo?
Julia negó con la cabeza, sorprendida. No había tenido tiempo de mirar el móvil.
—La señora Ludwig, la del departamento de personal, se ha equivocado y ha citado al candidato media hora antes de tiempo. —La secretaria de Julia puso los ojos en blanco—. Pero ¿cómo puede pasar algo así, vamos a ver?
Julia suspiró. Pues vaya manera de empezar.
—¿Es esa la carpeta de la candidatura? —Señaló una de color verde oscuro que había sobre el escritorio. Su secretaria asintió y se la puso en la mano.
—Tiene que ir a la sala de reuniones número tres c.
Julia subió a toda prisa las escaleras. Esperaba que la señora Ludwig mantuviera contento al candidato.
Julia había estudiado su currículum y le había parecido adecuado.
Las notas no eran tan buenas como a ella le habría gustado, pero en los tiempos que corrían no le quedaba más remedio que rebajar el listón.
Lo importante era que Dirk Possnitz encajara en el equipo y, sobre todo, que llevara bien el trabajo con los muertos.
Pensó un momento en Ferdinand Meisner, a quien le había costado desde el principio.
Le habría gustado llevarse a Lenja a la entrevista de trabajo.
Su ayudante tenía buen olfato para las personas, pero hoy, por desgracia, tendría que renunciar a su apoyo.
Julia subió el último escalón y empujó con todo el cuerpo la puerta cortafuegos, que se abría con dificultad.
Se coló por la rendija e hizo caso omiso de su estómago, que protestaba con un rugido furioso por el desayuno que se había saltado.
La puerta de la sala de reuniones estaba abierta y, antes incluso de poder mirar dentro, oyó una voz masculina agradable y cordial.
Llena de esperanza, entró deprisa y tendió la mano para saludar.
—Buenos días, me alegro de que esté aquí. Me llamo Julia Schwarz y dirijo el Instituto de Medicina Forense.
El candidato, un hombre corpulento con algo de barriga y el cráneo calvo, se ruborizó y se levantó de la silla de un salto.
—Dirk Possnitz —soltó, y atrapó la mano de Julia entre sus dedos sudorosos.
—Siento el retraso. —Julia saludó a la señora Ludwig, del departamento de personal, y tomó asiento frente al candidato.
Después de que la señora Ludwig dijera unas palabras generales sobre el protocolo, Julia preguntó:
—¿Por qué motivo quiere empezar a trabajar con nosotros? ¿Ha podido adquirir ya experiencia en anatomía patológica?
El hombre carraspeó.
—Mi padre es el de la funeraria. En realidad quería que dentro de unos años me quedara con el negocio, pero yo quiero hacer algo más por los muertos que solo meterlos bajo tierra.
Me gustaría darle a todo esto un sentido más profundo.
—Se rascó detrás de la oreja con cierta torpeza—.
Verá, muchas veces los certificados de defunción se expiden muy deprisa, y más de una vez me he preguntado si detrás de tal o cual rasguño o lesión no podría haber algo más.
La respuesta le gustó a Julia. Possnitz ya tenía trato con los muertos. Era poco probable que al cabo de medio año se plantara en su puerta, como Ferdinand Meisner, para explicarle que se había equivocado de profesión.
—¿Y cuándo podría empezar con nosotros? —preguntó Julia sin hacer caso de la mirada crítica de la señora Ludwig, porque su manera de proceder seguramente no se ajustaba a las costumbres de la casa.
—Hace unos meses me tomé un descanso porque mi padre no andaba bien de salud. Estuve echando una mano en la funeraria. Pero ya vuelve a estar en plena forma. O sea, que en principio estoy disponible desde ya.
—Pues es estupendo —se alegró Julia—. ¿Entonces puede empezar mañana?
La señora Ludwig carraspeó sonoramente, pero Julia la ignoró. Le sonrió a Dirk Possnitz con amabilidad.
Possnitz abrió los ojos de par en par, atónito. Pero se recompuso enseguida.
—Sí. Claro. Encantado, además. —Se pasó la mano, nervioso, por el cráneo calvo y empezó a tartamudear—. ¿Cómo… cómo sería el sueldo?
—Entrará con el convenio habitual de los médicos residentes.
La señora Ludwig puede contarle más al respecto.
En cualquier caso, son unos buenos ingresos.
—Julia se levantó y le tendió la mano a Possnitz—.
Ha sido un placer. Nos vemos mañana. Por desgracia, hoy todavía me quedan bastantes citas en la agenda.
Pero mañana por la mañana podemos practicar una autopsia juntos.
Possnitz sonrió de oreja a oreja; la señora Ludwig, en cambio, frunció el ceño, enfadada.
—Siento interrumpir. Pero en nuestro proceso de selección tenemos que respetar un protocolo determinado. Normalmente hay dos entrevistas antes de que se tome una decisión definitiva sobre una contratación.
Julia le sonrió a la señora Ludwig.
—¿Qué quiere que le diga? Ha elegido usted al candidato perfecto. Los títulos y las notas están bien. Puede acreditar experiencia práctica y, encima, está disponible de inmediato. Hace usted muy bien su trabajo, señora Ludwig.
La ofensiva de encanto de Julia dio resultado. A la de personal se le alisó la arruga entre las cejas. Dudó todavía unos segundos antes de hablar.
—Está bien. En ese caso, supongo que no hace falta otra entrevista. Venga conmigo, señor Possnitz. Aclararemos las formalidades en mi despacho. Allí mismo puedo imprimirle un contrato. Naturalmente, puede leerlo con calma en casa.
Julia estaba satisfecha. Aquello aliviaría de momento su situación de personal.
—Nos vemos mañana por la mañana a las ocho. —Cogió el móvil de la mesa y salió de la sala de reuniones.