Capítulo 5 #3
—Florian, estamos en el puerto de Niehl.
Tienes que mandar ahora mismo dos ambulancias y a los bomberos.
Hemos encontrado a la pareja. El hombre ha empujado de verdad a la mujer al agua.
Lenja ha saltado detrás. Ahora estoy intentando sacarlas, pero se me acaba el tiempo.
Date prisa, por favor, o van a sufrir hipotermia.
—Vale —fue lo único que dijo Florian, y luego colgó.
Julia trepó por el borde de la dársena y se dejó deslizar con los pies por delante hasta la pequeña barca, sin dejar de buscar a Lenja con la mirada, angustiada.
Su ayudante seguía nadando en el agua. A Julia le pareció que sus movimientos ya se volvían más torpes.
La barca perdió el equilibrio bajo los pasos de Julia y empezó a balancearse con fuerza.
Gateó hasta la proa e intentó soltar la cuerda con la que estaba amarrada al barco más grande. Pero el nudo estaba demasiado apretado.
—Socorro —jadeó Lenja.
El corazón de Julia empezó a latir desbocado. No conseguía deshacer el nudo. Tiró de la cuerda con desesperación y tardó media eternidad en soltarla por fin. Sin aliento, se impulsó desde el borde del muelle y fue moviendo la barca despacio hacia Lenja.
—¿Puedes nadar hasta aquí? —gritó, y reunió todas sus fuerzas para acercarse más a Lenja. Centímetro a centímetro fue avanzando agarrándose al borde de la dársena. Las piedras estaban heladas. Ya le dolían los dedos. ¿Cómo debía de ser aquello para Lenja y para la mujer, dentro del agua gélida?
—No puedo. Tengo a la mujer. Date prisa —jadeó Lenja con voz débil. Todavía estaba a cinco metros por lo menos.
Julia se fijó en el salvavidas que había en la bancada de popa. Lo agarró, la barca estuvo a punto de volcar y se lo lanzó a Lenja.
—Agárrate. Ahora mismo llego. —Agotada, Julia consiguió por fin acercarse a medio metro de Lenja. Lanzó un extremo del cabo hacia Lenja y sujetó el otro con la mano derecha.
—Coge el cabo, así puedo tirar de ti.
Lenja se sostenía con un brazo sobre el salvavidas. Con la mano libre mantenía la cabeza de la mujer inconsciente por encima del agua. No tenía ninguna posibilidad de agarrar la cuerda.
—Suelta a la mujer un momento —gritó Julia. Tardaban demasiado. El agua estaba helada. Lenja tenía que salir de ahí lo antes posible.
—¡Suéltala de una vez! —ordenó Julia con voz firme.
Por fin Lenja obedeció. Agarró la cuerda y Julia la atrajo hacia sí. Se inclinó por encima del borde de la barca y sujetó a Lenja por el cuello de la ropa.
—Ahora intenta apoyar la cabeza de la mujer en el salvavidas.
Lenja ya no tenía fuerzas. No consiguió levantar la cabeza de la mujer ni unos centímetros. A duras penas lograba sujetarla. Julia pensaba febrilmente en cómo salvar a la inconsciente.
—¿Puedes anudarle la cuerda al brazo?
Lenja asintió. Manoteó en el agua mientras Julia la sostenía en alto con las dos manos por el cuello de la ropa. Julia se preguntaba dónde se habrían metido los servicios de emergencia. Tenía la sensación de que entretanto habían pasado horas.
—Ya está —graznó Lenja.
Julia tiró con todas sus fuerzas. La barca se escoró peligrosamente. La ropa de Lenja estaba tan empapada que parecía pesar toneladas. Julia respiró hondo y se concentró en el siguiente intento. Lenja no salió del agua ni un palmo.
—No lo vamos a conseguir. Suéltame, no vayas a caerte tú también.
En ese momento sonaron las sirenas.
—Agárrate. Ya vienen a por nosotras —dijo Julia, y pidió socorro a gritos con todas sus fuerzas.
En cuestión de segundos, el puerto desierto se convirtió en una mezcla de luces intermitentes y voces alteradas.
Dos hombres bajaron desde el muro del muelle a la barca, junto a Julia.
Sacaron a Lenja del agua de un fuerte tirón y consiguieron también rescatar a la mujer inconsciente.
Luego izaron primero a las dos heridas hasta tierra firme y después a Julia.
Vio cómo los sanitarios metían a Lenja en una ambulancia mientras a la mujer le practicaban de inmediato las maniobras de reanimación.
—Esperen, yo voy con ustedes —gritó Julia, y se abalanzó hacia la ambulancia.
Cuando vio los labios amoratados de Lenja, su rostro ceniciento y los ojos cerrados, la invadió el pánico.
Un sanitario le cortó la ropa a Lenja y la envolvió en varias mantas calientes.
El médico de urgencias le puso un gotero.
—Está inconsciente, pero respira con regularidad —explicó él sin mirar a Julia—. ¿Me lo sujeta un momento? Aquí hay algo atascado. —Le puso a Julia el frasco del suero en la mano y forcejeó con el soporte. Después encajó el frasco y le hizo una seña al conductor.
—Mejor la llevamos al hospital lo antes posible. ¿Cuánto tiempo estuvo en el agua?
A Julia se le nubló la vista. Luchó contra su propio desmayo y contra las lágrimas mientras intentaba calcular con desesperación cuánto tiempo había pasado.
—Quizá algo menos de diez minutos. La otra mujer unos quince —dijo por fin.
Al médico se le marcó una arruga profunda en la frente.
—Con este frío es bastante tiempo.
Julia empezó a temblar. Cogió la mano de Lenja, completamente inerte y fría.
—¡Aguanta! —susurró, y ya no pudo contener las lágrimas—. Lenja, ¿me oyes? ¡Tienes que aguantar!