30. Despedidas.
No se murió.
Lo entendió antes de abrir los ojos. La diferencia entre estar muerto y estar vivo era una serie de informaciones pequeñas que el cuerpo le iba mandando a la cabeza por orden, frío, presión contra una piedra, un dolor muy lejano en el muslo derecho, agua corriente alrededor de la cintura.
La cabeza recibió las informaciones y dedujo, sin emoción, que seguía en este mundo.
Abrió los ojos.
Era de noche.
Estaba en un remanso del río, varias leguas más abajo de la poza.
La corriente lo había escupido en una orilla de cantos rodados, contra una piedra grande que lo mantenía con la cabeza fuera del agua y el cuerpo medio sumergido.
La luna en cuarto creciente daba la luz justa para distinguir las formas.
El cantil de la poza no se veía. Quedaba muy atrás.
Intentó incorporarse. La pierna derecha no respondió a la orden. La izquierda sí. Se arrastró hasta salir del agua. La piedra le había quitado el viento del costado durante las horas en que llevaba allí encajado, y al salir del agua sintió el frío de verdad por primera vez.
Las heridas trabajaban.
La raja diagonal del pecho se había cerrado parcialmente.
Había perdido sangre, pero no la suficiente para que un cuerpo normal se hubiera apagado.
La estocada del muslo seguía abierta. Esa especie de regeneración que ya le había salvado dos veces, y que no sabía por qué, iba más despacio en los músculos profundos, y el corte del antebrazo se había hecho costra.
El golpe del agua le había roto algo en el costado derecho.
Una costilla. Quizá dos. La cura, como le llamaba últimamente a falta de una explicación mejor, iba ya por ahí también.
Beltrán lo notaba como una vibración pequeña, casi educada, debajo de la piel.
El agua se había llevado la zurdona, el cinturón y el chambergo. Le quedaba la ropa empapada. Las botas las había perdido en algún sitio del trayecto.
No le quedaba nada útil.
Miró el río. La corriente bajaba hacia el suroeste. El cantil de la poza estaba al noreste. El campamento de la Roca Partida estaba al noreste también, a unas seis horas a paso de un hombre sano y a quince a paso de un hombre como él aquella noche.
Empezó a caminar.
Tardó dos días.
La pierna se le fue cerrando despacio. Al amanecer del primer día podía apoyar el peso. Al mediodía renqueaba sin caerse. Al amanecer del segundo, casi caminaba normal. Las costillas tardaron más. La costra del pecho dejó de sangrar al final de la primera mañana.
No encontró a nadie por el camino.
La zona entre la poza y la Roca Partida era territorio Oona-Gori, pero los grupos cazadores se movían en círculos predecibles y aquella ladera no entraba en ninguno.
Beltrán agradeció la soledad. Un hombre sin armas, sin botas, con una herida abierta en el muslo y la cara cubierta de barro seco no era un hombre con el que un cazador Oona-Gori se sentara a hablar.
Durmió cuatro horas la primera noche, debajo de un saliente de roca, sin fuego. Comió dos puñados de unas bayas que Vakar le había enseñado a reconocer durante el primer mes. Bebió del río. Siguió caminando.
Durante las treinta horas de marcha pensó en una sola cosa.
Nahira había muerto.
La cabeza no se permitió nombrar lo que aquello significaba. La cabeza se mantuvo ocupada en cosas pequeñas, calcular el tiempo que tardaría en llegar al campamento, planificar cómo le contaría a Gorath lo de la poza, decidir qué haría con Rojo después. La cabeza funcionaba así.
El cuerpo sí lloraba. Sin permiso. Por su cuenta. A intervalos. Le salían dos lágrimas en mitad de una legua, y se le caían en el polvo del camino sin que la cabeza decidiera nada al respecto. Beltrán las dejaba caer y seguía andando.
Entendió, en una de las cuestas de la segunda mañana, una cosa pequeña y exacta.
La “cura” le cosía el cuerpo. No le cosía lo demás.
Aquello que tenía dentro y que llevaba cuatro meses arreglándolo de heridas, no se ocupaba de las cosas que un hombre sí se cose solo.
Iba a tener que hacerlo él mismo, después, algún día.
Llegó a la Roca Partida al final del segundo día.
No llegó al campamento. Llegó al risco desde el que se veía el campamento por arriba.
El risco al que Vakar le había llevado en una de las primeras semanas, donde le había explicado el sistema de tiendas, la disposición de los caballos, las rondas.
Beltrán se asomó al risco con el cuerpo pegado a la roca, como un cazador que vigila lo que no quiere que lo vea a él antes.
El campamento estaba abajo.
No como lo recordaba.
La primera fila de tiendas estaba caída.
La tienda principal de Gorath, la más grande, tenía un agujero negro en el techo y la entrada chamuscada.
Tres tiendas más al norte habían ardido del todo, quedaban los postes desnudos, ennegrecidos, como costillas peladas.
El establo del clan estaba abierto, con los postes que Beltrán había enterrado con Vakar y Drahn arrancados o partidos. No había caballos.
No había gente.
Beltrán contó los humos. Tres columnas de humo. Una de la tienda principal, una de las tres del norte, una en lo que había sido la zona de las cocinas comunales. Los humos eran finos, blancos. Llevaban días apagándose. Lo que había ardido, había ardido tres o cuatro días atrás.
Mientras él estaba con Nahira en la poza.
Mientras Malcampo entraba al campamento por el oeste con una espada que no había visto antes.
No. Malcampo no había entrado solo. Malcampo había ido al río. Otros habían entrado al campamento.
Esos Hideputas habían enviado más gente.
Beltrán bajó al campamento.
Los primeros cuerpos los encontró en la entrada.
Eran tres mujeres. Las habían matado donde estaban.
Una junto al pozo, dos en la entrada de una tienda pequeña.
La mujer del pozo era la madre de Roan. Beltrán lo supo por la trenza larga que se había quedado en el suelo.
Las otras dos no las identificó. Los cuerpos llevaban dos días a la intemperie.
La temperatura del otoño tardío los había conservado lo justo para que la cara siguiera siendo cara.
No se detuvo.
Caminó hacia el centro del campamento. Vio más cuerpos a medida que avanzaba.
Dos cazadores jóvenes caídos junto a la tienda comunal.
Un viejo con la lanza partida en la mano.
Una niña pequeña junto a un cesto de raíces volcado.
La cuenta vieja, la de los muertos, empezó a subir en la cabeza de Beltrán y en algún momento se paró de subir.
La cabeza había decidido que aquella cuenta ya no la iba a llevar nunca más.
Vakar estaba en la entrada de la tienda principal.
Lo encontró al cruzar el centro del campamento.
El cuerpo estaba en una postura que Beltrán reconoció, caído de rodillas, con la espalda contra el poste de la entrada, la lanza todavía en la mano derecha, con la punta cubierta de algo oscuro que no era sangre Oona-Gori.
Había matado o herido a alguien antes de morir. Había muerto cubriendo la entrada.
Beltrán se arrodilló a su lado un momento.
No le cerró los ojos. Vakar tenía los ojos abiertos, mirando al norte, hacia el risco. Beltrán decidió que aquellos ojos habían elegido lo último que iban a mirar y que cerrarlos era una intrusión.
—Vakar.
No añadió más. No había forma de añadir más. Le tocó un instante el dorso de la mano que sostenía la lanza. Después se levantó y siguió.
Drahn lo encontró caído boca abajo en el camino que subía hacia las Grietas. Iba sin armas. Iba descalzo. Beltrán entendió al verlo. Drahn no había muerto peleando. Había muerto corriendo. Iba a las Grietas.
Las Grietas. Las cuevas del oeste.
Beltrán levantó la cabeza por primera vez desde que había bajado al campamento.
Las Grietas eran un sistema de cuevas naturales que se abrían en la pared rocosa de la sierra a una hora a paso desde el campamento.
Vakar le había llevado allí dos veces, una para enseñarle el sitio, otra para entrenar contra paredes.
Las Grietas no aparecían en los mapas. Las conocía solo el clan.
Gorath, si había visto venir el ataque, habría mandado a las mujeres y los niños a las Grietas antes de que llegaran los jinetes. Habría ordenado la dispersión. Habría dejado a los cazadores para cubrir la retirada.
Beltrán cogió la lanza de Vakar de la mano del muerto. Vakar no la había terminado de soltar; los dedos cedieron despacio. Beltrán la limpió contra la manga de su propia camisa, la sostuvo un momento en la mano y se la quedó.
Subió hacia las Grietas a paso más rápido del que la pierna le permitía con comodidad.
La primera Grieta estaba vacía. La segunda también. La tercera tenía dentro a una mujer mayor sentada junto a la entrada con una lanza corta atravesada en el regazo. La mujer levantó la lanza al verlo aparecer en el umbral. Beltrán se paró.
Era la madre de Vasharkh.
La misma a la que Gorath le había dicho, dos meses atrás, que su hijo había cazado bien.
—Beltrán.
—Soy yo.
—Creíamos que estabas muerto.
—Yo también.
La mujer bajó la lanza. Se la quedó mirando un momento, valorando si era él de verdad o algo que parecía él. Beltrán la dejó hacer. Después la mujer asintió una sola vez.
—Pasa.
Dentro de la Grieta había diecisiete personas.
Las contó sin querer. Doce mujeres y cinco niños. Las mujeres estaban sentadas en grupos de tres y cuatro, en el suelo de la cueva, con mantas sobre los hombros. Los cinco niños estaban juntos en un rincón del fondo, dormidos sobre un jergón improvisado.
Gorath estaba sentado al fondo de la Grieta, con la espalda contra la pared. Tenía un brazo en cabestrillo y una venda manchada en la frente. Levantó los ojos cuando Beltrán entró.
No dijo nada durante varios segundos.
Después asintió una vez.
—Siéntate.
Beltrán se sentó frente a Gorath en el suelo de la cueva.