Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) EPÍLOGO I
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EPÍLOGO I

La hija del Comendador murió a las cuatro y dieciséis de la madrugada del primer día del invierno.

No gritó. Llevaba seis meses sin gritar.

Los últimos tres, ya tampoco hablaba. Lo último que dijo fue, una semana antes de morir, una sola frase que el Comendador no entendió entonces y que tampoco entendió después.

No me dejéis el cuello descubierto. La niña tenía ya dieciséis años.

La niña había pasado los últimos meses sin decir frases que tuvieran sentido completo.

La frase del cuello descubierto fue una más.

El Comendador la velaba personalmente desde el atardecer.

La habían dejado solos en la habitación principal de la planta alta, en la casa que el Comendador había ocupado durante diecisiete años y que en el último año se había transformado, sin que nadie lo decidiera explícitamente, en una sala de espera.

La esposa del Comendador había muerto cinco años atrás.

La servidumbre se había reducido a tres mujeres mayores que cobraban poco y que llevaban en la casa el tiempo suficiente para haber visto crecer a la niña.

Las tres estaban en la cocina de la planta baja, esperando.

No iban a subir hasta que el Comendador llamara.

El Comendador no llamó.

A las cinco de la madrugada seguía sentado al borde de la cama.

La niña tenía los ojos cerrados. La piel se había enfriado lo suficiente para que el Comendador supiera, sin tocarla, que ya no era ella.

La niña que había criado durante toda su vida, la que había aprendido a leer a los cinco con él, la que había preguntado por su madre cada noche durante tres años hasta que un día dejó de preguntar, la que en algún momento del segundo año de su enfermedad le había dicho al Comendador, después de un día particularmente duro, padre, tú lo arreglarás, esa niña no estaba en aquel cuerpo desde hacía al menos seis horas.

El Comendador no lloró todavía.

Las lágrimas, había descubierto durante el año anterior, eran un recurso administrativo del cuerpo que el cuerpo le iba a dar cuando le tocara y no antes.

Había dejado de buscarlas. La pena verdadera ya estaba dentro.

Las lágrimas eran un adorno burocrático que llegaría en algún momento y que él no iba a forzar.

Llamaron a la puerta de la planta baja a las cinco y cuarenta.

El Comendador no se movió.

Una de las mujeres mayores subió a llamar a la puerta de la habitación principal con dos golpes suaves y la voz baja.

—Señoría.

—Si.

—Hay un hombre en el zaguán. Pide hablar con usted.

—¿Nombre?

—No lo da.

—¿Ropa?

—Lleva un manto oscuro con capucha. No se le ve la cara.

El Comendador siguió mirando a la niña.

—Que pase.

—¿Aquí?

—Aquí.

La mujer bajó. Volvió a subir al cabo de dos minutos con el hombre detrás. Lo dejó en la puerta y bajó sin esperar instrucción.

El encapuchado entró en la habitación.

Era un hombre de estatura mediana, de proporciones que no llamaban la atención.

El manto le cubría hasta los pies. La capucha le ocultaba la cara salvo la boca.

La boca era la única parte visible, y la boca se movía al respirar con un ritmo que no era el ritmo de las bocas humanas.

El intervalo entre inhalación y exhalación era constante. No variaba.

El Comendador lo miró.

Llevaba diecisiete años recibiendo a esos hombres.

La primera vez le había llevado meses entender qué hacía que las visitas le incomodaran sin que pudiera decir por qué.

Después, una vez identificado el detalle de las respiraciones, el incomodarse había dejado de ser un misterio y se había convertido en una rutina.

Los hombres de la Orden no respiraban como los hombres del Imperi.

Eso era un dato. Como cualquier dato, se incorporaba al protocolo y se dejaba de notar.

Esa noche, el Comendador lo notó otra vez.

No era el detalle. Era él. Llevaba seis horas sentado al borde de la cama de la hija que se había muerto después de dos años de tratamientos cuyos costes él había firmado en sangre y en obediencia, y aquel hombre que entraba en su habitación principal a las seis menos veinte de la madrugada con los pies todavía mojados de la nieve de la calle no era ya un colega administrativo con quien negociar.

Era el rostro visible de la decisión que no le había devuelto a la niña.

El Comendador no dijo nada.

El encapuchado se paró a tres pasos de la cama. Miró a la niña. Miró al Comendador. La capucha no se inclinó en ninguna dirección. La cabeza giraba sin que el cuerpo la acompañara, lo cual era otra de las pequeñas anomalías que el Comendador había aprendido a registrar y a no examinar.

—Comendador.

—Habla.

—La Orden lamenta lo que ha pasado.

El Comendador no contestó.

El encapuchado esperó.

El Comendador miró a la niña.

La niña tenía los ojos cerrados. La piel ya no era la suya. El pelo seguía siendo el pelo que la madre le había peinado cuando la niña tenía dos años y que el Comendador había peinado los últimos cinco años con la torpeza de los hombres que aprenden tarde a peinar a sus hijas.

Padre, tú lo arreglarás.

El Comendador había querido arreglarlo.

Durante diecisiete años había servido a la Orden como un funcionario serio sirve a la administración que le da de comer a su familia.

Había pasado información. Había firmado autorizaciones.

Había mandado a hombres a hacer trabajos que tenían nombre y trabajos que no lo tenían.

Cuando la niña se había puesto enferma, ocho años atrás, la Orden le había dicho que aquello entraba dentro de su competencia.

Que tenían tratamientos. Que las familias que servían a la Orden con fidelidad recibían los tratamientos antes que las demás.

El Comendador había servido con fidelidad redoblada.

La niña había recibido cinco tratamientos en seis años.

El primero le había hecho hablar de cosas que no estaban en la habitación.

El segundo le había hecho dejar de comer durante dos meses.

El tercero le había hecho aparentar mejorar durante medio año, después del cual había empeorado más rápido.

El cuarto y el quinto el Comendador no había querido recordarlos.

La niña había dejado de ser la niña en algún punto entre el tercero y el cuarto.

La niña había muerto esa madrugada.

El Comendador volvió a mirar al encapuchado.

—Fuera de mi casa.

El encapuchado no se movió.

—¿Perdón?

—He dicho, que fuera de mi casa.

—Comendador. Reflexione.

—Lo he reflexionado.

—Si rechaza, las consecuencias caerán sobre usted y sobre su entorno. La Orden tiene métodos para los servidores que se retiran sin autorización. Los conoce.

—Los conozco.

El Comendador se levantó de la cama por primera vez en seis horas.

Las piernas no le respondieron del todo. Llevaba sentado lo bastante para que el cuerpo hubiera empezado a olvidar la postura. Se sostuvo con una mano en el cabezal de la cama. La niña, debajo de la mano, seguía allí.

—Te he dicho que te vayas. La Orden ha entrado en mi casa la noche en que se ha muerto mi hija. Mi hospitalidad terminó cuando cruzó el zaguán. Cada minuto que sigue aquí hace que me abra a vómitos

El encapuchado lo miró desde la oscuridad de la capucha durante un tiempo que el Comendador no se molestó en medir. Después, sin asentir, sin hablar, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Los pasos bajaron por la escalera. La puerta del zaguán se cerró.

El Comendador se quedó de pie junto a la cama.

Las lágrimas vinieron entonces.

No de duelo todavía. De algo más viejo, la liberación del cuerpo cuando el cuerpo entiende que la presión se ha levantado.

El Comendador lloró durante un rato, de pie, junto a la cama de la niña, sin hacer ruido.

Cuando dejó de llorar, la luz del amanecer empezaba a entrar por las contraventanas aún cerradas.

Fue al escritorio.

Abrió el cajón superior. Sacó el arma. Diecisiete años guardada allí, sin estrenar. Una reliquia, un arma precataclísmica, que disparaba proyectiles pequeños a gran velocidad. Comprobó que estaba cargada. La cerró contra el costado, debajo del jubón.

Fue a la cómoda. Sacó una bolsa de cuero.

Guardó dentro tres cosas. Una libreta pequeña en la que llevaba diecisiete años anotando, en una clave que solo él entendía, los nombres y las fechas y los pagos de cada tarea que había autorizado para la Orden.

Un anillo de su esposa muerta. Un mechón de pelo de la niña, que cogió con unas tijeras pequeñas de las que habían estado en la mesilla de noche.

No cogió nada más.

Bajó a la cocina. Las tres mujeres mayores estaban sentadas alrededor de la mesa. Las tres se levantaron al verlo.

—Señoría.

—La niña está arriba. Llámese al párroco. Que la entierren a media tarde, sin ceremonia. La losa de la madre. El nombre solo. Sin fechas.

—¿Y usted, señoría?

El Comendador la miró un momento.

—Yo me voy.

—¿A dónde?

—No es asunto vuestro. Si vienen a preguntar, no me habéis visto desde anoche. Si insisten, tampoco.

Las tres mujeres asintieron. Conocían a aquel hombre lo suficiente para saber cuándo no preguntar.

El Comendador salió por la puerta de la cocina.

La nieve de la calle estaba pisada por unos pies que habían entrado y por unos pies que habían salido. La pisada de salida era reciente. El encapuchado no estaba lejos.

El Comendador no fue detrás.

Durante diecisiete años la Orden había decidido qué hacía él, y él había hecho. Esa madrugada, la primera del invierno, la primera sin la niña, la primera en la que las lágrimas habían salido cuando tenían que salir y no antes, era él el que decidía.

La libreta pequeña, en la bolsa de cuero, contenía años de nombres.

No iba a usarlos hoy.

Ni mañana.

Los iba a usar cuando estuviera listo.

El Comendador empezó a caminar, despacio, por la calle nevada.

El amanecer del primer día del invierno cayó sobre los tejados.

Nadie en Tolusa lo vio salir.