Capítulo 1 #2
—Me lo temía. El doctor Neumann me contó la semana pasada que se había escaqueado de una autopsia.
Simplemente llegó tarde al trabajo. Y eso que se trataba de una mujer mayor.
Nada dramático y, como era de esperar, al final resultó que había sido una muerte natural.
—Lenja arqueó las cejas—. ¿Y ahora qué hacemos?
Necesitamos con urgencia un nuevo médico residente o una médica residente.
Julia hizo una mueca.
—Le diré a la señora Brandt que redacte un anuncio y que lo difunda por todas partes. Solo nos queda esperar que alguien conteste pronto. ¿No conocerás por casualidad a alguna candidata o algún candidato que valga?
Lenja negó con la cabeza.
—Así de pronto, no. Pero preguntaré por ahí encantada. A lo mejor a Marcel se le ocurre algo.
Julia asintió, agradecida. El novio de Lenja estudiaba medicina y quizá tuviera algún contacto con estudiantes interesados.
Tenía que poner remedio a ese problema de personal como fuera.
No se debía solo a la dimisión de Ferdinand Meisner.
Aun sin eso, sus compañeros llevaban ya meses al límite de sus fuerzas.
La administración intentaba recortar todavía más el presupuesto de personal.
Además, el número de delitos violentos crecía sin parar y, con él, el de las muertes que había que autopsiar.
Así no se podía seguir. Iba a tener que pelear por más plazas para que la situación mejorase.
—Hoy quería empezar con una muerta sin identificar.
He aplazado el caso que tenía previsto, porque seguramente se trata de un infarto y, por tanto, de una causa de muerte natural.
—Julia le hizo una seña a Lenja para que la acompañara a la cámara frigorífica—.
La sacaron del Rin. Su cuerpo se había enganchado en un embarcadero. La policía sospecha que es un suicidio.
Julia repasó por encima la lista en la que figuraban los cajones ocupados.
—El número ocho del armario tres —dijo.
Lenja se apresuró hacia el armario y desbloqueó el cajón inferior. Sacaron el cadáver y lo subieron a la camilla de transporte.
En la sala de autopsias trasladaron a la muerta a la mesa y abrieron la bolsa para cadáveres.
Asomó una melena rubia, revuelta y todavía mojada.
Poco a poco fue apareciendo una mujer joven de unos veinticinco años, delgada y no muy alta, con la ropa completamente empapada.
Llevaba un pantalón negro ajustado y un abrigo de invierno de color lila.
Tenía las manos metidas en unos guantes de cuero claros y los pies en unas botas de pelo hasta la rodilla.
Julia observó el rostro, que parecía hinchado y sucio.
Los ojos, curiosamente, estaban cerrados; la boca, en cambio, ligeramente abierta.
Entre los labios colgaba algo verdoso, quizá un alga u otra planta acuática del Rin.
—La cara presenta bastantes excoriaciones, como suele ocurrir con los ahogados —dijo Julia—.
A menudo la corriente los empuja por el fondo del cauce y por el camino chocan contra piedras e irregularidades.
Por el estado en que se encuentra, calculo que no ha estado mucho tiempo a la deriva en el agua.
—Julia le quitó el guante de la mano derecha a la muerta y lo examinó bajo la lámpara—.
En el cuero también hay marcas de arrastre.
Lenja se ocupó del guante izquierdo.
—Aquí también, y el abrigo está desgarrado. El pantalón igual, a la altura de las rodillas. ¿Por qué crees que no ha estado mucho tiempo a la deriva en el Rin?
—Los cadáveres en el agua flotan siempre boca abajo.
Cuando se deslizan por el fondo, se producen marcas de arrastre en las manos, las rodillas, los pies y la cabeza.
En este caso, sin embargo, no son especialmente pronunciadas.
—Julia señaló las manos de la mujer—. Tampoco se ha formado todavía piel de lavandera.
Según el tipo de agua, eso tarda varios días, y al cabo de unas dos semanas la piel se cubre de una capa de algas.
Aquí no es el caso. Vamos a leernos el informe policial antes de empezar.
Hace un rato solo lo he mirado por encima.
—Julia fue hasta una mesa pegada a la pared y abrió el documento en el ordenador.
Lenja miró por encima de su hombro. El informe no ocupaba más que unas líneas.
Los bomberos habían recuperado el cadáver hacia las cuatro de la madrugada en la orilla del Rin.
Un hombre lo había descubierto mientras paseaba con su perro. Julia arqueó las cejas.
—La policía también ha escaneado la carta de despedida —murmuró; abrió el documento adjunto y estudió aquella letra menuda y de trazos curvos.
Soy culpable y no puedo seguir viviendo así. Lo siento.
—Qué raro —dijo Lenja—. No ha firmado la carta ni la ha dirigido a nadie.
—Es verdad. Además, el papel está plastificado y la policía no ha encontrado nada más en sus bolsillos.
Ningún documento de identidad, ninguna cartera, nada aparte de estas pocas palabras de despedida.
—Julia contempló el texto, pensativa—. La carta no parece del todo auténtica, no sé por qué.
—Amplió el documento—. Mira esto, Lenja.
La letra tiene un trazo anguloso y torcido.
Lenja asintió.
—¿Crees que obligaron a la mujer a escribir esas líneas?
Julia se encogió de hombros.
—No quiero especular; vamos a empezar la autopsia y a averiguar primero de qué murió.
Primero registraron a fondo los bolsillos del abrigo y del pantalón.
Como esperaban, estaban vacíos. La policía ya lo había comprobado todo antes que ellas.
Julia le quitó el abrigo a la mujer y lo dejó sobre un plástico grande, para poder llevarlo después al laboratorio como prueba.
A continuación se ocupó de las botas, mientras Lenja le ordenaba el pelo a la muerta y le examinaba el cuero cabelludo en busca de lesiones.
Bajo las botas aparecieron unos calcetines de color rojo oscuro, empapados.
Julia tiró del calcetín izquierdo y se detuvo, extrañada.
Le llamaron la atención unos contornos irregulares en la planta del pie.
La examinó con la lupa. Después retiró el calcetín con cuidado, conteniendo la respiración.
En la planta desnuda del pie había clavadas numerosas esquirlas de cristal que habían penetrado profundamente en la piel.
Julia pasó la yema del dedo enguantado por un borde afilado.
Sorprendida, le quitó el otro calcetín. Las esquirlas se habían incrustado en toda la planta.
Ni siquiera los dedos de los pies se habían librado.
—Tienes que ver esto. —Con un gesto, le indicó a Lenja que rodeara la mesa y se pusiera a su lado, y cogió las pinzas. Muy despacio, extrajo una esquirla de la carne.
—Es cristal grueso, como de una botella. —Lo midió con una regla—. Son exactamente dos milímetros. El verde me recuerda a una botella de cerveza.
Examinó la herida abierta que había dejado la esquirla.
—No veo fibras de los calcetines en las heridas; por tanto, la mujer tuvo que pisar los cristales descalza.
Lenja miró a Julia, asustada.
—¿Quieres decir que en ese momento todavía estaba viva? Los pies tienen un aspecto verdaderamente horrible.
Julia señaló las manchas de color rojo oscuro bajo la piel.
—Eso debe de ser sangre. Seguramente el agua del río se llevó la mayor parte, pero todo apunta a que el corazón todavía le latía cuando pisó los cristales. La tumefacción alrededor de las esquirlas también lo indica.
Lenja frunció el ceño.
—¿Primero caminó descalza sobre esas esquirlas de cristal afiladas y luego volvió a ponerse los calcetines y las botas?
Julia se llevó la mano a las gafas y se las subió un poco por el puente de la nariz.
—No creo que lo hiciera voluntariamente.
Lenja guardó silencio, horrorizada.
—Vamos a quitarle el pantalón y a ver si encontramos más esquirlas. —Julia cogió unas tijeras, pero se detuvo—. ¿Puedes hacer fotos primero?
Lenja fotografió las plantas de los pies desde distintas perspectivas. Cuando terminó, Julia empezó a cortar la pernera derecha de abajo arriba. Se detuvo a la altura de la rodilla y observó la piel.
—Aquí no hay cristales clavados, aunque la piel está excoriada. Por tanto, tuvo que caminar sobre los cristales sin llegar a caerse. —Julia siguió cortando y dejó al descubierto el muslo; al llegar a la entrepierna, topó con algo duro. Levantó la tela y descubrió un objeto metálico.
—Creo que ha llegado el momento de llamar a la policía judicial —declaró Julia y cortó el resto del pantalón.