Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Prólogo
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Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7)

Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7)

Por Catherine Shepherd

© inepub.com

Prólogo

La música retumba en el club. Noto el bajo vibrándome en los pies.

El alcohol me corre por las venas. Me siento más viva que nunca y muevo las caderas al ritmo de la canción.

El camarero me dedica una sonrisa. Alzo la copa hacia él.

Luego me bebo el cóctel casi de un trago.

Alguien tira de mí hacia la pista de baile.

Empieza un tema nuevo. Mi favorito ahora mismo.

Me fundo con los sonidos, con la luz y con el ritmo cada vez más rápido.

Mi cuerpo se mueve solo. Todo late al mismo compás.

Cierro los ojos y disfruto del momento. La canción termina, pero yo no dejo de bailar.

Una amiga da vueltas a mi alrededor. Ella también está llena de energía.

Mientras estira los brazos y la melena larga le vuela por el aire, de repente noto el estómago revuelto.

Las luces de colores del club se me desdibujan delante de los ojos.

Me entran náuseas. Necesito aire. Con los labios apretados, salgo de la pista dando tumbos y me cuelo a empujones entre la vibrante masa de gente.

Un cartel verde luminoso señala la salida.

Tambaleándome, me abro camino hacia fuera.

Me encuentro tan mal que tengo que sentarme en el borde de una jardinera.

Cojo aire y lo suelto. Todo me da vueltas.

El estómago se me retuerce de dolor. Un chorro ácido me sube por la garganta y acaba en la jardinera.

—¿Estás bien? —pregunta un hombre.

Los contornos de su cara se deshacen de repente, igual que las luces del club. Parpadeo, pero el hombre sigue borroso. Mueve los labios y, de pronto, tiene dos bocas y cuatro ojos. Empiezan a girar. Tengo que largarme de aquí antes de vomitar otra vez.

—Todo bien —le digo y paso tambaleándome a su lado camino del parque.

—¿Seguro?

Consigo asentir con la cabeza y acelero el paso todo lo que puedo.

Lo que me faltaba: que el tío se quede mirando mientras tengo arcadas.

Tengo un objetivo: el parque y un árbol detrás del que pueda descansar sin que nadie me vea.

Aunque estoy horriblemente mareada, echo un vistazo cauteloso por encima del hombro.

El hombre de las dos bocas se ha quedado parado.

Sus cuatro ojos me observan. Me doy la vuelta y clavo la vista en un tronco grueso.

Ojalá no hubiera bebido tanto. La fiesta está genial.

Quiero volver como sea. Solo unos minutos de descanso y seguro que se me pasa.

Sigo adelante con valentía. El árbol se alza ante mí; por fin lo he conseguido.

Con un suspiro, me dejo caer contra el tronco.

Respiro hondo. Las náuseas se han convertido en un peso de plomo.

Apenas consigo mantener los ojos abiertos.

El último cóctel me lo tendría que haber ahorrado.

Estoy a cero. Algo no va bien. He bebido muchas veces, pero lo de hoy parece una pesadilla.

El mareo no remite, y encima este cansancio que me aplasta.

Frustrada, me pongo en pie. Está claro que necesito descansar.

La noche está perdida. Solo quiero meterme en la cama.

Doy unos pasos hacia el club. Quizá haya un taxi esperando allí.

Pero de repente el tío de las dos bocas vuelve a plantarse delante de mí.

Sus ojos oscuros brillan con maldad. Me entra el pánico y echo a correr con mis últimas fuerzas.

Largarme como sea, antes de que me arrastre a los matorrales.

Pero me corta el paso. Me escurro por su lado y corro hacia una farola.

Tropiezo con algo. Me caigo. Algo cruje debajo de mí mientras una ola de dolor me inunda.

Relámpagos deslumbrantes me estallan en la cabeza.

Desde lejos oigo mi nombre. Suena ajeno. Conozco la voz que lo ha pronunciado.

—Socorro —grazno y me incorporo a duras penas. Me miro de arriba abajo y empiezo a temblar. Hay sangre por todas partes, en las rodillas y en los antebrazos. Se me han clavado en la carne unos cristales gruesos.

—Socorro —balbuceo otra vez. No me quedan fuerzas para gritar.

Sigo tambaleándome. La luz de la farola me deslumbra.

He perdido la orientación. Delante de los ojos me bailan manchas oscuras.

No tengo ninguna explicación. A lo mejor alguien me ha echado algo en la copa.

Echo mano de mis últimas reservas y avanzo dando tumbos.

Detrás de mí, alguien respira con dificultad.

Tiene que ser el hombre. Sé que me está mirando fijamente.

A cierta distancia aparece un puente. Pero ¿cómo he llegado hasta aquí?

Echo a correr otra vez. Al menos lo intento.

Con los pies como de plomo y las rodillas doloridas, apenas consigo cojear.

Ver un coche de color marfil me da nuevas fuerzas.

Pero a los pocos pasos noto una mano en el hombro.

Los pies se me despegan del suelo. Floto y, de golpe, estoy de pie sobre la barandilla del puente.

Debajo de mí chapotean unas olas negras.

Me están llamando. Y antes de que pueda pensar nada, me caigo.

Me precipito al vacío, hacia el río oscuro.

Un agua helada me recibe y me entra a chorros por la boca y la nariz.

Adormece el dolor y me arrastra hacia el fondo.

Los pulmones se me llenan de agua, pero no duele.

No tardo mucho en hundirme en la oscuridad.