Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

Julia se masajeó la nuca, cansada. Se sentía sin fuerzas.

—¿Pongo café para las dos? —preguntó Lenja mientras se quitaba la bata—. Hoy hemos sacado bastante trabajo adelante.

—Es verdad. Por hoy ya he tenido bastantes autopsias.

Ya me duelen los dedos. —Julia colgó la bata en el perchero, junto a la de Lenja, y se quitó el gorro quirúrgico—.

No, mejor no tomo más café. Creo que no sirve de nada.

—Su mirada se posó en el expediente de la mujer del Rin.

Tenía curiosidad por saber si Florian había averiguado entretanto su identidad.

Fuera estaba ya oscuro como boca de lobo.

Julia miró el reloj. Eran poco más de las siete.

—Necesito aire fresco —dijo, y abrió la puerta de la sala de autopsias.

—Y yo. —Lenja pasó a su lado empujando la camilla con el cadáver de vuelta a la cámara frigorífica. Metieron al muerto en una bolsa para cadáveres y lo dejaron en el cajón número veinte. Ya podían entregar el cuerpo para el entierro. Aquel hombre de casi ochenta años había muerto de un infarto.

—¿Sabes?, sigo sin entender cómo acabó en el agua la muerta de esta mañana —dijo Lenja de repente, y miró a Julia fijamente —.

Pero si todos los puentes del Rin son bastante altos.

Si se hubiera caído desde uno, al menos se habría roto un tobillo o un brazo.

Y no me la imagino metiéndose en el agua andando desde la orilla.

Julia también le había dado vueltas a eso. Pero no había encontrado ninguna explicación razonable.

—Es que de momento no sabemos cómo ocurrió.

Yo creo que no acabó en el Rin por voluntad propia.

El moratón de la muñeca indica que la obligaron a meterse en el agua o a saltar.

En teoría, al saltar podría haber estirado las piernas y pegado los brazos al cuerpo, de modo que no sufriera ninguna lesión.

Lenja le lanzó una mirada que lo decía todo.

—Vale. —Julia levantó las manos en señal de disculpa—.

Ya casi hablo como Florian. —Sonrió sin poder evitarlo al pensar en él.

Le gustaba que cuestionara las cosas—. Te doy la razón —prosiguió—.

Con la enorme cantidad de alcohol que llevaba encima, seguramente ya no era capaz de dar un paso en línea recta.

No parece probable que saltara al Rin como una atleta olímpica.

¿Qué te parece si vamos a ver el sitio donde encontraron a la mujer anoche?

—Pero ¿la policía no ha acordonado ya el lugar del hallazgo? —objetó Lenja.

—Seguro que Florian está allí. Nos dejará pasar y, si no, lo llamo. —La perspectiva de tomar el aire y, sobre todo, la ocasión de averiguar algo más sobre la muerta le levantaron el ánimo a Julia—. Echar un vistazo por allí no puede hacernos ningún daño.

Su antiguo jefe, Manfred Holsten, también había dado siempre muchísima importancia a que los médicos forenses vieran con sus propios ojos el lugar del hallazgo de las víctimas de actos violentos y, a ser posible, también el lugar del crimen.

En algunos casos de asesinato, eso podía suponer el avance decisivo para resolverlos.

Rebuscó la llave del coche en el bolso y la levantó en alto.

—Cierra el cajón. Nos llevamos mi coche.

El Golf destartalado de Julia avanzó renqueando por el frío gélido.

Como tantas otras veces, se propuso buscar un coche nuevo.

Aquel vehículo no iba a aguantar mucho más.

Tenía más de diez años a sus espaldas. Por otro lado, seguía llevándola a su destino sin fallar y, en el fondo, Julia le tenía cariño a aquel trasto viejo.

Se dirigieron hacia el norte. El Rin atravesaba Colonia como una serpiente.

Ambas orillas estaban densamente pobladas.

Pero cuanto más avanzaban, más se espaciaban las viviendas.

A la muerta la habían encontrado en el barrio de Niehl.

Julia condujo por un polígono industrial que a aquellas horas parecía una ciudad fantasma de edificios y naves vacíos.

De la oscuridad surgió una señal que indicaba el puerto. Julia pasó de largo.

—Tiene que ser ahí delante —exclamó Lenja poco después.

Julia levantó el pie del acelerador al ver las luces azules de un coche patrulla y pisó el freno. Bajó la ventanilla y se detuvo junto a un agente que fumaba un cigarrillo apoyado en el vehículo.

—Me llamo Julia Schwarz. Soy del Instituto de Medicina Forense. Mi compañera y yo queremos ver el lugar del hallazgo del cadáver. El inspector al cargo es Florian Kessler. ¿Es aquí?

El hombre dio una calada al cigarrillo y dejó escapar por la boca una bocanada de humo antes de contestar.

—Sí, el cadáver de la mujer lo sacaron ayer del Rin aquí mismo. —Se acercó a la ventanilla para alumbrar el interior del coche con una linterna. Julia entornó los ojos.

—Pues a mí no me han avisado de su visita —observó, y bajó la linterna—. ¿Pueden identificarse?

Julia le puso la acreditación del instituto delante de las narices.

—Florian Kessler ha asistido hoy a la autopsia. Él nos autorizará.

—Vale —repuso el agente, y sacó el móvil del bolsillo—. Un momentito, por favor. Voy a preguntar.

Julia volvió a subir la ventanilla mientras el hombre hablaba por teléfono. Se frotó las manos, que se le habían quedado heladas. Fuera debía de estar ya bajo cero. Se planteó llamar ella misma a Florian, pero en ese momento sonó su propio móvil. Pulsó una tecla.

—Florian, perdona que no te haya llamado enseguida. Pensaba que estarías aquí. Nos gustaría echar un vistazo rápido al lugar del hallazgo.

—La verdad es que quería estar allí, pero sigo atrapado en la oficina.

Hoy esto ha sido un infierno. Tenemos entre manos una serie de atracos.

Martin también está aquí. Ahora mismo estamos intentando averiguar la identidad de la muerta del Rin.

Pero las entradas de la base de datos de personas desaparecidas no parecen encajar.

En fin, el compañero ya tiene orden de dejar pasar a las dos.

Qué pena que no nos veamos. Me habría gustado examinar el lugar del hallazgo contigo y con Lenja.

—Es una verdadera pena. Nos vemos luego en tu casa. —Julia sonrió y colgó. Abrió la puerta del coche e hizo una seña a Lenja para que la siguiera.

—Vengan —dijo el agente, y levantó el cordón policial para dejarlas pasar—. Tengan cuidado, no vayan a resbalar y caerse al agua. Esto resbala mucho.

—¿Nos puede contar quién encontró a la muerta en plena noche?

—Alguien del barrio. Un ingeniero. Siempre saca a pasear al perro cuando sale de su turno en la planta química. El perro marcó; solo por eso se fijó en la muerta.

Julia le dio las gracias y avanzó unos pasos hacia el embarcadero. Un foco de la policía científica iluminaba el lugar del hallazgo. Julia reconoció enseguida a la mujer mayor que estaba junto a una barandilla.

—Hola, señora Schubert —dijo, y se acercó a la jefa de la policía científica—. Podía haberme imaginado que nos encontraríamos aquí.

Anna Schubert le estrechó la mano, contenta.

—Ya pensaba que íbamos a tener que pasar frío nosotros solos.

Hace un frío gélido, y aquí, junto al agua, uno se siente como si hubiera ido a parar al Polo Norte.

—Señaló una caja de plástico con varias bolsas de pruebas llenas—.

Hasta ahora no hemos podido hacer gran cosa.

Mi compañero ha recogido unas fibras. Son del abrigo de la víctima.

—¿Y dónde encontraron el cadáver? —preguntó Julia, y se asomó por encima de la barandilla.

—Justo aquí delante —repuso Schubert, y señaló a uno de sus colaboradores, que a pocos metros gateaba por el suelo del embarcadero con un pincel en la mano.

—La muerta se quedó enganchada en la esquina de delante —explicó él—. Fue pura suerte. Si no, habría seguido Rin abajo.

Lenja también se acercó y miró hacia abajo.

—¿Qué profundidad hay? ¿Dos metros?

Anna Schubert desplegó un metro plegable y lo dejó caer.

—Más bien dos metros cincuenta hasta la superficie del agua —dijo, y volvió a plegar el metro—. El río fluye hacia el norte. Así que tuvo que caer al agua dentro del casco urbano o al sur de Colonia.

—Suponemos que la muerta estuvo a la deriva en el Rin tres días como máximo.

Con estas temperaturas tan bajas siempre es difícil de calcular.

Pero todavía no se había formado piel de lavandera y las excoriaciones y las lesiones externas son escasas.

Así que no pudo ser mucho más tiempo; más bien menos.

—Intentaremos averiguar en qué punto del Rin pudo caer la mujer al agua.

Eso sí, no podemos esperar demasiado, porque las corrientes y su velocidad cambian constantemente, ya solo por el tráfico fluvial.

—Anna Schubert sacó del bolsillo del abrigo un plano de Colonia y lo extendió en el suelo delante de Julia y Lenja.

Alumbró con la linterna una línea azul que representaba el Rin.

—En Colonia hay unos cuantos puentes. Pero la mayoría están muy concurridos las veinticuatro horas. No me imagino que nadie se diera cuenta si una mujer se hubiera lanzado desde el pretil.

Julia observó el plano.

—Como ya he dicho, no hemos apreciado lesiones externas graves, así que lo más probable es que no cayera desde un puente.

Podría perfectamente haber llegado al Rin en un sitio como este.

Los puentes son muy altos y seguramente le habrían causado fracturas o, al menos, contusiones fuertes.

Y la mujer, al principio, sin duda estaba viva en el agua. Se ahogó.

Anna Schubert se frotó la barbilla, pensativa.

—Pero ¿no podría también haberla arrastrado alguien al río por un punto poco profundo y haberla mantenido bajo el agua? Suponiendo que aquí estemos hablando siquiera de un homicidio. En el atestado policial he leído algo de un suicidio.

Julia se apartó un poco de la barandilla.