Capítulo 3
Aunque el olor era espantoso y las salas de autopsias lo incomodaban mucho, Florian sonrió.
Julia estaba de pie ante él con una bata verde oscuro.
Llevaba las manos enfundadas en guantes de látex y su melena negra a lo paje había desaparecido bajo un gorro quirúrgico azul.
En sus ojos oscuros se reflejaba la fría luz del techo, pero a Florian le pareció que le sonreía radiante.
El motivo que lo había llevado al Instituto de Medicina Forense era menos agradable.
Pero ver a Julia lo compensó al instante.
Como siempre que el año tocaba a su fin, el trabajo parecía desbordarse.
En los últimos días Julia no había dormido en casa de Florian y él ansiaba su cercanía.
Echaba de menos hablar con ella, sus susurros cuando la tenía entre los brazos.
Amaba a aquella mujer como no había amado a ninguna otra, y volver a verla le mostró con dolor cuánto la necesitaba.
—¿Has desayunado ya? —Julia le rozó la mejilla con un beso fugaz.
—No. ¿Tan mal está? —preguntó él, y miró por encima del hombro de Julia hacia la mesa de autopsias. Pero la ayudante le tapaba la vista.
—No es muy apetecible. Pero quería a toda costa que lo vieras —explicó Julia.
Tiró de él, procurando que no viera nada del cadáver.
—Toma, bébete primero un café con leche y azúcar. No quiero que te desmayes. —Le sirvió un café de filtro y le añadió ambas cosas.
—¿Me reanimarías? —A Florian le gustaba la idea de que ella le hiciera el boca a boca.
Sería mucho más agradable que bregar con los delincuentes peligrosos que en esos momentos les complicaban la vida en la comisaría.
Le remordía un poco la conciencia, porque Martin Saathoff lidiaba ahora sin él con un caso del mundo de la droga que no tenía ninguna gracia.
Los grandes clanes sabían camuflar cada vez mejor sus manejos.
Había que desenmascarar a varios testaferros antes de dar con los verdaderos cabecillas.
Aquello consumía una cantidad ingente de horas de trabajo y, sobre todo, de nervios.
—Claro. Si aguantas que ahora mismo apeste a una mezcla de desinfectante y descomposición. —Julia lo observó dar un sorbo de café mientras le contaba lo que decía el informe de la patrulla sobre la muerta sacada del agua.
—No es gran cosa —dijo Florian, y dejó la taza de café—. Y ahora enséñame qué se ha encontrado de tan llamativo en la autopsia. —Se acercó a la mesa de autopsias y entornó los ojos al reparar en algo metálico que ceñía las caderas de la muerta y le cruzaba la entrepierna.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque en ese mismo instante supo la respuesta.
—¿Es un cinturón de castidad? —Señaló la cerradura fijada al metal.
—Eso parece —respondió Lenja con su acento finlandés—. Hay más todavía. Mírele los pies.
Florian apartó la vista del cinturón de castidad y se dirigió al pie de la mesa de autopsias. Las plantas de los pies de la muerta estaban sembradas de esquirlas de cristal.
—Pensaba que esta mujer se había ahogado. —Arrugó la nariz y examinó las muñecas.
—No se aprecian marcas de ataduras ni signos de violencia. ¿Acaso caminó por voluntad propia sobre los cristales rotos?
Julia ladeó la cabeza, pensativa.
—Yo también me lo he preguntado. Todavía tenemos que terminar la autopsia. Quizá entonces tengamos una respuesta. En cualquier caso, me parece raro que una mujer con un cinturón de castidad y esquirlas de cristal en los pies opte por el suicidio.
—¿Dónde está la llave? —preguntó Florian.
—No lo sabemos. Tenía los bolsillos vacíos. Lo único que ha encontrado la policía es la carta de despedida sin firmar, que también despierta dudas sobre el suicidio.
—Por lo visto, los de la patrulla se precipitaron bastante —comentó Florian, molesto porque nadie hubiera avisado enseguida a la policía judicial.
Se encargaría de que acordonaran el lugar del hallazgo y lo inspeccionaran en busca de indicios cuanto antes.
Por desgracia, habían pasado ya bastantes horas y lo más probable era que estuviera contaminado.
—Al menos nos han traído el cadáver directamente.
—Julia retiró el resto de la ropa y cogió una pequeña sierra eléctrica con la que cortó el cinturón de castidad.
Tuvo que intentarlo varias veces, porque el metal era más resistente de lo que había pensado.
Florian admiró la calma con la que trabajaba.
Si estaba estresada, él no se lo notaba.
Julia y Lenja examinaron la piel llena de manchas oscuras que había quedado al descubierto bajo el cinturón.
—Aquí se aprecian unos cuantos arañazos y hematomas pequeños —constató Julia, y dictó el hallazgo a la grabadora. Lenja le separó las piernas a la muerta. Allí no se encontraron signos superficiales de violencia.
—De momento, ningún indicio de violación.
—Julia le tomó un frotis vaginal a la víctima mientras Florian contemplaba el rostro de la muerta.
Estaba bastante hinchado y amoratado. Aun así, pudo ver que la mujer había sido atractiva.
Aquella nariz menuda y recta y aquellos pómulos altos habían ejercido sin duda una fuerte atracción sobre el sexo masculino.
Julia cogió el bisturí y empezó el examen interno del cadáver. Florian prefirió dedicarse a la ropa de la muerta. Se le secó la garganta cuando la cizalla costal seccionó las costillas con un fuerte chasquido.
—Los pulmones están muy hiperinsuflados —dictó Julia.
Lenja extrajo ambos pulmones. Florian notó una leve oleada de presión que le subía del estómago a la laringe.
Había asistido ya a muchas autopsias, pero jamás se acostumbraría.
Lo peor ni siquiera era la sangre ni los cuerpos sin vida.
Eran los ruidos y el olor, que también en ese momento llegaba hasta él.
Contuvo la respiración, porque las vísceras de la muerta esparcían por el aire una nota nauseabunda.
Antes, Florian nunca habría creído que se pudiera oler el instante en que un médico forense abría un cadáver.
Tragó saliva y examinó el abrigo lila de la muerta.
Después observó las botas y el pantalón cortado.
Algo cayó detrás de él con un ruido húmedo y no pudo evitar echar otra mirada a la muerta.
Lenja había dejado caer el estómago en una bandeja de acero inoxidable y lo estaba pinchando con un bisturí. Un olor a fermentado inundó la sala.
—¿Eso es alcohol? —preguntó Florian, y se obligó a concentrarse en la blusa de la muerta. Por la ropa, daba la impresión de que había trabajado en una oficina. Quizá en un banco o en una aseguradora. Las prendas parecían de buena calidad.
—Sí, en el estómago hay mucho líquido. Huele a alcohol. Enviaremos muestras al laboratorio. También hemos extraído sangre para averiguar si había tomado drogas —respondió Lenja, y vertió el contenido gástrico en un frasco.
Florian frunció el ceño. No tenía ni idea de por qué Lenja hacía aquello.
Julia pareció adivinarle el pensamiento.
—Estamos comprobando el llamado signo de Wydler —le explicó—.
Si la mujer se ahogó en el Rin, seguro que tragó muchísima agua.
—Señaló el frasco con el contenido gástrico—.
En cuanto el líquido se pose, debería verse una separación en tres capas.
Arriba del todo, espuma; en medio, un líquido acuoso y transparente; y abajo se depositan los componentes sólidos.
Eso sería otro indicio de que la mujer seguía viva cuando cayó al agua.
De lo contrario, el signo de Wydler no aparecería.
—¿Y de momento eso es lo que parece? —preguntó Florian.
Julia asintió.
—Hemos encontrado hongo de espuma en las vías respiratorias superiores. Los pulmones presentan también los signos clásicos de ahogamiento, y el resto de los hallazgos apunta en la misma dirección.
—¿Entonces la mujer sí podría haberse quitado la vida?
Julia se detuvo con el bisturí en la mano y le lanzó una larga mirada.
—En teoría podría tratarse de un suicidio. Pero creo que alguien la obligó a meterse en el agua. En la muñeca derecha se aprecia un hematoma. Podría ser la marca de un dedo.
Florian se armó de valor y dejó la ropa de la muerta. Se colocó junto a la mesa de autopsias y examinó la mancha oscura bajo la mano. En efecto, pudo distinguir en ella una tenue huella dactilar. Por lo visto, antes no había mirado con suficiente atención.
—Podría haber nadado hasta la orilla —reflexionó.
—Es poco probable —respondió Julia mientras devolvía las vísceras a la cavidad corporal—.
Con la fuerte corriente del río, lo más seguro es que se hubiera ahogado de todos modos, incluso sin alcohol.
—Terminó su trabajo y dejó los instrumentos a un lado.
Lenja empezó a coser el cadáver con aguja e hilo—.
Por desgracia, yo solo puedo aportar indicios.
Todo apunta a que se ahogó. Estaba muy bebida y apuesto a que también iba drogada.
Si alguien la hubiera empujado al agua, estaríamos ante un homicidio.
—Julia señaló los pies de la muerta—. Además, parece que la torturaron antes de su baño en el Rin.
—¿Y si lo hizo ella misma? —preguntó Florian—. A lo mejor sufría un trastorno depresivo, caminó sobre los cristales rotos, se puso el cinturón, escribió unas líneas y después saltó al Rin.
Julia ladeó la cabeza, pensativa.
—No puedo descartarlo —comentó por fin—.
Pero lo de la carta de despedida, el cinturón de castidad y encima las esquirlas nos han parecido sencillamente demasiado raros.
¿Por qué se puso entonces los calcetines sobre los pies heridos y se calzó luego a duras penas las botas? Esto no tiene ningún sentido.
Florian tuvo que darle la razón a Julia. Aquí había algo que no cuadraba.
—¿Por qué no llevaba encima ninguna documentación?
En los suicidios que he visto hasta ahora, casi siempre ha sido fácil identificar a la persona —terció Lenja—.
Claro que eso no se puede generalizar. Pero ¿quién iba a tener interés en que un cadáver quedara en el anonimato? A mi juicio, solo el autor.
—Voy a meterle mano a este caso. Salga lo que salga. —Florian se volvió hacia Julia—. ¿Puedes decirme más o menos cuándo murió esta mujer?
—Para estar segura aún necesito los resultados del laboratorio. Por los hallazgos que tenemos hasta ahora, diría que hace tres días.
Florian echó rápidamente cuentas hacia atrás. Eso habría sido el sábado. Rastrearía la base de datos de personas desaparecidas. Tres días eran tiempo suficiente para que alguien hubiera echado en falta a la joven.
—¿Nos vemos esta noche? —le preguntó a Julia, y notó una leve inseguridad en la boca del estómago.
Cuando ella asintió, él sonrió aliviado y se dirigió a la salida para ir a la comisaría.