Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 29. El Azharov
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29. El Azharov

El cilindro se detuvo.

Lupe no oyó nada que se lo dijera. Lo supo porque el suelo dejó de empujarle las plantas de los pies. Miró hacia arriba. La transparencia del cristal le devolvió el reflejo de su propia cara contra una oscuridad que ya no se movía.

La pared lateral se deslizó sin ruido.

La sala que se abrió al otro lado era más pequeña que la de abajo. Redonda. Sin ventanas. La luz no venía de ningún farol: venía del techo, una claridad pálida que no proyectaba sombras y que aplanaba las formas como un amanecer detenido. Lupe salió del cilindro. El cristal se cerró detrás de ella.

En el centro de la sala había un pedestal de piedra negra. Encima del pedestal, una urna.

Lupe se quedó quieta un momento.

La urna era un solo bloque de cristal. Un cubo de medio metro de lado, sin junturas, sin tapa, sin bisagras. Dentro, suspendido en el centro, un libro. Encuadernación en piel oscura, sin título en el lomo.

El Azharov.

Lupe se acercó. Contó cuatro pasos del cilindro al pedestal.

La piedra del suelo era lisa y fría incluso a través de las suelas.

Rodeó la urna despacio. Examinó el cristal desde los cuatro lados.

Lo tocó con la yema. Era una sola pieza.

No había costuras. No había esquinas pegadas.

El libro de dentro y el aire de dentro estaban encerrados en un objeto que no se había abierto hace tiempo.

Empujó la urna con las dos manos. No se movió. Pesaba más de lo que su tamaño permitía imaginar, como si dentro tuviera plomo en vez de aire. Lupe puso la palma encima, esperando una rendija que no estaba. Pasó las uñas por la base. Nada.

Lo intentó otra vez. Apoyó el hombro contra una de las caras y empujó con el peso del cuerpo.

La urna no cedió ni un dedo. Volvió a rodearla.

Examinó los cuatro lados, buscando una grieta, una junta, un punto donde el cristal se hubiera unido al cristal.

No había. La urna seguía siendo lo que ya había visto al entrar: un solo bloque, una sola pieza, una sola decisión de un fabricante muerto hacía siglos.

Lupe se irguió. Se pasó la mano por la nuca. La pulsera de hueso de Mara le rozó la sien, dura, fría. Le tembló un poco, de cansancio. Había llegado hasta una sala que ningún archivero ortodoxo había encontrado nunca, y se había quedado parada delante de un cubo de cristal que no se abría.

Golpeó la urna con la palma. Suave, casi por desahogo. El cristal devolvió un sonido apagado, sólido, sin reverberación.

Lupe dio un paso atrás. Miró el cilindro. Miró otra vez la urna. Volvía a estar donde había empezado.

La cadena del cuello tiró.

Fue un tirón firme, no fuerte. Como si alguien le hubiera enganchado un dedo en la cadena y la estirara hacia delante.

Lupe bajó la vista. El trébol, el que había sacado del busto del despacho del médico, el que llevaba al cuello desde Tolusa sin pensárselo, estaba estirado hacia la urna.

La cadena tensada, casi horizontal. El metal iridiscente brillaba con un tono que la luz del techo no le había sacado hasta ahora.

Lupe se llevó la mano al cuello. Soltó el broche. Sostuvo el trébol en la palma.

No lo entendía. Pero lo sostenía.

El trébol pesaba más en la dirección de la urna que en cualquier otra. Lupe abrió los dedos un poco. El trébol se inclinó sobre la palma como una aguja sobre un dial. Lupe ablandó los dedos más.

El trébol saltó los últimos dedos por su cuenta.

Cruzó el aire en una línea recta y golpeó el cristal de la urna con un clic seco, metálico, que Lupe oyó más con los huesos de la muñeca que con los oídos. Se quedó pegado a la pared lateral del cubo de cristal. Inmóvil. Como si alguien lo hubiera soldado ahí.

Durante un latido no pasó nada.

Después, el cristal alrededor del trébol cambió.

No se fundió. No se rompió. No cedió como cede un cerrojo.

Una franja del cristal, del tamaño de una puerta pequeña, perdió firmeza.

Lupe la vio sin verla, porque la franja seguía siendo transparente, pero había dejado de ser sólida.

El aire de la sala se movía a través de ella con un pequeño temblor, como si el cristal se hubiera convertido en una membrana de agua quieta.

Lupe metió la mano.

La franja cedió al paso de los dedos sin oponer resistencia. La piel se le quedó fría al cruzar, un frío seco, sin humedad, sin tacto. Tocó el lomo del libro. Lo agarró con cuidado. Cerró los dedos sobre la piel oscura de la encuadernación. Sacó el brazo.

El Azharov estaba en su mano.

Lupe lo miró. Pesaba menos de lo que esperaba para un libro que llevaba siglos cerrado. Respiró una vez, larga, contra los dientes.

Tiró del trébol con cuidado. La cadena se tensó. El metal se despegó del cristal con un pequeño esfuerzo, dejando una marca tenue, una sombra circular sobre la pared de la urna, que duró dos latidos y se borró. La franja transparente recuperó su firmeza. La urna volvió a ser un solo bloque.

Lupe se colgó el trébol del cuello otra vez. Cerró el broche. Apretó el Azharov contra el pecho. Lo metió dentro del jubón, contra el lino blanco que llevaba pegado al cuerpo, y se cruzó la bolsa por encima para sujetarlo.

Dio un paso atrás. Miró la sala una última vez.

La urna vacía seguía en el pedestal. La luz del techo seguía sin proyectar sombras. La pared del cilindro seguía abierta detrás de ella.

Lupe volvió al cilindro.

Metió una pierna. La otra. El cristal sostuvo el peso, como antes. La pared se cerró detrás de ella.

Se quedó quieta.

El cilindro no se movió.

Un segundo. Dos. Tres.

No , pensó.

El cilindro empezó a bajar.

Lupe puso la mano contra la pared curva. El cristal estaba tibio otra vez. Por la transparencia se veía la sala superior alejándose hacia arriba, el pedestal, la urna vacía, la luz pálida, hasta que el cilindro entró en el conducto y todo se volvió piedra.

Lupe contuvo el aliento. La sección sellada de abajo aparecería en pocos segundos.

Las cuatro paredes con los cuadros recolocados.

El farol. Tendría que cruzar otra vez los pasillos del Archivero, deshacer el camino, encontrar a Verena despierta o no, salir por la escalera de servicio, cruzar el jardín y trepar el muro.

El cilindro pasó de largo.

Lupe lo notó sin entenderlo. La piedra del conducto siguió fluyendo hacia arriba en la transparencia del cristal, una pared lisa, sin marcas, sin claraboyas, y la sección sellada nunca apareció. El cilindro seguía descendiendo. Un piso. Dos. La velocidad no cambió. La pared lateral tampoco.

Lupe entendió con un pequeño vacío en el estómago que el cilindro no respondía a su orden. No iba a parar donde ella había subido. Iba a parar donde el dispositivo había decidido. Y Lupe no sabía qué había debajo de la sección sellada de la Torre de las Nubes.

El cilindro se detuvo.

La pared lateral se deslizó.

La sala del otro lado estaba a oscuras.

Lupe sacó el yesquero del bolsillo del jubón. Encendió una de las velas pequeñas que llevaba en el cinturón, el farol se había quedado en la sección sellada, y avanzó con la llama por delante.

La sala era rectangular. Larga. Más baja de techo que las dos de arriba.

Las paredes eran de piedra clara, igual de lisas, pero el suelo estaba cubierto de polvo de años, removido en algunos sitios por pasos antiguos que ya nadie recordaba.

La luz de la vela alcanzó las primeras formas amontonadas contra las paredes.

Cajas. Cajón tras cajón, apilados sin orden.

Madera oscura. Sin etiquetar. Algunas estaban abiertas. Lupe se acercó.

Vacías.

Miró dentro de tres. Las tres vacías. Una con un par de trapos viejos. Otra con un fondo de cuerda enrollada que se deshizo en polvo cuando la tocó. La tercera, completamente seca.

No había nada allí. Ni libros, ni armas, ni reliquias. Una sala precataclísmica que la Iglesia había heredado y reutilizado como almacén hasta que dejó de almacenar nada y se olvidó de ella.

Lupe siguió avanzando. La vela le mostró el final de la sala. Una pared y, a la derecha de la pared, un hueco. Lupe se acercó con la llama.

Escaleras.

Un tramo corto, estrecho, de piedra mojada por la humedad de la tierra cercana. Subió tres varas y se detuvo contra una trampilla de madera en el techo. La trampilla tenía un cerrojo de hierro por dentro. Una pieza simple, de las que se descorren con la palma.

Lupe sonrió. Una tercera vez.

Subió las escaleras. El cerrojo cedió al primer intento.

Empujó la trampilla con el hombro y la madera se levantó con un quejido seco.

El aire de la noche le dio en la cara: aire libre, con olor a canal cercano y a verdura podrida de algún mercado que cerraba antes de medianoche. Lupe sacó la cabeza despacio.

Un callejón. Estrecho, sin iluminar. Detrás de un muro alto que reconoció sin verlo del todo. El muro exterior de la Torre de las Nubes.

No había nadie.

Lupe salió. Apagó la vela contra la suela de la bota. Cerró la trampilla detrás de sí. La madera encajaba justo en el empedrado del callejón y dejaba una junta tan limpia que un transeúnte no la habría visto.

Lupe se ajustó la bolsa cruzada. Comprobó que el Azharov seguía bien sujeto bajo el jubón. Tocó el trébol con la yema, en el cuello, una vez.

Echó a andar hacia el sur. El puente de los carniceros estaba a doce minutos de allí si caminaba rápido. Beatriz, Mara y Tessana llevaban esperando casi una hora.

Llegó al puente de los carniceros a las doce y cuarenta.

Las vio primero a las tres. Mara bajo el arco, de pie, inmóvil. Tessana junto a los caballos. Beatriz sentada en el pretil, con el rosario entre los dedos y la cabeza inclinada. Lupe abrió la bolsa.

—Lo tengo.

Mara asintió. Tessana empezó a soltar las riendas del primer caballo.

Y entonces se encendieron las antorchas.

Vinieron de los dos extremos del puente. Seis hombres descalzos saliendo del arco sur. Cuatro más del arco norte. Acero desnudo. Movimiento coordinado, sin gritos, sin órdenes, un cierre limpio que cortó las dos salidas en cinco latidos.