30. Despedidas. #2
La madre de Vasharkh le pasó un cuenco con un caldo aguado. Beltrán bebió dos sorbos. El caldo le ardió en el estómago vacío. Siguió bebiendo despacio.
—Cuéntame —dijo Gorath.
Beltrán se lo contó de la forma más breve que pudo. La poza. Nahira. La hoja por la espalda. Malcampo. La pelea en el cantil. Los dos cayendo al río. El despertar después en un remanso. La caminata de regreso.
No le contó lo de la estocada de Gaspar. No venía a cuento. Había historias que se contaban una sola vez en una vida y que solían elegir su momento solas. Aquella historia no era para una cueva con diecisiete personas.
Gorath escuchó sin interrumpir.
Cuando Beltrán terminó, hubo silencio.
—Aquí entraron tres jinetes —dijo Gorath después—.
Vinieron del sur, al amanecer del mismo día que salisteis Nahira y tú.
Los vimos a tiempo, pero no a tanto tiempo.
Mandé a las mujeres y los niños a las Grietas con ocho cazadores jóvenes para cubrirlas.
Yo me quedé con Vakar y con seis más en el campamento.
Habíamos calculado que con ocho podríamos retener a tres jinetes.
—¿Fueron solo tres?
—Tres jinetes y diez hombres detrás. Los diez a pie. Llegaron media hora después de los jinetes.
Beltrán cerró los ojos.
—¿Los habíais visto antes?
—No. No eran del Imperi. No eran del clan. No eran de los grupos del sur. Vestían oscuro. No traían señal de casa.
—¿Soldados?
—No lo sé, supongo. Pero eran algo diferente. Los hombres de a pie luchaban como si no se cansaran. Vakar tumbó a tres antes de caer. Drahn intentó ir a las Grietas. No llegó.
—Lo sé. Lo he visto en el camino.
—Yo perdí el conocimiento al cabo de media hora. Cuando me desperté, los hombres se habían ido. No quemaron del todo. No saquearon. Buscaban algo concreto.
—Buscaban a Rojo.
—Buscaban a Rojo. Y no lo encontraron.
—¿Rojo está?
Gorath asintió.
—Rojo está.
Lo trajeron al cabo de un rato.
Lo había llevado uno de los cazadores jóvenes a otra Grieta, más pequeña, dos cuevas hacia el norte, donde habían escondido a los cinco niños más pequeños por separado. La madre de Vasharkh se levantó sin decir nada y salió. Volvió al cabo de quince minutos con Rojo de la mano.
El niño tenía la cara sucia y los ojos rojos de no haber dormido. La camisola estaba manchada de tierra del suelo de las cuevas. Llevaba todavía al cuello la bolsita pequeña con el caballo de madera de Vakar dentro.
Vio a Beltrán. Se paró en la entrada de la Grieta principal.
Beltrán se levantó con dificultad, la pierna no le respondió entera, y se acercó al niño.
Rojo no corrió hacia él. No lo abrazó. No hizo ninguno de los gestos que un crío de diez años hace cuando recupera al adulto que creía muerto. Se quedó mirando a Beltrán con esa fijeza atenta que era suya, con la barbilla ligeramente levantada, esperando información.
Beltrán se arrodilló frente a él, con la pierna mala estirada de lado.
—Hola, Rojo.
El crío levantó la mano izquierda. Llevaba la piedra del río en el puño cerrado. Beltrán se la había visto a Nahira en la palma abierta el día en que volvió del Tres Vientos. Después la había devuelto al puño de Rojo aquella misma noche, cerrando los dedos pequeños a su alrededor.
Rojo la sostuvo en alto un momento, mirando a Beltrán.
Después la abrió.
No dijo nada. Pero la abrió, y la palma extendida, pequeña, con la piedra dentro, era el gesto más parecido a una pregunta que un niño que no hablaba podía hacer.
Beltrán entendió.
—Nahira no ha vuelto.
Rojo cerró el puño otra vez. La piedra quedó dentro.
Después, sin avisar, sin haber decidido el cuerpo lo que iba a hacer antes de hacerlo, el niño se acercó a Beltrán y le puso los brazos alrededor del cuello.
Fue el primer abrazo que el crío le daba en cinco meses.
La cuenta nueva, la de los abrazos, había estado en tres durante semanas. Pasó a cuatro.
Beltrán no lloró. Pero le tembló el brazo derecho un instante. Apoyó la mano en la espalda pequeña del niño, y se permitió quedarse así durante el tiempo que Rojo necesitó estar así.
Gorath habló al cabo de un rato.
—Beltrán.
—Dime.
—Te tienes que ir.
—Lo sé.
—Esta vez no es por los siguientes Malcampos. Esta vez es porque ya saben dónde está el clan. Ya hemos pagado lo que podíamos pagar por tenerte aquí. Si te quedas, vuelven, y la próxima vez no quedan ni Grietas.
—Lo entiendo.
—¿A dónde?
—Al este. Voy hacia la Ciudad Antigua. He pensado en alejarme todo lo posible.
—La Ciudad Antigua es Haruk, Beltrán, nadie sale vivo de allí...
—Necesito respuestas a demasiadas preguntas, amigo
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—¿Con el niño?
—Con el niño.
Gorath asintió una vez. Después miró a la madre de Vasharkh.
—Caballo.
—No tenemos caballos.
—Tenemos uno. El que está escondido en la grieta nueva. Ése.
La mujer asintió sin discutir. Ese caballo, supuso Beltrán, era el caballo de respaldo del clan, el que se reservaba para la fuga de última instancia, y Gorath se lo daba a un extranjero.
La madre de Vasharkh salió de la cueva.
Gorath se giró hacia Beltrán.
Beltrán no contestó.
—Vas a territorio Jinyuraki, Beltrán. No son como nosotros. Son guerreros despiadados. No tienen el favor de la Diosa. A saber qué van a pensar o qué te pueden hacer si te ven con una de sus armas sagradas, Tendréis que cuidaros bien.
Beltrán no contestó, se limitó a encogerse de hombros.
Gorath asintió.
—Vete cuando esté oscuro. Llévate al niño, el caballo y dos odres de agua. La madre de Vasharkh te dará carne seca para una semana. Después busca, en la primera aldea que encuentres en el este. Diles que vienes de parte de Gorath del clan de la Roca Partida. Aquí no servirá, allí igual sí.
Beltrán asintió.
Salieron tres horas después.
El caballo era un castaño robusto, viejo, que el clan había escondido en una grieta lateral con dos sacos de pienso.
Beltrán lo cargó con dos odres de agua y un fardo de carne seca, una manta de lana, una capa que la madre de Vasharkh le había quitado a un cuerpo del campamento sin decir de quién era, y la espada larga de Vakar.
A Rojo lo subió delante.
Gorath salió a la entrada de la Grieta para verlos partir. No bajó al camino. Se quedó en el umbral apoyado en el poste de madera que sostenía el saliente, con el brazo en cabestrillo y la cara cansada.
Beltrán paró el caballo en el primer recodo del camino. Miró atrás.
Gorath levantó la mano izquierda con la palma abierta. El saludo Oona-Gori que se hacían los hombres del clan al cruzarse.
Beltrán levantó la suya. La palma abierta, los dedos juntos, el codo a la altura del hombro.
Gorath bajó la mano.
Beltrán hizo girar al caballo y se dirigió al este.
La luna estaba alta. La sierra que tenía que cruzar para llegar al Bosque de Sangre y la Ciudad Antigua.
se veía al este, a unas cuantas jornadas, como una sombra más oscura sobre la sombra de la noche.
Rojo iba apoyado contra el pecho de Beltrán, con la piedra del río en el puño cerrado y la cabeza ligeramente girada hacia el oeste.
Mirando atrás.
Beltrán no le dijo que mirase hacia delante. Mirar atrás era una de las cosas que un niño que ha perdido a una mujer de su tienda tenía derecho a hacer durante las primeras horas, y no era él quién para quitárselo.
Después de un rato, sin que Beltrán le hubiera dicho nada, Rojo giró la cabeza hacia delante.
Beltrán no le dijo nada por eso tampoco.
Las dos cosas, mirar atrás y dejar de mirar atrás, las había decidido el niño solo. Era el primer gesto adulto que Beltrán le había visto hacer en cinco meses.
La cuenta nueva, la de los abrazos, seguía en cuatro.
La cuenta vieja, la de los muertos, había dejado de subir, Beltrán había decidido en algún punto del camino del río que aquella cuenta no se llevaba ya en números. Se llevaba en otra cosa. En un peso. En un sitio del cuerpo donde antes no había peso.
La madre de Vasharkh le había dado, antes de salir, una bolsita pequeña de tela. Para el camino. Beltrán no la había abierto entonces. La abrió a la primera parada, cuando se bajó del caballo a beber agua.
Dentro había tres flores blancas secas y un anillo de hojas trenzadas.
El mismo anillo. Lo había recogido alguien en la poza después.
Quizá Gorath. Quizá la madre de Vasharkh.
Quizá alguien que había subido al cantil después y había bajado al remanso y había visto a Nahira en la arena con la mano abierta y el anillo entre los dedos cerrados de un Beltrán que ya no estaba.
Las hojas se habían secado. El verde se había vuelto marrón. Pero el anillo seguía cerrado.
Beltrán lo cogió.
No se lo puso él. No se lo iba a poner. Lo guardó en el fondo de la bolsita y la ató al cinturón, en el sitio donde un hombre lleva las cosas que importan y que no se enseñan a nadie.
Montó al caballo otra vez.
Siguió al este.