Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 27. Un anillo de flores. #3
85%

27. Un anillo de flores. #3

Beltrán había practicado todos los gestos estas últimas semanas los días que no podía dormir, sin pretender ejecutarlo nunca, por puro homenaje.

Lo había hecho miles de veces contra el aire.

Lo había hecho borracho, sobrio, con fiebre, con resaca.

Lo había hecho con la zurdona y con la ropera.

Lo había hecho cuando su mente quería hacerlo y cuando su mente prefería no recordar a Gaspar.

Las manos lo sabían ya hacer en un solo tiempo.

Beltrán lo había comprobado contra el aire muchas noches.

Lo que no sabía era si las manos eran capaces de hacerlo contra un hombre.

Iba a saberlo en los siguientes tres segundos.

Malcampo le entró con un mandoble alto. Beltrán lo dejó entrar.

Lo dejó entrar dos dedos más de lo que un sicario habría dejado entrar a una hoja larga.

Sintió el filo rozarle la sien izquierda.

Sintió el aire del corte pasándole por encima del pómulo.

Y en el segundo justo en que Malcampo estaba terminando de bajar el mandoble, con el cuerpo entero comprometido en el ataque, con la espada larga en su trayectoria descendente, con el costado izquierdo de Malcampo abierto durante medio segundo para que la hoja siguiera su camino, Beltrán hizo los tres movimientos.

Uno.

Entrada baja a la pierna izquierda de Malcampo. Lenta. Deliberadamente lenta. Una invitación.

Dos.

La zurdona cambió de mano. De la izquierda a la derecha. Beltrán había hecho aquel gesto contra el aire diez mil veces. La empuñadura le besó la palma derecha en el sitio exacto en que la palma derecha la esperaba.

Tres.

La hoja subió en diagonal, desde la cadera derecha de Beltrán, atravesando el aire en un ángulo que ningún mandoble podría detener, y entró en el cuello de Malcampo por el lado izquierdo, justo debajo del lóbulo de la oreja, en el hueco entre la mandíbula y la clavícula.

Entró entera. Hasta la guarda.

Los tres movimientos en un solo tiempo.

Malcampo se quedó quieto.

La espada larga siguió cayendo, por inercia, y se le soltó de la mano antes de tocar a Beltrán. La sonrisa medio segundo más larga que tenía cuando había empezado la pelea seguía en su cara. Pero algo en los ojos había cambiado.

Beltrán y él estaban a un palmo, con la zurdona enterrada hasta la guarda en el cuello del segundo.

Malcampo intentó decir algo. La sangre le impidió articularlo. Lo último que salió de su boca fue un sonido metálico, fino, como el roce de un metal contra otro, nada parecido a la voz de un hombre.

La mandíbula cedió.

Malcampo se desplomó hacia atrás.

Dio un paso. Otro. Le faltó el suelo.

El reborde del cantil estaba a dos pasos detrás.

Beltrán no le soltó la zurdona a tiempo, tenía la mano pegada a la empuñadura, atrapada en el momento, y la inercia de Malcampo cayendo hacia atrás tiró de él por el brazo derecho.

Los dos cayeron.

La caída duró una respiración.

Beltrán alcanzó a ver el cielo girándose por encima de él.

Vio la espalda de Malcampo perder forma en el aire, los brazos abriéndose, las piernas separándose en una postura imposible.

Vio la pared de roca clara del cantil pasarle a un palmo a la izquierda.

Vio el reflejo del agua de la poza acercándose como un espejo oscuro al que se le hubiera quitado el respaldo.

Golpeó el agua de espaldas.

El golpe fue duro. La poza era profunda, como había dicho Nahira, donde el agua era más clara, pero las seis varas de caída la convirtieron en un suelo. Beltrán sintió algo cruzarse dentro del costado derecho. La cabeza se le fue hacia atrás. La zurdona se le soltó de la mano por fin.

Se hundió.

Vio el agua oscurecerse a su alrededor. Vio, más arriba, la silueta de Malcampo cayendo también, más pesada, más lenta. La empuñadura de la zurdona le sobresalía todavía del cuello.

Beltrán tragó agua.

El peso del cuerpo lo llevó hacia el fondo.

La pierna herida del muslo no le respondía.

Ese extraño calor que sentía desde que sacó a Rojo de un cajón de madera, trabajaba en cuatro sitios distintos del cuerpo a la vez, el muslo, la raja diagonal del pecho, el corte del antebrazo, lo que se le hubiera roto al chocar con el agua, y el cuerpo no tenía energía para nadar además.

Vio el cielo a través del agua. Una mancha clara, redonda, lejana. La mancha se hacía más pequeña a medida que él se hundía.

Pensó en Rojo.

Fue el último pensamiento ordenado que tuvo. Pensó que el niño estaba con Vakar en el campamento, a tres horas a paso largo, y que no sabía nadar, y que no iba a entender que aquella mañana había sido la última en que iba a esperar que Beltrán volviera a la tienda al anochecer.

Después pensó en Nahira.

No lo pensó con palabras. Vio el anillo de hojas en la arena del remanso, junto a la mano abierta de ella, mientras el agua se llevaba la corriente despacio hacia el desagüe de la poza. Vio las tres flores blancas. Vio que el anillo estaba completo, cerrado, y que ella nunca lo iba a llevar puesto.

El agua le entró entera por la nariz.

La mancha clara del cielo se cerró.