31. La Torre Azul.
La Torre Azul no era azul.
Era una columna de piedra gris que subía sobre el barrio alto de Aruan hasta perderse en la niebla. La llamaban azul por el reflejo que daba al amanecer, cuando la luz del este le arrancaba al granito un brillo frío que duraba diez minutos.
Solomon las hizo entrar por una puerta lateral que Lupe no habría encontrado sola ni buscándola una semana.
La puerta daba a un pasillo estrecho, húmedo, que subía en espiral durante tres pisos.
Mara subió primera. Tessana detrás. Lupe cerraba, con el rosario de Beatriz apretado en el puño y la otra mano tocando la pared para no caerse.
No habían hablado desde el puente. Lupe llevaba los ojos hinchados y sostenía el rosario de Beatriz muy fuerte contra el pecho.
La biblioteca de Solomon Suliman ocupaba los tres pisos superiores de la torre.
Lupe la vio y entendió por qué un hombre podía vivir ciento veinte años y no querer morirse.
Las paredes eran estanterías. El suelo era alfombra vieja.
El techo era una cúpula de cristal emplomado que en ese momento dejaba pasar la noche y las estrellas.
Los libros no estaban ordenados, se amontonaban en hileras dobles, con volúmenes tumbados encima de otros volúmenes, con papeles sueltos asomando entre las páginas, con tazas vacías olvidadas sobre las pilas.
Olía a cera, a tinta vieja, y a ese olor dulce de los libros que llevan décadas sin que nadie los mueva.
Allí esperaron solas largo rato. A ninguna le apetecía hablar.
Cuando Solomon regresó, estaban casi en la misma posición que cuando se había ido.
En el centro de la biblioteca, frente a la chimenea apagada, había un sofá.
Solomon caminó hasta él y se dejó caer. No se sentó. Se dejó caer, con el Azharov todavía bajo el brazo y la mano izquierda temblando más que antes. Apoyó la cabeza en el respaldo y se quedó un momento con los ojos cerrados.
Lupe lo miró. En el puente, rodeado de muertos, le había parecido terrible. Aquí parecía lo que era: un anciano agotado que había hecho un esfuerzo que no podía permitirse.
—Hay agua en la mesa del fondo —dijo Solomon sin abrir los ojos—. Vasos también. Servíos.
Mara fue a buscar el agua. Tessana se quedó de pie junto a la puerta, sin entrar del todo. Lupe se sentó en la silla que había frente al sofá.
—¿Quién eres? —preguntó.
Solomon abrió los ojos.
—Solo soy un viejo que se muere.
Mara habló desde la chimenea. No miró a Lupe al decirlo. Miraba a Solomon.
—Solomon Suliman. Nacido en la noche de la Luna Partida. Tercer discípulo de la Torre Azul. Último de los tres. Ciento veinte años caminando por Aruan sin que la muerte le encontrara la puerta. Eso dicen.
Solomon la miró un momento.
—Mi madre era una puta del barrio de la Sal que cobraba en cobre y que murió de una infección en la boca cuando yo tenía seis años.
Mi padre era un borracho que vendía pescado en el muelle de los Nudos y que un día se cayó al agua y no salió.
La noche de la Luna Partida me la inventé yo hace ochenta años porque la gente de Aruan necesita que los magos nazcan en noches especiales.
Si les dices que naciste un martes por la tarde mientras tu madre hacía la colada, no te respetan.
—Le tembló la mano sobre el libro—. Lo de último de los tres es cierto.
Pero los otros dos eran más listos que yo. Se murieron a tiempo.
—Has matado a once personas para quedártelo.
—He matado a once personas para que no os mataran a vosotras. El libro es una ventaja añadida.
—¿Cómo lo has hecho?
Solomon la miró un momento largo. Después miró el Azharov, que descansaba en su regazo con las tapas cerradas y el lomo húmedo del empedrado del puente.
—Eso va a llevar más de una frase.
—Tenemos tiempo.
—Vosotras sí. Yo no mucho.
Mara volvió con tres vasos de agua. Le dio uno a Lupe. Le tendió otro a Solomon. El viejo lo cogió con las dos manos, y las dos le temblaban. Bebió un trago corto. El agua le mojó la barba.
—Llevo algo dentro. Durante un tiempo todo el mundo admitía que eran espíritus, o demonios, según de donde viniese, yo prefiero llamarles huéspedes y no creo que sea nada intangible —dijo—.
No sé qué son. Sé lo que hacen. Me han mantenido vivo desde antes de que naciera tu abuela.
Me permiten hacer cosas que un hombre corriente no puede hacer.
Mover objetos sin tocarlos. Calentar el aire.
Sentir lo que hay al otro lado de una pared. Y lo que habéis visto en el puente.
—¿Matar a distancia?
—Entrar en un cuerpo ajeno y descomponerlo por dentro. —Solomon lo dijo con el mismo tono con el que habría dicho la hora—. No lo había hecho nunca. Sabía que podía. No quería saber cómo era.
—¿Y cómo ha sido?
Solomon no contestó.
Mara se sentó en el suelo junto a la chimenea, con la espalda contra la piedra. Lupe la miró. Mara tenía la cara que tienen las personas que están escuchando algo que ya sabían.
—Tú ya habías visto esto —le dijo Lupe.
—Conocí a alguien que podía hacer cosas extraordinarias —dijo Mara—. Hace mucho. No era lo mismo. Pero se parecía.
Solomon asintió despacio, sin mirar a Mara.
—Hay variedades —dijo—. De huéspedes. El Azharov las describe. Están los que asisten al cuerpo que los alberga. Los que lo someten. Los que conviven sin dar ni quitar… y luego hay algo diferente, los que anulan tu voluntad y obedecen a otra cosa. A algo que no es humano.
—¿Qué cosa? —preguntó Lupe.
—El libro la llama Umai.
Todas miraron con una mezcla de sorpresa y escepticismo. Mara murmuró. ¿El mismísimo Diablo?
—¿El Innombrable? ¿El causante del cataclismo? No tengo ni puta idea. Llevo ochenta años intentando averiguarlo. Lo único que he encontrado es que existe en algún sitio, que está dormida desde antes del Cataclismo, y que hay huéspedes que solo responden ante ella.
—¿Los Shainohais?
Solomon la miró.
—¿Conoces la palabra?
—La encontré en las notas de un médico de Tolusa que habían matado.
Solomon cerró los ojos otra vez. Lupe vio cómo el pecho le subía y le bajaba con un esfuerzo que no había tenido antes. La mano izquierda había dejado de temblar, pero no porque se hubiera calmado. Había dejado de temblar porque le estaba costando moverla.
—Me queda poco —dijo—. Lo que he hecho en el puente me ha costado más de lo que tenía.
—¿Cuánto?
—Horas. Quizá hasta el amanecer. Quizá menos.
Lupe se inclinó hacia delante.
—Entonces habla rápido.
Solomon abrió los ojos. Le salió algo parecido a una sonrisa.
—El libro está escrito en una lengua que ya no habla nadie. Me costó cuarenta años descifrar algo de ese idioma. Tú no vas a poder leerlo.
—¿Entonces para qué lo querías?
—Para confirmar algo. Para leer un pasaje que necesitaba leer antes de morirme. —Solomon abrió el Azharov con las dos manos. Pasó páginas con dificultad. Se detuvo en una—. Aquí. Esto es lo que he esperado ochenta años para leer.
Lupe miró la página. Los caracteres no se parecían a nada que hubiera visto, ni salgharr, ni lengua común, ni antiguo serren. Eran trazos finos, angulares, que parecían más diagramas que letras.
—No puedo leerlo —dijo.
—Buscaba una salida. —Solomon miró el libro cerrado en su regazo—. Cuando la muerte se acerca, hasta los viejos nos volvemos cobardes.
Pasó un momento.
—Los huéspedes reparan lo que puede repararse.
Una herida, una infección, un hueso mal soldado.
Pero no son dioses. Si te abren la garganta, te mueres.
Si el cuerpo lleva ciento veinte años gastándose por dentro, llega un punto en que ya no hay nada que reparar.
—Se miró la mano izquierda. La levantó despacio, con esfuerzo visible, y la dejó caer—. Eso es lo que me pasa a mí.
Solomon abrió el Azharov otra vez. Lo cerró. Como si no pudiera decidir qué hacer con él.
—Las otras cualidades que habéis visto en el puente, esas no vienen solas.
Hay que invocarlas. Con números. Una secuencia específica, recitada en el orden correcto.
¿Por qué números? Ni puta idea. Llevo ochenta años sin saberlo.
Los grabo en cilindros de metal para no olvidarlos.
—Rozó con el pulgar el lomo del Azharov—.
Pensé que aquí dentro habría más secuencias.
Alguna que pudiera curarme lo que tengo.
O algo peor que eso —añadió, en voz más baja—.
Algo que me permitiera pasar a un cuerpo más joven.
Lo habría hecho en uno de los vuestros, sin dudarlo.
Las miró. No pidió perdón por haberlo dicho.
—Pero falta casi la mitad del libro. Arrancado. Alguien lo hizo antes que yo, hace mucho tiempo, y se llevó lo que necesitaba. —Cerró los ojos un momento—. Ya es tarde.
Se quedó callado un momento. La mano izquierda, sobre la tapa del libro. Con la derecha, levantó un pequeño cilindro con números grabados en su superficie.
—Hay dos cosas que quiero darte —dijo.
Se inclinó con esfuerzo hacia el lado del sofá. Debajo del cojín, metidos entre la tela y el armazón de madera, había un fajo de papeles atados con una cuerda.
—Mis anotaciones. Cuarenta años de trabajo.
Nunca tuve el libro. Solo los pedazos que dejó en otros: una cita aquí, media página mal copiada allá, lo que un archivero recordaba a medias y apuntaba peor.
Eso lo traduje todo. Y lo que he entendido de los huéspedes, por mi cuenta.
Está en salgharr moderno. Eso sí podrás leerlo.
Lupe cogió el fajo.
—Y esto —dijo Solomon, sosteniendo el cilindro entre dos dedos que apenas le respondían—.
Los números son instrucciones para algo que ya no existe.
O que todavía no ha despertado. No sé para qué sirve.
Sé que los números están grabados en una secuencia que se repite en los textos sobre los huéspedes. Llévatelo.
Lupe cogió el cilindro. Pesaba más de lo que su tamaño sugería. Los números grabados eran pequeños, regulares, con una precisión que no parecía obra de un artesano humano. Lo guardó en el bolsillo interior del manto.
—¿Por qué me das esto a mí?
Solomon la miró.
—Porque has entrado en la torre más vigilada de Aruan, has robado el libro más peligroso del mundo, y has salido.
Porque lees salgharr antiguo. Porque has llegado hasta aquí desde Tolusa, a tu edad, sin ejército y sin más armas que tres mujeres que te quieren viva.
—Una pausa—. Y porque no me queda nadie más.
Lupe no dijo nada.
Solomon recostó la cabeza en el respaldo. Miró hacia arriba. La cúpula de cristal dejaba ver un cielo que empezaba a aclarar por el borde este.
—Lupe.
—Dime.
—Perdona lo del puente. Lo de la mujer del rosario. Llegué tarde. No debería haber llegado tarde.
Lupe sintió que algo le apretaba el pecho. No contestó.
La mano izquierda se le quedó quieta sobre el libro. La derecha se soltó del cilindro que ya no tenía. La respiración se le fue haciendo más lenta, más espaciada, con intervalos que se alargaban como los de un hombre que se está quedando dormido.
—Solomon.
No contestó.
Lupe se inclinó hacia delante. Le tocó la mano. Estaba fría. Le tocó el cuello. Había pulso, pero débil, irregular, con pausas que duraban demasiado.
—Se va —dijo Mara desde la chimenea.
Lupe la miró.
—Lo sé.
Solomon respiró una vez más. Una inspiración larga, profunda, que le llenó el pecho y lo dejó así un momento, lleno, quieto, como si el cuerpo estuviera decidiendo si tomaba otra. No la tomó.
La mano izquierda se relajó sobre el Azharov. Los ojos se quedaron entreabiertos, mirando la cúpula de cristal y la primera franja de luz que entraba por el este.
Lupe se quedó sentada frente a él.
Pasó un minuto.
Y entonces lo sintió.
Fue como si el aire entre ella y el cuerpo de Solomon se hubiera espesado un instante, algo que le rozó el dorso de las manos, los antebrazos, la cara.
Duró lo que dura un parpadeo. Lupe no se movió.
Tenía las manos todavía extendidas hacia el cuerpo del viejo cuando notó que algo había cambiado en el interior de su cabeza, como cuando se entra en una habitación que ha estado cerrada mucho tiempo y el aire es distinto sin que huela a nada concreto.
Lupe apartó las manos.
Se las miró. La cicatriz vieja del pulgar derecho. Los nudillos. Las venas. Todo igual. Cerró el puño despacio. Lo abrió.
—Lupe.
Mara estaba de pie a su lado. Le tocó el hombro.
—Hay que irse.
Lupe miró a Solomon. El viejo tenía los ojos entreabiertos y el Azharov abierto en el regazo y la primera luz del amanecer cayéndole en la cara a través del cristal emplomado. Parecía un hombre que se hubiera quedado dormido leyendo.
—El libro —dijo Lupe.
—No puedes leerlo.
—Lo sé.
Lupe cogió el fajo de anotaciones. Lo metió en la bolsa. Cogió el rosario de Beatriz del bolsillo y lo apretó una vez. Tocó el cilindro a través de la tela del manto para asegurarse de que seguía ahí.
Dejó el Azharov sobre el regazo de Solomon. No podía leerlo. Las anotaciones del viejo sí.
Tessana apareció en la puerta.
—Los caballos están abajo. Tres. Hay que salir antes de que la ciudad despierte.
Lupe se levantó de la silla. Le costó.
Miró la biblioteca una vez más. Los libros amontonados. Las tazas olvidadas. La cúpula de cristal dejando entrar la primera luz. Y Solomon en el sofá, con los ojos entreabiertos y el libro abierto y la mano izquierda que ya no temblaba.
—Vámonos —dijo.
Las tres mujeres bajaron la escalera en espiral.
Salieron por la puerta lateral. Los caballos estaban atados a un poste en el callejón trasero.
Mara montó primera. Tessana segunda. Lupe subió al tercer caballo, sola, con la bolsa de las anotaciones cruzada al pecho y el hormigueo mínimo en la base del cráneo que ya empezaba a olvidar que no había estado siempre ahí.
Aruan dormía.
Las tres empezaron a cabalgar hacia el norte.