Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 28. Canciones de cuna.
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28. Canciones de cuna.

La noche de luna nueva, Lupe se vistió antes del anochecer.

La pulsera de hueso bajo la manga izquierda.

Una pulsera de servicio del mercado, las que llevaban las criadas que salían a buscar pescado de madrugada.

Mara la había apuntado en los registros del mercado de Aruan hacía diez días, asociada a un nombre que no existía, para que cualquier guardia que la parara en la calle viera una sirvienta legal y la dejara pasar.

El vestido oscuro de sirvienta nocturna que Mara le había hecho llegar dos días antes.

Basto, sin adornos, con el corte exacto de los que llevaban las mujeres del mercado en sus recados de noche.

Un pañuelo gris atado bajo la barbilla. Calzado de cuero blando que no sonaba en las losas.

El libro de mapas se quedó abierto sobre la mesa, como si lo fuera a seguir leyendo cuando volviera.

Era un detalle para Tessana, que entraría en algún momento de la noche y necesitaba ver una habitación viva.

No se miró al espejo.

Las mujeres que se miraban al espejo antes de salir a robar la cosa más vigilada de una ciudad llegaban a la cosa con la cara distinta, y ese cambio en la cara lo notaba cualquier guardia entrenado. Mara se lo había dicho dos noches antes. No te mires antes de salir. Te miras después, si vuelves.

Mara entró a la habitación cuando empezó a oscurecer.

No llevaba bandeja. No llevaba uniforme de la casa.

Llevaba un manto liso de viaje y, debajo, ropa de mujer del campo.

Lupe la miró un momento sin reconocerla del todo.

Mara sin la túnica oscura de la casa era una mujer mayor, delgada, de las que pasarían inadvertidas en cualquier mercado del Imperi.

—¿Lista?

—Lista.

—Asshai está abajo con los invitados. Ha bajado a las once. El último invitado llegó hace media hora. No va a subir hasta el alba.

—¿Beatriz?

—Tessana le ha llevado de cenar a la despensa hace una hora. Le ha dicho que esta noche duerme abajo porque la cocinera la quiere temprano para los desayunos de mañana. La encontraremos allí al bajar.

—¿Tessana?

—Tessana cree que la sacamos a usted en una caja, escondida, esta noche, porque el señor quiere mandarla de vuelta a Tolusa antes de que el Archivero suba a felicitarlo. Es lo que le he dicho. Ha creído cada palabra. Lleva una hora preparando los caballos en el barrio del registro.

Lupe asintió.

—¿Y después?

—Después, cuando estemos las cuatro fuera de las murallas, se lo cuento. Aquí dentro no le cuento nada.

Lupe le sostuvo la mirada.

—¿No le debes más?

—Le debo lo que le voy a dar, que es la salida. Lo demás no le hace falta.

Mara le tendió un cuchillo plegable, de filo corto, con el mango de hueso oscuro.

—Por si acaso.

—No sé usarlo.

—Sabes lo bastante. Si tienes que usarlo, no es para pelear. Es para no dejarte coger viva si te están a punto de coger.

Lupe cogió el cuchillo. Lo guardó en la manga derecha.

—Una cosa, Lupe.

—Dime.

—Si dentro de la Torre algo va mal, no vuelvas al puente de los carniceros.

Si vuelves al puente y te están siguiendo, llevas al perseguidor a tres mujeres más.

Si algo va mal, te pierdes en Aruan tú sola hasta el amanecer.

Las tres te esperaremos solo hasta el amanecer. Si no llegas, nos vamos sin ti.

—De acuerdo.

—Otra cosa.

—Dime.

—Si dentro de la Torre encuentras a alguien que no esperas, no negocies. No expliques. Si puedes esconderte, te escondes. Si no, sales. El libro no vale tu vida.

—Yo creo que sí.

—Pues piensas mal. El libro lleva trescientos años ahí y va a seguir estando ahí pasado mañana. Tu cuerpo solo lo tienes hoy.

Lupe no contestó.

Salieron.

Bajaron por la escalera de servicio.

La casa olía a comida fría, a vino tinto, a perfume de invitada que ya se había ido al salón.

Abajo se oía música. Alguien tocaba un instrumento de cuerda que Lupe no identificó, un sonido grave, lento, que descansaba más en el silencio entre notas que en las notas.

Risas. La voz baja de Asshai entre las otras voces, una nota más profunda que el resto.

La despensa estaba al fondo del pasillo de servicio.

Beatriz esperaba de pie con un hatillo pequeño en los brazos.

Tenía la cara muy quieta. No asustada. Preparada.

Llevaba un manto de criada por encima del vestido, con la capucha echada hacia atrás.

El rosario de madera de olivo entre los dedos, ese movimiento pequeño que Lupe le había visto hacer mil veces en el carruaje de Tolusa, en la torre del palacio, en los pasillos del ala sur.

Lupe le cogió las manos.

Mara abrió la puerta lateral que daba al callejón trasero.

Cerró detrás, y, antes de soltar el pomo, encajó en la cerradura un pequeño tarugo de madera.

Quien fuera el primero en intentar abrir esa puerta desde dentro al día siguiente se encontraría con que su llave no entraba.

No iba a parar a nadie más de unos minutos, pero unos minutos eran unos minutos.

Fuera, el callejón.

Paredes altas sin faroles. La luna nueva sobre el cielo como una ausencia de luna.

Tessana esperaba en la esquina con dos caballos cogidos del bocado. Llevaba el tercer caballo cargado con un par de alforjas pequeñas. Sonrió al ver a Lupe, una sonrisa breve, cómplice, la sonrisa de quien cree que está ayudando en una buena causa.

—Señora.

—Tessana.

Mara cortó antes de que Lupe pudiera decir más.

—Las tres al puente de los carniceros. La señora va por separado.

—¿No viene con nosotras?

—No.

Tessana miró a Lupe.

—La señora tiene que recoger una cosa por el camino. Nos reunimos en el puente. —Mara le puso la mano en el hombro a Tessana, sin apretar—. Andando.

Tessana asintió. La sonrisa se le había apagado un poco, pero las preguntas se las tragó. Los doce años que llevaba sirviendo en la casa le habían enseñado que las preguntas se hacen después.

Las cuatro se separaron. Mara, Tessana y Beatriz hacia el puente de los carniceros con los caballos. Lupe sola hacia la Torre de las Nubes.

Las calles estaban más vacías de lo que Lupe había esperado para una noche de luna nueva.

La gente de Aruan respetaba las lunas nuevas con la superstición discreta de las ciudades cultas, no se quedaba en casa, exactamente, pero las puertas se cerraban antes y las ventanas exhibían velas en menos número del habitual.

Cruzó tres patrullas en el camino. Una le miró la pulsera de hueso. La otra ni siquiera. La tercera le hizo un gesto neutro con la cabeza.

Llegó a la base de la Torre de las Nubes a las diez y cuarto.

La puerta del jardín de los archiveros se abrió con dos golpes suaves. Del otro lado, Verena. Una mujer de cuarenta años, con el pelo recogido en una redecilla, la cara de un funcionario cansado y los ojos de una persona que llevaba años esperando que algo se enderezara.

—Pasa.

Lupe pasó.

Verena cerró la puerta detrás. Dudó un instante antes de echar el cerrojo. Después lo echó.

—Mara me dijo treinta y siete monedas. ¿Las tiene?

Lupe abrió el bolsillo interior del manto. Le entregó la bolsa.

Verena la pesó en la mano sin abrirla. Asintió una vez.

—Ya me dará el resto cuando salga. Si sale.

—Saldré.

—No me lo prometa. Prométalo a sus muertos, si los tiene. A mí solo se me dan monedas.

Lupe se mordió el labio. Asintió.

Verena la guio hasta la sala de tránsito. Pasillos de piedra clara. Lámparas de aceite cada veinte pasos. Once puertas a la izquierda. Catorce a la derecha. No se cruzaron con nadie.

—Tiene hasta antes del amanecer. La puerta del jardín la cierro a las cinco.

Si no está fuera antes de las cinco, se queda dentro hasta que la encuentren al cambio de guardia, que es a las seis.

—Verena le tendió una llave de bronce y una pequeña lámpara de aceite—.

Despacho del Archivero Mayor: tercera puerta a la izquierda en las salas privadas.

La llave maestra está en un cofre dentro del segundo cajón.

Cabeza con tres muescas, más larga que las otras.

—¿Y la salida?

—Escalera de servicio al fondo de la sección sellada.

Baja al jardín por una puerta lateral. Luna nueva, no estará vigilada.

La puerta del jardín al callejón la dejo abierta dentro de cinco minutos, en cuanto suba a mi puesto.

Si está cerrada cuando salga, es que ha pasado algo.

No grite. Sube por la enredadera del muro norte.

—Entendido.

—Una cosa más. Si la oigo gritar, no voy a venir. Si la capturan, no la conozco. Si sobrevive y nos cruzamos en un pasillo de Aruan dentro de cinco años, no nos saludaremos.

—Me parece bien.

Verena la miró una vez más. Lupe vio, en el medio segundo que duró la mirada, la cara de una madre con una hija de cinco años ardiendo de fiebre en una cama de Aruan, y entendió por qué esa madre estaba abriendo la puerta del libro más vigilado de la ciudad por treinta y siete monedas de oro y un broche.

Verena se fue.

Lupe entró en la sala de tránsito. Cruzó a las salas privadas.

Tercera puerta a la izquierda, escudo con balanza y libro.

La llave de bronce entró. El despacho del Archivero Mayor era más pequeño de lo que había imaginado.

Una lámpara de aceite encendida con la llama baja.

Eso le dio mala espina. Un hombre que estaba en una cena no dejaba la lámpara encendida. Decidió seguir.

Segundo cajón. Cofre. Llave. Tres llaves dentro. La de tres muescas. La cogió. Cerró. Devolvió. Salió.

En el pasillo oyó pasos. Se metió en una hornacina sin vela. Dos hombres cruzaron la sala de tránsito hablando en voz baja.

—…tres semanas y nada.

—Tampoco vamos a dejar de buscarlo.

Se alejaron. Lupe esperó cinco respiraciones. Salió. Cruzó a la sección sellada.

La llave de tres muescas cedió a la segunda vuelta.

La puerta se cerró detrás de ella.

Lupe respiró por la nariz. El aire de la cámara olía a piedra y a cera vieja, sin el moho que esperaba. Alguien limpiaba aquello más de lo que la doctrina admitía.