Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 6
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Capítulo 6

El doctor Schoenfelder la miraba con una mezcla de preocupación y estupor. Durante un buen rato no dijo nada, se limitó a seguir sentado en su sillón orejero. De vez en cuando se le iba la mirada a la muñeca izquierda de Thea.

—¿Tan malo fue el resto del día de ayer? —preguntó al fin, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se sonó la nariz con suavidad. Solo entonces se fijó Thea en lo enrojecidos que tenía él los ojos. Por lo visto se había resfriado.

Thea se pegó al respaldo de su sillón, como si aquellos pocos centímetros pudieran impedir que los virus la contagiaran. El doctor Schoenfelder tosió y, con la ráfaga de aire que la barrió, Thea olvidó lo que él acababa de preguntarle.

—Me refiero a su herida, ahí, en la mano izquierda. Yo… —Se interrumpió y se apretó el pañuelo contra la nariz y la boca—. Disculpe —graznó, se levantó y se sirvió una taza de té.

—¿Quiere usted una también? Con este frío sienta bien.

Thea negó con la cabeza. La mirada se le fue sola hacia fuera.

Hoy no lucía el sol. El cielo gris absorbía todo el centelleo que ayer se había posado sobre el jardín como en un cuento de hadas.

No quedaba nada de la belleza del invierno, de aquella nieve blanca y maravillosa que había cubierto el mundo como si lo hubieran espolvoreado con azúcar glas.

La nieve había desaparecido, a pesar del frío.

Esta mañana, al despertarse, Thea había mirado primero las flores de escarcha de su ventana.

Pero ya no estaban. Se había sentido como si alguien le hubiera quitado la vida bonita. Igual que entonces, aquella noche.

Thea bajó la vista hacia la muñeca y en ese mismo instante notó el dolor agudo que le latía dentro.

Por un lado, odiaba esa sensación. Quería arrancársela, tirarla y no volver a sentirla nunca.

Por otro lado, aquel dolor era lo único que podía controlar.

Mientras que las imágenes terribles la asaltaban sin más en plena noche o a cualquier otra hora, era Thea quien decidía cuándo le dolía el brazo y cuándo no.

Un dolor tapaba el otro y, por raro que le pudiera sonar al doctor Schoenfelder, el dolor de los cortes del antebrazo resultaba suave.

Como un soplo de viento fino y gélido que se le clavaba a través de la piel y la devolvía de sus pesadillas a la realidad.

—Ya sé que no debería cortarme —explicó, y tiró de la manga del jersey, que le quedaba demasiado corta y tapaba como mucho tres de los diez cortes.

—Tenía la esperanza de que hubiéramos superado esa fase.

Las palabras del doctor Schoenfelder le dieron una punzada.

De pronto se sintió culpable. Más o menos como debía de sentirse Alex.

Daba igual lo que hiciera. Aquel médico nunca estaría contento con ella.

Se levantó de un salto y quiso salir corriendo de la consulta, pero entonces se acordó de que al principio de la sesión había prometido no escaparse.

Aun así, Thea se acercó deprisa a la puerta y se detuvo delante.

—Thea, por favor, deberíamos hablar de esto. Puedo ayudarla. Pero primero tiene que revelarme qué le pasa por dentro. ¿Qué ocurrió ayer para que volviera a coger la cuchilla? ¿Qué la asustó tantísimo?

—No lo sé —mintió Thea, porque no quería delatar a Alex.

El doctor Schoenfelder le había aconsejado que no hablara con él.

No le hacía ningún bien. Soltó el aire en un suspiro hondo.

Notó que con él se le escapaban del cuerpo todas las fuerzas.

Thea dejó caer los hombros y volvió arrepentida a su sillón.

El doctor Schoenfelder no era su enemigo, sino su salvador.

Aunque su comportamiento la pusiera de los nervios. Aun así, él quería ayudarla.

—He estado pensando en la culpa y en la inocencia.

En los límites, que no están claros. En que uno puede tomar las riendas de su destino en cualquier momento…

pero aun así todo puede salir mal. —Sollozó y pensó en la mirada triste de Alex.

En sus ojos desolados cada vez que se acordaba de su hermana.

—¿Y se ha hecho daño a sí misma porque se siente culpable?

Thea asintió con fuerza. Que el doctor Schoenfelder se lo creyera, si quería.

En realidad se había cortado para olvidar a Alex.

Lo que más deseaba era borrar el encuentro en el jardín.

No soportaba que la hubiera dejado sola en el frío.

Había esperado gustarle. Pero por lo visto se había equivocado.

—Sí, me siento culpable —respondió, y apartó a Alex de sus pensamientos.

El doctor Schoenfelder se deslizó hacia delante en su sillón. Su cercanía desconcertó a Thea. Olió su perfume áspero, que no pegaba nada con sus ojos azules y dulces.

—Usted no tiene la culpa. No es culpable de lo que le ocurrió —susurró con voz melosa, y el timbre claro de su voz tampoco encajaba con la nota oscura del olor que se le quedaba pegado en el olfato.

Sorbió por la nariz y Thea se pegó un poco más al respaldo.

En su interior se alzó la imagen de un agua negra como la pez que chapoteaba.

Oyó el chapoteo y sintió el frío que la acogía en sus brazos letales.

—Sí que tengo la culpa —sollozó, porque aquella imagen ya no la soltaba.

Era todo lo que le quedaba en la cabeza de aquella noche.

Un remolino de agua oscura y un cuerpo lleno de dolores.

El resto de sus recuerdos parecía borrado.

No. No era cierto. Si daba crédito al doctor Schoenfelder, sus recuerdos estaban guardados bajo llave.

En cualquier momento podía sacarlos del armario de la supervivencia, como lo llamaba el doctor Schoenfelder.

Pero no estaba preparada. No quería saber qué había pasado entonces.

Era algo malo. Algo muy, muy malo, y ella cargaba con la culpa.

—Podemos intentar otra hipnosis. Créame, Thea. Cuanto antes lleguemos de una vez al núcleo de su problema, antes volverá a encontrarse mejor. Para eso está usted aquí, ¿no? Quiere recuperar su vida de antes.

Se le saltaron las lágrimas de golpe. Sus palabras le llegaron al corazón. Él sabía exactamente lo que necesitaba. Pero no podía dárselo, porque el peso de su culpa aplastaba cualquier esperanza de empezar de nuevo.