Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 29. El Azharov #2
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29. El Azharov #2

Tessana fue la primera en reaccionar. Se giró hacia el arco norte con el cuchillo en la mano.

Un hombre descalzo le agarró la muñeca, se la torció hacia abajo y le quitó el cuchillo con un gesto que no se aprendía.

Se nacía con él. Tessana cayó de rodillas.

Le pusieron una mano en la nuca y la mantuvieron ahí.

Mara no se movió. Lupe tampoco. Beatriz se pegó al pretil del puente con el rosario entre los dedos.

Asshai Gadir apareció detrás de los del sur.

Caminaba sin prisa. Llevaba la túnica larga de estar en casa, las manos cruzadas a la espalda, y la expresión de un hombre que llega a una cita que tenía marcada en el calendario desde hacía semanas. No llevaba armas. No las necesitaba.

—Lupe —dijo. Usó su nombre con la misma inflexión con la que lo usaba en la torre, cuando le pedía que bajara a cenar—. Qué noche tan larga.

Se detuvo a tres pasos de ella. Miró la bolsa que Lupe llevaba cruzada al pecho. Después miró a Mara. Después a Tessana, de rodillas en el empedrado. Después a Beatriz.

—Cuatro —dijo—. Me dijeron que serían cuatro. No me dijeron que una de ellas sería Khasara.

Mara no cambió de expresión. Pero Lupe la vio tragar.

Asshai se volvió hacia Lupe.

—Lupe.

Lupe no se movió.

—Lupe, te he echado de menos. —Asshai se sacó las manos de la espalda.

Las tenía vacías. Las extendió con las palmas hacia arriba, como un vendedor que muestra que no esconde nada—.

Mira. Aquí no hay trampa. Llevo cuatro días esperando esta noche.

Desde que Verena le mandó un mensaje a alguien, y ese alguien le mandó otro mensaje a otro alguien, y ese segundo mensaje acabó en una mesa que sí era mía.

Once días para decidir si te dejaba salir de la casa o si te encerraba con dos cerrojos.

—¿Y por qué me dejaste salir?

—Porque quería saber a dónde ibas. Hasta hace una hora pensaba que era una fuga. Empiezo a pensar que es otra cosa.

Lupe sintió el frío del empedrado subirle por las piernas.

Asshai la había dejado salir. Le había abierto la puerta lateral, había aguantado una cena entera con un Archivero al que no soportaba, había mantenido a sus hombres lejos de la casa para no espantarla, todo para verla aparecer en este puente con tres mujeres más.

Y había cerrado la trampa en el único sitio que las cuatro tenían que cruzar para salir de Aruan.

—¿Verena? —preguntó Lupe.

—Verena lleva muerta desde las once. La encontrarán mañana en el canal del barrio bajo. Una caída desafortunada.

Lupe cerró los ojos un instante.

—Ahora la bolsa, Lupe —dijo Asshai—. La llevas cruzada al pecho desde que has aparecido en el puente.

No la has soltado ni cuando te has arrodillado.

Sea lo que sea, lo quiero ver. Y después hablamos de lo que pasa con vosotras cuatro.

Tengo un plan para eso también. No os va a gustar, pero os va a mantener vivas.

Las cuatro. Soy un hombre práctico, Lupe.

Las mujeres útiles no se matan. Se reubican.

Lupe no abrió la bolsa.

Asshai esperó. El silencio del puente era denso, roto solo por el goteo de las antorchas y el murmullo del canal debajo. Los hombres descalzos no se habían movido. Diez estatuas de acero y cuero que respiraban sin hacer ruido.

—No me hagas pedirlo tres veces —dijo Asshai—. A la tercera ya no te lo pido a ti.

Miró a Beatriz.

Beatriz estaba de pie contra el pretil, con el rosario apretado contra el pecho. Temblaba, pero no del modo en que tiemblan los cobardes. Temblaba del modo en que tiembla la gente que entiende lo que está pasando y no tiene ningún sitio adonde ir.

—Beatriz no tiene nada que ver con esto —dijo Lupe.

—Beatriz tiene que ver con todo. Beatriz es la razón por la que tú cooperas.

Todo el mundo tiene una Beatriz. El secreto de la gestión, Lupe, es saber cuál de las piezas del tablero le importa a cada jugador.

Lo que llevas en la bolsa te importa. Pero Beatriz te importa más.

Lo veo en cómo la miras cuando entro yo.

Asshai levantó dos dedos de la mano derecha.

—La bolsa. Última vez.

Lupe abrió la bolsa. Sacó el Azharov. Lo sostuvo frente a ella con las dos manos, como una ofrenda que le pesaba más de lo que pesaba.

Asshai se acercó. Lo cogió. Lo abrió por la primera página, leyó la caligrafía vieja, la palabra. Cerró el libro despacio. Por primera vez en cinco semanas, Lupe vio cambiar la cara de Asshai Gadir.

—Vaya.

Se quedó muy quieto. Pasó la mano por la encuadernación, despacio, como un hombre que reconoce una piel por el tacto. Levantó los ojos hacia Lupe.

—No pensaba que fueses a robar, Lupe. Te has cubierto de gloria. Lo que tienes aquí dentro vale más que una casa. Más que diez casas. Y yo no lo sabía. Has subido de precio mientras dormías en mi techo.

Se lo pasó a un hombre descalzo que lo guardó en un fardo de cuero.

—Bien —dijo—. Ahora las cuatro venís conmigo. A la torre. Mañana salimos hacia el este. Hay gente que quiere hablar con todas vosotras, y la conversación va a ser larga.

—Has dicho que nos mantendrías vivas —dijo Lupe.

—Y lo haré. —Asshai se ajustó la túnica—. Pero no he dicho que os fuera a mantener juntas.

Lo dijo sin inflexión. Como quien lee un contrato. A Mara la miró al decirlo, y Mara le devolvió la mirada con una cara que Lupe no le había visto nunca, la cara de una mujer que sabe exactamente lo que significa ser separada de las personas a las que protege.

—Ah, y una cosa más —dijo Asshai, volviéndose hacia Beatriz—. He dicho que solo las mujeres útiles no se matan.

Lupe se giró.

El gesto de Asshai fue mínimo. Dos dedos. Un hombre descalzo se movió detrás de Beatriz. Lupe vio el cuchillo. Vio la mano que agarraba el pelo de Beatriz y le echaba la cabeza hacia atrás. Vio la hoja cruzar la garganta con un trazo corto, profesional, sin vacilación.

Beatriz cayó.

El rosario de madera de olivo golpeó el empedrado del puente y rodó hasta detenerse contra el pie de Lupe.

Lupe no gritó.

Quiso gritar. El grito le subió desde el pecho hasta la garganta y se quedó ahí, atascado, ocupándole todo el espacio que debería haber ocupado el aire. Las piernas le fallaron. Las rodillas golpearon la piedra mojada del puente.

Mara no se había movido. Tessana seguía de rodillas con la mano en la nuca. Las dos miraban a Beatriz sabiendo, por experiencia, que un mal movimiento haría que la acompañaran al inframundo.

Asshai se giró hacia sus hombres.

—Las llevaréis a la torre. Las tres. Que no hablen entre ellas. Mañana decidimos—

Y entonces el primer hombre descalzo se llevó las manos a la cara.

Fue un gesto raro. Las dos manos abiertas contra los ojos, como si quisiera arrancarse algo que le había entrado dentro. Lupe lo oyó jadear una vez, un sonido húmedo y corto, y después vio lo que le pasaba en la piel.

Le empezó en las manos. La piel se le oscureció desde los nudillos hacia las muñecas, como si algo debajo la estuviera quemando por dentro.

No era fuego. No había llama. Era un cambio de color que avanzaba por la carne con la velocidad de una mancha de tinta en el agua.

Le llegó a la cara en tres segundos. La sangre le salió por los ojos en dos líneas limpias, verticales, que le bajaron por las mejillas como lágrimas rojas. No gritó. Se desplomó.

El segundo empezó a convulsionar de pie. El tercero intentó correr. Le fallaron las piernas a mitad del paso, como si alguien le hubiera cortado los tendones sin tocarle. Cayó de bruces contra el empedrado y se quedó temblando con un ruido de dientes que Lupe iba a recordar durante mucho tiempo.

Asshai retrocedió un paso. Fue lo único que le dio tiempo a hacer.

Los seis restantes cayeron a la vez. Sin secuencia. Sin orden. Algunos se agarraban la cara. Otros el pecho. Uno se rascaba los antebrazos con las uñas, arrancándose tiras de piel que ya estaban oscuras y que olían a cobre caliente.

El puente olía a cobre y a algo más. Algo orgánico, dulzón, que le recordó a Lupe al olor de las heridas que supuran.

Asshai miró a su alrededor. Lupe le vio la cara. Por primera vez en las cinco semanas que llevaba conociéndole, Asshai Gadir no tenía respuesta. Estaba calculando. Pero lo que estaba pasando no cabía en el cálculo.

—¿Qué coño…

No terminó la frase.

Le empezó en los ojos. Las pupilas se le dilataron hasta ocupar el iris entero.

Dos discos negros que miraban sin ver. La sangre le bajó por la nariz, por las orejas, por las comisuras de los labios.

La piel de la frente se le oscureció. Asshai se llevó las manos a la garganta.

Fue un gesto de dolor mezclado con sorpresa, la sorpresa del hombre que entiende, en el último segundo, que lo que le está pasando no tiene defensa.

Cayó de rodillas. El Azharov se le escurrió de las manos y aterrizó abierto sobre el empedrado mojado, con las páginas hacia arriba. Asshai se derrumbó encima.

El puente quedó en silencio.

Diez hombres y Asshai Gadir en el suelo. El olor a cobre y a carne quemada llenaba el arco del puente. Las antorchas seguían ardiendo. El agua del canal corría debajo sin enterarse de nada.

Lupe estaba de rodillas. Mara estaba de pie. Tessana estaba pegada al pretil con los ojos muy abiertos y las manos temblando.

Ninguna de las tres se había movido.

El hombre apareció al final del puente.

No había estado ahí antes. Lupe estaba segura. Había mirado el arco norte cuando los hombres descalzos habían cerrado la salida, y no había nadie detrás. Ahora había alguien.

Era un hombre viejo. Muy viejo. Alto, encorvado, con una túnica oscura que le llegaba a los pies y un pelo blanco largo recogido en la nuca. Caminaba despacio, con el paso cauteloso de quien ya ha caído alguna vez. No llevaba armas. No llevaba nada en las manos.

Cruzó el puente entre los cuerpos sin mirarlos. Pasó por encima de un brazo extendido sin detenerse. Se agachó junto al cuerpo de Asshai, le apartó el hombro con cuidado, y recogió el Azharov del suelo. Lo cerró. Le sacudió la humedad del lomo con la manga de la túnica.

Se incorporó.

Miró a las tres mujeres.

Tenía los ojos claros, hundidos en unas cuencas profundas, y la piel de la cara de un blanco amarillento, un blanco de porcelana vieja, como si la sangre circulara por debajo, pero hubiera dejado de dar color hacía mucho tiempo. Le temblaba ligeramente la mano izquierda.

—Buenas noches —dijo—. Mi nombre es Solomon Suliman. Si no les importa, me voy a quedar con esto.