Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 2
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Capítulo 2

Thea sintió el dolor en el centro del cuerpo y abrió los párpados de golpe. Desconcertada, se incorporó de un tirón y miró a los ojos azules del doctor Schoenfelder.

—Relájese —dijo él con calma, y por un segundo Thea pensó que podría dejarse llevar de nuevo.

Se estiró en la camilla, pero fue como si le desgarraran el bajo vientre. No aguantó ni un instante más. Se levantó de un salto y negó con la cabeza.

—No quiero seguir con la hipnosis —soltó, y se llevó las dos manos a las sienes. De pronto todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Casi como entonces, aquella noche que le había cambiado la vida para siempre.

—No pasa nada —susurró el médico con voz melosa. Le dedicó una sonrisa forzada. A Thea le pareció leerle la decepción en la cara. Pero tenía que pensar en sí misma, no en él. Aunque le caía bien y no quería frustrarlo.

—Mañana vuelvo —declaró, y se escabulló hacia la puerta antes de que el doctor Schoenfelder pudiera decir nada y quizá hacerla cambiar de idea.

En cuanto estuvo delante de la consulta, se le calmó la respiración.

Las imágenes terribles que llevaba en la cabeza se disolvieron.

Recorrió el largo pasillo y se detuvo ante el ventanal que llegaba hasta el suelo y le permitía ver el jardín.

Ayer había nevado. El sol dibujaba, como por arte de magia, hielo centelleante sobre las ramas desnudas de los árboles y las hacía brillar.

El mundo parecía espolvoreado con azúcar glas.

La verdad era que a Thea no le gustaba el invierno, pero hoy era distinto.

Incluso el cielo dejaba ver algo de azul.

Las nubes se habían retirado y con ellas el gris que de costumbre le hundía el ánimo a Thea.

Bajó la escalera hasta la planta baja, se puso un abrigo grueso y salió al exterior.

La hierba helada crujía bajo sus botas. Siguió las huellas que alguien había dejado en la nieve.

Una ráfaga de viento frío le revolvió el pelo.

Se caló la capucha hasta la frente y avanzó de puntillas sobre el manto de nieve, procurando pisar solo dentro de las huellas.

Nevaba tan pocas veces en Colonia que no quería estropear aquel blanco tan preciado.

El paisaje invernal centelleante le llenó el corazón de alegría.

El aire frío en los pulmones le hacía sentir que seguía viva.

A pesar de todo lo que le había pasado, había sobrevivido.

Thea aceleró el paso con cuidado y se coló entre unos arbustos; detrás había un banco.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo, y se alegró de ver una cara conocida.

—¿No tienes frío aquí fuera? —Alex le sonrió de oreja a oreja y ella no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Hoy no. Hace sol y todo centellea que da gusto. Es casi como un mundo de cuento. —Thea quitó la nieve del banco y se sentó junto a Alex. Apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.

—Mal —gruñó él.

Thea se incorporó y lo miró extrañada. Hacía un momento Alex parecía muy contento y ahora se le había posado una sombra oscura en el rostro.

—Esta noche he tenido un mal sueño. Ya sabes, un sueño en bucle sin fin. Uno lo recorre y lo recorre e intenta hacer algo distinto. Pero da igual lo que uno haga: el resultado siempre es una catástrofe. —Estiró el cuello hacia el cielo—. ¿Cómo crees que será allí arriba? ¿Crees en Dios?

Thea vaciló. Había creído en Dios, sí, pero en su primera vida, como ella lo llamaba. Después no había vuelto a entrar en ninguna iglesia.

—No lo sé —respondió por fin.

—Yo no creo en él y aun así espero que exista. Es raro, ¿no? —Alex le dedicó una sonrisa torcida—. Quiero que exista por Emilia. Ya me entiendes.

—Entiendo —repuso Thea, y lo entendía de verdad.

Alex había herido de muerte a su hermana pequeña.

Con su coche recién estrenado. Por eso estaba allí, en aquella clínica, para superar el trauma.

Había sido un accidente. No había podido verla, porque la niña había salido a la calle de un brinco, sin más.

Quería saludar a su hermano y se había olvidado de todas las normas que le habían enseñado.

Con sus cuatro años había salido corriendo de casa, había pasado a gatas entre los grandes arbustos del seto y había saltado a la calzada.

Alex no había tenido tiempo de reaccionar.

El coche golpeó el cuerpecito de su hermana y lo lanzó varios metros por los aires.

Alex fue absuelto de todos los cargos. Dos peritos habían analizado el accidente.

Por supuesto, aun así se sentía culpable.

Y nunca se libraría de aquella culpa. Igual que las imágenes horribles que revoloteaban por la cabeza de Thea.

—Lo intento todo para que Emilia siga viva al menos en el sueño —continuó Alex, y suspiró—.

Conduzco más despacio. Tomo otra ruta. Esta noche, en el sueño, hasta he intentado llamar por teléfono para anunciar mi visita.

A lo mejor entonces mi madre habría estado pendiente de Emilia y habría salido de casa con ella.

Menuda tontería, ¿no? —Recogió un poco de nieve, hizo una bola pequeña y la lanzó a unos metros—.

Por aquel entonces yo todavía no tenía móvil.

Y, me invente la variante que me invente, Emilia muere siempre.

En mi sueño con el móvil no lo ha cogido nadie.

Lo he dejado sonar mil veces. Es casi como si la catástrofe ganara siempre.

Ni siquiera en mi imaginación puede sobrevivir Emilia.

Thea asintió, absorta en sus pensamientos.

Hasta hacía un instante se había sentido feliz, pero ahora volvían a aflorar todas aquellas imágenes que la habían hecho incorporarse sobresaltada en la consulta del doctor Schoenfelder.

Y eso que la nueva terapia debía ayudarla.

Pero desde que la había empezado se encontraba más bien peor.

El doctor Schoenfelder le caía bien, aunque su método de tratamiento no la convencía.

Con Alex tampoco parecía funcionar. Thea se dio cuenta de que a él le empezaban a temblar las manos.

De pronto, Alex se levantó de un salto y la miró como un animal acosado.

—¡No quiero seguir viviendo, Thea! —Se subió la manga de la cazadora de invierno y le enseñó un corte rojo y profundo en el antebrazo—.

He intentado poner fin a toda esta mierda.

Pero es que no soy capaz. —Alzó los brazos de golpe y se marchó corriendo sin decir una palabra más.

Pisoteó el hermoso manto de nieve, que ahora parecía una alfombra llena de agujeros.

Thea lo siguió con la mirada. No podía moverse.

Sintió cómo el frío se apoderaba de todo su cuerpo y, sin querer, se preguntó cuánto tardaría en morir congelada allí fuera.