Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 27. Un anillo de flores. #2
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27. Un anillo de flores. #2

Lo pensó al rato. Lo pensó cuando llevaba ya media docena de hebras trenzadas y tenía en la mano un anillo de hojas con tres flores blancas en la corona.

Lo pensó y entendió, con la lucidez fría que un hombre como él no se permite a menudo, que estaba haciendo una cosa que no había hecho nunca, que llevaba toda la vida creyendo que no haría jamás, y que la estaba haciendo sin haber decidido hacerla.

Iba a ponérselo a Nahira en el dedo.

Iba a hacerlo cuando ella se girara, sin avisar, sin protocolo, sin la solemnidad de las cosas que se hacen para que duren. Iba a ponérselo y a no decir nada, y Nahira iba a entenderlo o no iba a entenderlo, y en cualquiera de los dos casos el anillo iba a estar puesto.

Siguió trenzando.

La última hebra la encajó con cuidado. El anillo quedó cerrado. Las tres flores blancas en la corona se sostuvieron en su sitio.

Miró a Nahira. Iba a llamarla.

No le dio tiempo.

—Beltrán…

La voz de ella le entró por el oído derecho con un tono que no era el de los últimos minutos. Era un tono distinto. Tenía algo de pregunta, algo de aviso, algo de descubrimiento que no llegaba a ser sorpresa porque el cuerpo no le había dado tiempo a la sorpresa.

Beltrán levantó la cabeza.

Nahira lo miraba con la cara medio girada hacia él.

De su pecho, a la altura justa del corazón, un palmo por debajo de la clavícula, sobresalía una hoja de espada.

Medio palmo de acero limpio que había entrado por la espalda y había salido por delante atravesando el cuerpo de Nahira como atraviesa una aguja una tela fina. La hoja goteaba sangre por la punta, despacio, sobre la arena del remanso, una gota cada dos segundos.

Nahira miró a Beltrán. La cara no tenía dolor todavía. Tenía aquella confusión exacta de los que han sentido entrar el frio del acero antes de saber que el acero ha entrado.

La cara cambió al segundo.

La hoja se retiró hacia atrás. Salió del cuerpo de Nahira con la facilidad con que sale de la tela una aguja a la que ya no se necesita.

Nahira intentó hablar. No pudo. La sangre le entró en la boca antes que el aire, y lo último que dijo, si lo dijo, fue el principio del nombre de Beltrán, una sola sílaba abierta y rota.

Cayó hacia delante en el agua del remanso.

El anillo de hojas quedó entre los dedos cerrados de Beltrán.

Malcampo estaba detrás.

No lo había oído llegar. No lo había visto bajar el cantil. La poza, las seis varas de roca clara, el sendero lateral que solo conocía Nahira, nada de eso explicaba cómo aquel hombre estaba ahí.

La cara de Malcampo era la misma del vestíbulo de los Tavares.

Y no era la misma. La estructura seguía, los pómulos altos, la mandíbula cuadrada, los ojos juntos.

Pero la piel se había alterado. Había zonas en las que la carne no estaba donde debería estar.

Un hueco bajo el pómulo izquierdo. Manchas oscuras bajo la mandíbula, del color de la fruta que ha empezado a cambiar.

La oreja derecha más baja que la izquierda.

La sonrisa apareció.

—Beltrán Arcaluz.

La voz era casi la suya.

Beltrán no contestó. Soltó el anillo de hojas. Cayó a la arena del remanso, junto a la mano de Nahira, que seguía extendida en el agua.

Malcampo levantó la espada.

Fue una espada que Beltrán no había visto antes, más larga que las de Tolusa, más estrecha en el filo, con un metal que no reflejaba la luz como el acero normal, sino que la absorbía, devolviendo solo una franja oscura por el plano de la hoja.

La empuñadura era plana, sin guarda, diseñada para dos manos, pero sostenida ahora con una sola.

—Al final voy a tener que darte las gracias, Beltrán. Me siento mejor que nunca.

Beltrán no le miró a la cara. Seguía mirando el cuerpo de Nahira, que el agua del remanso había empezado a mover despacio, como si la poza no supiera todavía que estaba muerta.

—Qué has hecho, Malcampo.

No era una pregunta. Lo único que le quedaba decir.

—Algo equitativo. Tú me quitaste mi vida. Yo te quito la tuya.

Beltrán levantó la cabeza. Los ojos le ardían.

El pecho le pesaba de una manera que no tenía que ver con el esfuerzo físico un peso sordo, quieto, del tipo que se instala y ya nunca se va.

Recogió la zurdona de la arena. La agarró con las dos manos y los nudillos se le pusieron blancos en el acto, sin que él lo decidiera.

—Te voy a matar, Malcampo. No va a ser rápido. Voy a desangrarte despacio y cuando no te quede sangre voy a seguir matándote, y cuando acabe aquí voy a buscarte en el infierno y voy a matarte allí otra vez.

Malcampo no contestó de inmediato. Dejó pasar un segundo. La sonrisa le torció la cara hacia un lado, más de lo que una sonrisa debería torcer una cara.

—Mucha muerte parece esa para tan poca espada.

Arcaluz atacó primero esta vez.

La pelea duró más de lo que ninguna pelea de Beltrán había durado en los últimos años.

Malcampo se movía mejor de lo que se había movido nunca.

La velocidad no era la de Malcampo. Era una velocidad que su cuerpo no debería tener.

La fuerza tampoco. Y había algo más, algo que Beltrán tardó los primeros minutos en identificar y que entendió al cuarto cruce de aceros: Malcampo no se cansaba.

La primera estocada vino con un peso que casi le arrancó la zurdona de la mano.

Beltrán reculó dos pasos. Malcampo entró detrás, sin pausar, sin la respiración cortada de un hombre que pelea con técnica humana.

Cruzaron acero seis veces seguidas en menos de cuatro segundos.

Beltrán paró cuatro. Desvió una. La sexta le rasgó el antebrazo izquierdo.

La zurdona contra una espada larga era una pelea que un sicario veterano sabía perder con dignidad si no encontraba pronto un ángulo. Beltrán buscó el ángulo. Saltó a la izquierda, ganó el sendero lateral que subía al cantil, y empezó a subir.

Malcampo lo siguió.

Subieron las seis varas del cantil con la zurdona cruzando el aire cuatro veces durante el ascenso.

En el cuarto choque, Beltrán ya estaba en el reborde superior y Malcampo dos pasos por debajo.

Beltrán aprovechó el desnivel para tirarle una patada al hombro.

Malcampo recibió la patada sin dejar de subir y le devolvió una estocada hacia el muslo derecho.

La estocada entró.

Beltrán sintió el filo en el músculo profundo. Cuatro dedos de hoja. La pierna le tembló, el cuerpo lo sabía, la cabeza no decidía, pero en los segundos siguientes el muslo ya no chorreaba sangre.

Malcampo lo vio. Lo vio con esos ojos que ya no eran del todo ojos. Sonrió otra vez.

—Vaya vaya. Eso es trampa…

Beltrán no contestó. Aprovechó el medio segundo en que Malcampo estaba pendiente de la herida para tirarle una entrada baja con la zurdona. La hoja le entró a Malcampo en el costado izquierdo a la altura del riñón. Cuatro dedos de hoja, igual.

De la herida tampoco salió sangre a borbotones.

Malcampo no se inmovilizó.

Le devolvió un revuelo de hoja que Beltrán paró con la guarda y el doble corte siguiente le abrió a Beltrán una raja diagonal que le iba del hombro izquierdo al pecho. Le entró hondo. No se desangró, pero el dolor llegó entero y se quedó.

Beltrán entendió, en aquel momento, una cosa que había decidido no entender hasta entonces.

Aquella pelea no se ganaba con técnica.

Malcampo era ahora una cosa que no se cansaba, que se cerraba mal, pero se cerraba, que tenía en la mano una espada más larga, y que estaba dispuesto a perder pedazos durante el tiempo que hiciera falta para llevarse a Beltrán por delante.

Pelear contra una cosa así con técnica humana era retrasar lo inevitable.

Beltrán tenía dos opciones.

La primera era seguir intentando ganar el cruce. Iba a perderlo en cinco minutos.

La segunda era usar la estocada Infalible.

Gaspar se la había explicado tres veces en cuarenta años de entrenamiento.

No se la había enseñado. Se la había explicado.

Era la diferencia. Esa estocada es mía, muchacho.

El único golpe que es mío de verdad. Me lo inventé yo una noche que no dormía, y lo afiné diez años contra sacos y tablas.

El día que descubrí que funcionaba como funciona, decidí que se me moría conmigo.

Beltrán solo había visto a Gaspar hacerla una vez en serio. La última.

La estocada tenía tres movimientos.

El primero era una entrada baja a la pierna, deliberadamente lenta, para que el contrincante bajara la guardia.

El segundo era un cambio de mano de la espada en mitad del giro, un movimiento que un hombre no podía hacer sin perder el equilibrio.

El tercero era el que Gaspar nunca le había mostrado entero.

Era una estocada hacia arriba, en diagonal, desde la cadera del que la lanzaba hasta la base del cuello del que la recibía, aprovechando el segundo de desconcierto que producía el cambio de mano para meter la hoja por el único hueco que el cuerpo humano tenía sin armadura: la juntura entre la clavícula y la mandíbula.

Una estocada por debajo de la oreja.

Gaspar siempre decía que el truco no estaba en el gesto. El gesto era casi simple. El truco estaba en hacer los tres movimientos en un solo tiempo. Ahora entendió a que se refería.

Nadie hacía los tres movimientos en un solo tiempo. Los hombres separaban los tres en dos o tres tiempos. Y eso permitía al contrincante reaccionar al primer movimiento, recuperarse del segundo y bloquear el tercero.

Gaspar lo hacía en uno.

Lo había afinado diez años contra tablas y sacos hasta que las tres acciones fueron una sola.