Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 28. Canciones de cuna. #2
88%

28. Canciones de cuna. #2

El farol dibujó un círculo amarillo sobre el suelo. Lupe avanzó hasta el centro, despacio, y levantó la luz.

La sala era cuadrada. Cuatro paredes lisas de piedra clara, una por punto cardinal, sin ventanas, sin estanterías.

Cada pared estaba ocupada por una hilera de cuadros.

Tres filas horizontales. Cuatro cuadros por fila.

Marcos idénticos, madera oscura sin tallar.

Pigmento seco sobre tabla, la técnica académica que la Iglesia enseñaba a sus pintores desde hacía generaciones.

Doce cuadros por pared. Cuarenta y ocho en total.

Iconografía religiosa. Lupe la reconoció antes de mirarla en profundidad.

Los cuadros de abajo mostraban al Uno antes del Cataclismo. Los del medio, al Hijo separándose del Innombrable. Los de arriba, las Tres Voluntades manifestadas. Serre, Naruan, Alur.

Lupe se acercó a la pared norte. Eligió el cuadro central de la fila media.

El Hijo, en pie sobre un campo árido, mantenía el brazo extendido hacia un lado.

De su costado salía una sombra alargada, oscura, con forma vagamente humana: el Innombrable abandonando el cuerpo del Salvador.

La luz del cuadro venía de un solo punto, alto, fuera del marco, y caía sobre el rostro del Hijo dejando media cara en penumbra.

A los pies de la sombra, casi imperceptibles, un cráneo, un fragmento de espejo roto, una flor de pétalos cerrados.

Lupe los nombró por dentro, uno a uno. Vanidad, conocimiento, fertilidad apagada.

Los símbolos que los pintores aruaneses ponían siempre que querían decir que aquello era el final de una era.

Pasó al siguiente. Las Tres Voluntades, fila de arriba.

Tres figuras dispuestas en triángulo, con la frente tocándose en un único punto donde nacía un haz dorado.

Serre a la izquierda, con las manos abiertas hacia afuera, los dedos un poco torcidos en gesto de viento.

Naruan a la derecha, la balanza en una palma, los platillos quietos.

Alur enfrentado al espectador, con el velo cubriéndole los ojos, pero no la boca que sonreía un poco.

La sonrisa de Alur era el detalle que la doctrina pedía a los pintores y que pocos sabían pintar bien.

En este cuadro estaba bien. La curva era exacta.

Lupe asintió. Quien hubiera pintado aquello sabía el oficio.

Dio una vuelta al centro. La luz subió por la pared este y bajó por la oeste sin encontrar nada que no fuera piedra y pintura. Ni atril. Ni pedestal. Ni cofre.

El Azharov no estaba allí.

Lupe se quedó muy quieta. El silencio de la cámara le llegó a los oídos como un peso fino.

Había cruzado medio Imperi. Había aguantado dos semanas en casa de Asshai. Había robado la llave del Archivero Mayor de Aruan. Había dejado a Beatriz en el puente.

Y el libro no estaba.

Se obligó a no soltar la palabra que se le subía a la lengua. La palabra era mierda y no convenía decirla en una cámara consagrada de Aruan a las dos de la madrugada.

Volvió a dar la vuelta, esta vez más despacio. Examinó cada cuadro por encima. Buscaba un marco distinto, una bisagra disimulada, un símbolo fuera de lugar. Nada. Los cuadros eran idénticos en factura, dispuestos con la simetría rigurosa de los retablos académicos. Iconografía de manual.

Se detuvo otra vez frente a la pared norte.

Los cuatro cuadros de arriba: las Tres Voluntades, repetidas en cuatro variaciones.

Los cuatro del medio: el Hijo escindido.

Los cuatro de abajo: el Uno antes del Cataclismo.

Lupe los leyó de arriba abajo, despacio, sin saber qué buscaba. Tres arriba. Dos en medio. Uno abajo.

Tres, dos, uno.

La cantinela le llegó antes de que la pensara, completa, en la voz aguda de las niñas que la cantaban en el patio del palacio.

Los tres son uno,

el uno es dos,

el Dos es tres,

y volvemos otra vez.

Lupe se quedó muy quieta.

Un olor a leche caliente y a lana mojada.

La institutriz aruanesa que su madre había mantenido en la casa hasta que Lupe cumplió ocho años.

Una vieja con los dedos teñidos por las especias del té que se preparaba ella misma.

Le ponía un juguete entre las manos, un prisma de tres anillos giratorios, con letras pintadas en cada cara, y le cantaba mientras Lupe lo movía con los dedos pequeños.

Tres giros arriba, uno en medio, dos abajo, y la cantinela volvía a empezar.

Cubo Trino.

Y entonces le vino la línea del Daemoniere.

La copia que su madre le dejaba al alcance en la biblioteca del ala oeste, con la encuadernación cosida tres veces y las páginas marcadas con tiras de seda gastadas.

Lupe la había leído cinco veces de adolescente, en parte porque era el único libro que Catalina nunca le explicaba.

La verdad del Hijo es tan sencilla como un Cubo Trino. Quien lo tocó de niño, lo recuerda.

Lupe se rio. Una sola vez, en voz baja. Una risa pequeña que se le escapó sin permiso.

La sala entera era el juguete.

Examinó otra vez los cuadros, esta vez con la cabeza puesta en el prisma de la infancia.

El juguete tenía tres anillos apilados. Cada anillo giraba por su cuenta, llevándose las letras de su cara a la cara siguiente.

La sala tenía tres filas de cuadros. Cada fila podía girar, no las paredes, los cuadros sobre las paredes, desplazando las imágenes de una pared a la siguiente.

Y la nana. La nana se la había cantado la institutriz vieja, y antes de la institutriz se la cantaba su madre cuando aún tenía voz. La nana que las nodrizas aruanesas cantaban a sus críos desde hacía siglos sin saber qué decían.

Lupe la tarareó bajito, contra los dientes. Doce palabras. Dos cifras por verso. El primer número decía qué fila. El segundo decía cuántos giros.

Los tres son uno. La fila tres, los Tres en lo alto, gira una vez.

El uno es dos. La fila uno, el Uno en el suelo, gira dos veces.

El Dos es tres. La fila dos, el Acontecimiento en el medio, gira tres veces.

Y volvemos otra vez.

Lupe sonrió. Una segunda vez. Pequeña, contra los dientes.

El conocimiento prohibido del Daemoniere, la teología hereje que su madre le había dejado leer sin explicarle, la cripta más sellada del Imperi.

Todo cifrado en una cantinela que los niños aruaneses canturreaban girando un juguete de madera mientras sus nodrizas les peinaban el pelo.

Trescientos años. Quinientos. Los que fueran. Generaciones enteras de archiveros entrando en aquella sala, leyendo los cuadros, asintiendo a la doctrina, saliendo sin haber tocado nada. La Iglesia se había sellado la puerta con su propio dogma.

Lupe se acercó a la pared norte y empezó por la fila de arriba.

Cogió el primer cuadro con cuidado. Pesaba menos de lo que esperaba: la tabla era fina, y el marco, hueco. Se descolgaba de su soporte deslizándolo hacia arriba, como una espada de su vaina. Lo trasladó a la pared este y lo encajó en el primer hueco. El sistema cedió sin resistencia. Encajaba.

Repitió con los otros tres cuadros de la fila superior. Pared norte a pared este. Pared este a pared sur. Pared sur a pared oeste. Pared oeste a pared norte. Cuatro movimientos. Un giro completo de la fila de arriba.

Los tres son uno.

Pasó a la fila inferior. Cogió el primer cuadro del Uno y lo trasladó. Después el segundo. El tercero. El cuarto. Otra vez los cuatro. Un giro más. Un segundo giro. Pared norte a pared este, pared este a pared sur, y así.

El uno es dos.

La fila media. El Hijo separándose del Innombrable.

Lupe movió los cuatro cuadros una vez, los movió dos veces, los movió tres.

Las manos empezaron a sudarle un poco. Concentración, no miedo.

Los cuadros pesaban poco, pero había que descolgarlos derechos para que no rasparan la piedra y dejaran marca.

El Dos es tres.

Encajó el último cuadro.

Y volvemos otra vez.

Lupe dio un paso atrás y miró.

Las cuatro paredes habían quedado dispuestas con un orden que ningún archivero ortodoxo habría reconocido como correcto y que sin embargo Lupe entendía como inevitable.

La cronología verdadera, leída de abajo arriba en cualquiera de las cuatro paredes: el Uno, después el Hijo escindido, después las Tres.

La doctrina hereje del Daemoniere encarnada en cuatro paredes a la vez.

Durante medio segundo no pasó nada.

Después, la sala se tiñó de verde.

Una luz suave, casi pálida, sin fuente visible.

Salía de la piedra. De las cuatro paredes a la vez.

Lupe sintió el cambio de temperatura en la cara antes que en las manos.

Una losa central del suelo, que ella había estado pisando sin saberlo, se hundió un dedo y empezó a abrirse en seis triángulos que se replegaron hacia los bordes con lentitud.

Por el hueco subió un cilindro de cristal.

Cristal limpio, sin marcas, sin reflejos.

Más alto que ella en dos cabezas. Lo bastante ancho para que cupiera una persona de pie.

El cilindro emergió del suelo y se detuvo.

Una sección lateral de la pared curva se deslizó hacia un lado, también sin ruido, y dejó una abertura por la que cabía un cuerpo.

Lupe se acercó. Examinó el borde del cristal. Sin junturas. Sin gozne. Sin mecanismo visible. La luz verde le iluminaba la cara desde dentro del cilindro. Un brillo bajo, casi acuoso, que venía del suelo del propio cilindro.

Esto no es buena idea , pensó.

Metió el pie derecho dentro. El cristal sostuvo el peso. Pasó la otra pierna. Se enderezó. La abertura lateral se cerró detrás de ella sin que ella hubiera dado ninguna orden y el cilindro empezó a subir.

Lupe puso una mano en la pared curva. El cristal estaba tibio.

Subía despacio. Por la transparencia se veía la sala alejándose hacia abajo: las cuatro paredes con los cuadros recolocados, la losa abierta en el suelo, el farol que ella había dejado encendido en el centro. La sala se hacía pequeña.

Lupe miró hacia arriba.

Subía hacia lo desconocido.