Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 1
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Capítulo 1

Julia Schwarz se miró fijamente en el espejo y se secó a toquecitos el sudor de la frente.

Aquella mañana el estómago le estaba dando guerra.

Se puso a pensar en lo que había cenado la noche anterior.

Yogur, un par de rebanadas de pan y una manzana.

Tiró la toallita de papel a la papelera y se observó.

La palidez de su cara contrastaba con su pelo oscuro.

Las ojeras delataban una noche agitada. Se colocó un mechón detrás de la oreja derecha y se ajustó las gafas.

Quizá el yogur ya no estuviera en buen estado, ¿o sería por el café que se había bebido a toda prisa nada más levantarse?

Julia respiró hondo y soltó el aire despacio.

Ya se encontraba mejor. Seguramente eran el estrés y las pocas horas de sueño, que le estaban pasando factura.

Desde hacía una semana llegaba cada día al trabajo una hora antes de lo habitual.

En el Instituto de Medicina Forense de Colonia reinaba una actividad frenética.

El final del año se acercaba a pasos agigantados y, con él, crecía el tiempo que había que dedicar a la administración.

Hoy en día había que documentarlo todo varias veces.

Como si así se esclareciera un solo caso de muerte.

Pero no había nada que hacer. Julia tenía que elaborar estadísticas y justificar costes.

Podía considerarse afortunada de que Manfred Holsten siguiera fielmente a su lado.

Su antiguo jefe había dirigido el instituto hasta jubilarse y después le había cedido la dirección.

Todavía se encargaba unas horas a la semana del incómodo papeleo.

Mientras tanto, Julia podía dedicarse a los muertos.

Era la última instancia que podía darles voz.

Pero el papeleo no era el único motivo de la sobrecarga.

Un compañero se había dado de baja. Llevaba dos semanas sin aparecer y, por lo que parecía, la cosa iba a seguir así de momento.

Tenía que operarse de una hernia discal, y Julia se veía obligada a cubrirlo como fuera mientras tanto.

No era fácil. El doctor Abel llevaba muchos años trabajando como médico forense.

Los médicos jóvenes, sobre todo, difícilmente podían igualar su experiencia.

Con un suspiro, echó un último vistazo al espejo y salió del aseo.

Ya sentada a su mesa, Julia abrió el correo y repasó por encima las citas que tenía en la agenda para ese día.

Durante la noche se habían añadido dos autopsias.

Una víctima con heridas de bala y un posible suicidio.

Estudió los informes policiales de los dos casos.

El hombre se había visto envuelto en una pelea cerca de la estación central y había muerto por un disparo de pistola en la cabeza.

El presunto autor, un camello conocido en toda la ciudad, estaba bajo custodia policial.

A la otra víctima, una joven aún sin identificar, la habían sacado los bomberos del Rin.

El cadáver se había enganchado en un embarcadero y lo había descubierto un paseante hacia las cuatro de la madrugada.

La policía sospechaba que era un suicidio, porque la mujer llevaba una carta de despedida en el bolsillo del abrigo.

Julia decidió empezar por la mujer. Cambió la entrada de la agenda y retrasó unas horas la autopsia prevista para la mañana.

Al hombre del disparo mortal se lo asignó a su colega, el doctor Neumann.

Justo cuando iba a firmar unos pedidos de material, alguien llamó tímidamente a la puerta del despacho.

Julia se detuvo y alzó la voz.

—¿Sí?

En la puerta apareció Ferdinand Meisner, un compañero joven que había empezado en el instituto forense hacía cosa de medio año.

Aunque Meisner podía presumir de un expediente universitario excelente, no parecía tener mucha seguridad en sí mismo.

No miraba a Julia, sino un punto del suelo delante de la mesa.

—Tengo que hablar con usted —masculló y cerró la puerta con torpeza.

Julia apartó los documentos y le hizo una seña a Meisner para que se acercara.

—Siéntese.

Ferdinand Meisner se acercó con paso vacilante y tomó asiento. Por fin levantó la vista. Con aquella barba rala sobre el labio superior y en la barbilla parecía mucho más joven de los casi treinta años que tenía. El pelo corto y peinado con gel reforzaba todavía más su aspecto juvenil.

—Quería decírselo a usted primero —empezó en voz baja, y Julia se temió lo peor. Levantó la mano y le impidió seguir hablando.

—Pero no irá usted a dimitir, ¿verdad? Lo necesito aquí.

Por un momento Julia pensó que Meisner iba a echarse a llorar. Él tragó saliva y bajó la mirada, compungido.

—Pues sí, por desgracia. No estoy hecho para tratar con muertos.

Julia suspiró. Se lo había visto venir. Tanto Lenja, su ayudante, como el doctor Neumann ya lo habían insinuado. Ferdinand Meisner había tenido que interrumpir varias autopsias porque le habían entrado náuseas.

—No se preocupe. No tiene por qué sentirse mal por eso —respondió ella de todos modos—.

La medicina forense no es para cualquiera.

Tratar con muertos no es lo mismo que tratar con vivos.

La mayoría de los médicos quieren ayudar.

En nuestro caso, por desgracia, ya no podemos hacerlo.

Como mucho, todavía podemos procurar que se haga justicia.

—Julia le sonrió con amabilidad—. ¿Y hacia dónde le gustaría orientarse?

Meisner se encogió de hombros, inseguro.

—La verdad es que pensaba que estaba hecho para la medicina forense.

Siempre me ha interesado muchísimo esclarecer delitos.

Pero a lo mejor es que sencillamente he visto demasiadas series en la tele y me he hecho una idea equivocada.

—Abrió los brazos y señaló hacia la puerta del despacho—.

Ahí enfrente, en las salas de autopsias, hace frío, apenas entra luz del sol y el olor es bastante más desagradable de lo que yo esperaba.

Lo peor es que ya no consigo quitármelo de encima.

Ni siquiera en casa. Seguramente son imaginaciones mías.

Pero mi madre no para de criticarme la profesión y, desde luego, así no voy a encontrar novia.

—Se interrumpió y bajó la mirada, culpable—.

Lo siento. No lo digo con esa intención.

Al fin y al cabo, usted y los demás compañeros tienen familia y no parece que a nadie le moleste.

—No pasa nada —respondió Julia con una sonrisa.

Ella misma se había hecho en su día exactamente las mismas preguntas.

Le aliviaba enormemente que a Florian no le importara de verdad aquello a lo que ella se dedicaba día tras día.

Al menos eso decía él, y después de todo el tiempo que llevaban juntos, le creía.

—Nuestra profesión no es para todo el mundo, y muchas veces uno no lo descubre hasta que trabaja aquí a diario. No estoy enfadada con usted; de verdad que entiendo sus motivos. Pero volvamos a mi pregunta: ¿en qué especialidad se ve? Quizá pueda recomendarlo a alguien.

Meisner abrió mucho los ojos.

—¿Haría usted eso por mí?

Julia asintió.

—Por supuesto. Me parece usted un buen médico. Además, hace falta valor para cambiar de rumbo a mitad de camino.

—Me gustaría probar con medicina interna. Creo que esa especialidad va más conmigo.

Julia pensó a quién podría enviar a Meisner. Se le vino a la cabeza un antiguo compañero de carrera.

—Voy a ponerme en contacto con el doctor Tobias Walther. Trabaja en el hospital universitario de Bonn y quizá pueda hacer algo por usted.

—Eso sería un sueño. —El rostro pálido de Ferdinand Meisner fue recuperando poco a poco algo de color—. Gracias, doctora Schwarz. Es usted muy amable. —Meisner se levantó de la silla, pero se quedó de pie junto a la mesa.

—No hay de qué —replicó Julia—. Antes de que se me olvide: ahora voy a practicarle la autopsia a una mujer. Puede echar una mano si quiere. Al fin y al cabo, todavía va a estar un tiempo con nosotros.

Ferdinand Meisner tragó saliva, consternado.

—Verá. Creo… no soy capaz. Es que… —No siguió hablando y volvió a clavar la mirada, impotente, en las puntas de los zapatos.

—Está bien. Búsquese otras tareas. Puede ayudar al doctor Neumann con los informes de autopsia —dijo Julia.

—Gracias —respondió Meisner, aliviado. Julia vio cómo el joven médico se escabullía de su despacho casi con paso ligero. Por lo visto se le había quitado un gran peso de encima.

Suspiró y se puso en camino hacia la cámara frigorífica.

Iba a tener que pensar cuál era la mejor manera de sustituir a Ferdinand Meisner.

A la larga no podía cargar al equipo con más horas extra.

Ya estaban trabajando al límite. Pero la medicina forense no interesaba a demasiados estudiantes y, además, Meisner no era el primero que tiraba la toalla al cabo de unos pocos meses.

Antes de que Julia pudiera coger el picaporte, oyó unos pasos rápidos a su espalda. Lenja se acercaba a toda prisa. A pesar de las temperaturas invernales, tenía la frente perlada de sudor.

—Perdona, llego tarde. Se me ha pinchado la bici.

La he dejado allí y he hecho el resto del camino a pie.

—Resopló y se secó el sudor con la manga.

Miró hacia la puerta—. Todavía no has empezado, menos mal.

Ya pensaba que… —Lenja se interrumpió a mitad de frase y observó a Julia—. ¿Ha pasado algo? Estás pálida.

—No, no. —Julia levantó las manos para quitarle importancia y abrió la cámara frigorífica—. No es nada grave, pero Ferdinand Meisner acaba de dimitir. La medicina forense no es lo suyo. Prefiere tratar con personas vivas.

Lenja soltó un bufido despectivo.