Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 27. Un anillo de flores.
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27. Un anillo de flores.

Las semanas que siguieron a la vuelta del Tres Vientos fueron las más parecidas a la felicidad que Beltrán había vivido en cuarenta y tres años.

Empezó sin querer una mañana, mientras afilaba el cuchillo curvo Oona-Gori sentado en la entrada de la tienda.

Era un día frío, con sol limpio y viento del este.

Rojo dibujaba con un palo en la arena junto a sus pies.

Nahira pasaba a tres tiendas de distancia con un cuenco entre las manos.

Vakar entrenaba a un cazador joven en el círculo plano.

Una vieja contaba algo a las dos hijas de la mujer de Vasharkh. Las niñas escuchaban en silencio.

Beltrán siguió afilando.

Entendió, mientras pasaba la piedra por el filo, que hacía doce días que no pensaba en Tolusa.

Que llevaba dieciséis sin ponerle un nombre a lo que tenía con Nahira.

Que llevaba veinte sin contar respiraciones por la noche para dormirse, costumbre que arrastraba desde que era niño y que sin saberlo había dejado de necesitar.

Era una felicidad rara. No la de los hombres que han conseguido lo que querían. La de los hombres que han dejado de querer cosas que no pueden tener.

No era exactamente estar dentro, pero casi.

Drahn le habló una tarde mientras reformaban el establo del clan.

—Beltrán.

—Dime.

—Hay un sitio en el clan para ti, si quieres. Gorath no lo va a decir hasta que esté seguro. Pero lo ha hablado con dos de los ancianos. Hablaron de hacerte cazador adoptivo. Hace cinco generaciones que no se hace.

Beltrán siguió enterrando el poste.

—¿Por qué me lo dices tú?

—Porque un hombre tiene derecho a saber qué hay sobre la mesa antes de tomar una decisión.

Beltrán no contestó entonces.

Esa noche, sentado en la entrada de la tienda con Rojo dormido dentro, dejó que la idea le creciera por primera vez sin reprimirla.

Cazador adoptivo. Una palabra que ningún extranjero había llevado en cinco generaciones.

Una mujer que entraba en su tienda sin prisa.

Un niño que dormía sin agarrarse a nada porque ya había aprendido que la tienda iba a estar allí por la mañana.

Era todo lo que un hombre como él no se atrevía a haber pedido nunca.

Se permitió algo que no se había permitido en toda su vida.

Se permitió esperar.

Rojo cumplió años esa semana.

No los cumplió en realidad. Beltrán no sabía cuándo había nacido el crío. Lo decidió él mismo, con Nahira, una noche en la entrada de la tienda. Habían dicho juntos que un niño necesitaba un día al año que fuera suyo, y que escogerlo entre los dos era una forma menos torpe de hacerlo.

Eligieron el día en el que Beltrán había vuelto del Tres Vientos.

Nahira hizo un pan dulce con miel y una hierba que se llamaba salquir y que sabía a algo entre canela y miel. Rugh le talló al niño un caballo de madera del tamaño de la palma. Beltrán le dio el trozo de hueso de tres muescas que Vakar le había entregado la mañana del barranco.

Rojo no dijo nada. No hablaba todavía. Pero pasó el día con el caballo de madera apretado contra el pecho y con la mano izquierda tocando el hueso del cinturón cada cierto rato, como quien comprueba que algo importante sigue ahí.

Por la noche, en la tienda, Rojo se durmió antes que Beltrán por primera vez en muchas semanas.

Sin agarrarse a la piedra del río. Sin curvarse contra el costado de Beltrán.

Dormido boca arriba, con el caballo de madera a un lado del jergón y la respiración hueca y lenta de los niños que han aprendido a estar tranquilos.

Beltrán lo miró dormir un rato.

No se permitió pensar lo que estaba pensando. Había aprendido, con los años, que las cosas buenas duraban menos cuando un hombre se paraba a nombrarlas.

Nahira entró en su tienda esa misma noche.

Era la primera vez. No se sentó en la entrada. Apartó el faldón de la tienda, miró al niño dormido, miró a Beltrán, y entró.

Llevaba el pelo suelto. Beltrán no se lo había visto suelto nunca.

—¿Has pensado en irte? —preguntó ella en voz baja.

—No.

—¿Ni una vez?

Beltrán pensó.

—Una. Hace tres días. Pensé que en algún momento alguien me iba a buscar. Pensé que cuando me buscaran, yo no quería que el clan estuviera entre los buscadores y yo.

—¿Y después?

—Después pensé que llevo casi cuatro meses aquí y que nadie ha venido. Que quizá nadie venga.

—¿Lo crees?

—No lo creo. Pero es lo más parecido a una excusa que tengo para haberme quedado.

Nahira lo miró.

—Beltrán.

—Dime.

—No te quedes por excusas. Si te vas, vete bien. Si te quedas, quédate entero. Lo peor que puedes hacer es quedarte a medias.

Beltrán no contestó.

La miró un rato. Los ojos oscuros, la piel curtida del pómulo, la cicatriz pequeña en la parte alta del labio que llevaba desde la infancia y de la que nunca le había preguntado el origen.

Le puso la mano en la cara.

Nahira no se apartó.

No pasó nada más aquella noche. Pero a partir de aquella noche pasó todo lo que tenía que pasar a su ritmo, sin prisa, sin medirlo. Beltrán no estaba en una edad de prisa, y Nahira tampoco era mujer de las que medían estas cosas en una sola noche.

Dos semanas después, ya no necesitaban hablar de lo que tenían.

Fue Nahira quien propuso el río.

—Hay una poza al sur. A media mañana de aquí. La gente del clan no la usa porque queda lejos. Yo voy una vez al año, en otoño, antes de que se enfríe.

—¿Sola?

—Hasta hoy.

Salieron al amanecer. Dejaron a Rojo con Vakar, el niño ya no se separaba mal de Beltrán, había aprendido en cuatro meses que separarse de un adulto durante unas horas no significaba que el adulto desapareciera, y caminaron hacia el sur por un valle de hierba seca que Beltrán no había recorrido antes.

El trayecto era de un par de horas a paso largo.

Lo hicieron sin hablar mucho esta vez.

Beltrán llevaba la zurdona al cinto, pero no la ropera, el campamento estaba tranquilo, no había habido señales en semanas, y un cazador con dos aceros era un cazador que esperaba problemas. Aquel día no quería esperar problemas.

Llegó a contar después, con la lucidez del que repasa, cuántas veces se había permitido salir de un sitio sin la espada larga en toda su vida. Tres. Cuatro a lo sumo. Aquella mañana iba a ser la cuarta.

La poza estaba en el codo de un río pequeño, encajada entre dos paredes de roca clara que se cerraban formando un anfiteatro natural.

El agua era oscura, profunda en el centro, con un remanso de arena fina en uno de los lados donde el sol pegaba a media mañana.

El borde superior del cantil subía unas seis varas sobre el agua.

Desde arriba se veía el valle entero hacia el norte, hasta donde la sierra empezaba a difuminarse.

Nahira llevó a Beltrán al borde del cantil primero. Lo hizo sentarse en una piedra plana desde la que se veía toda la poza y le señaló con el dedo el sitio exacto donde el agua era más clara.

—Ahí se ve el fondo. Es donde mi madre me enseñó a aguantar la respiración cuando tenía nueve años.

—¿Cuánto aguantabas?

—Al principio nada. Al final dos minutos. Mi madre decía que las mujeres del clan que aguantaban dos minutos podían parir sin gritar.

—¿Funciona?

Nahira sonrió.

—No sé. Yo no he parido.

Beltrán no dijo nada a eso. Había cosas que un hombre con un niño adoptado y una mujer que llevaba dos semanas durmiendo en su tienda no pregunta el primer día en una poza.

Bajaron al remanso de arena por un sendero lateral que más que eso, era una sucesión de salientes que Nahira conocía. Beltrán la siguió. La zurdona la dejó sobre una piedra a la orilla, junto a las botas y al cinturón.

Nahira se descalzó. Se sentó en el remanso de arena con los pies en el agua. El sol le daba en un ángulo que volvía la piel de los hombros del color de la corambre vieja.

Beltrán se sentó a su lado.

Estuvieron un rato en silencio.

El río sonaba en un punto del cantil donde la corriente se rompió contra una piedra. Algo cantó una vez en el bosque del otro lado y no volvió a cantar. El aire tenía esa quietud limpia de los días que en la Estepa precedían al primer frío de verdad.

Nahira se inclinó hacia delante para mojarse las manos.

Beltrán vio que cerca del borde del agua, entre la arena y las primeras piedras, crecían unas hierbas finas con flores diminutas, blancas, en racimos. Las flores las había visto en el campamento. No había visto antes que crecieran tan tupidas.

Arrancó un manojo.

No lo pensó cuando lo arrancó. Lo pensó cuando ya lo tenía en la mano y se dio cuenta: casi treinta años sin coger una flor.

La última vez que lo había hecho había sido en Tolusa, con dieciocho años, cogiendo unas para una mujer cuyo nombre no recordaba ya y que lo había olvidado antes de que las recibiera.

Había decidido entonces que no iba a coger flores nunca más, y se había mantenido fiel a la decisión con esa terquedad de los hombres que no necesitan razones para sostener costumbres.

Miró las flores en su mano. Miró a Nahira, que estaba con los pies en el agua, de espaldas a él, mirando el centro de la poza.

Empezó a trenzarlas.

Lo hizo torpe, despacio. Dos hebras finas con sus flores blancas.

Tres. Cuatro. La memoria de las manos era vieja, alguna niña en el puerto de Tolusa, hacía mucho, le había enseñado a hacer pulseras de hierba para venderlas a un cobre la docena, y los dedos se acordaban del gesto, aunque la cabeza no hubiera querido recordarlo.

Fue trenzando las hebras en una espiral pequeña, ajustando el diámetro al pulgar de Nahira, que había visto trenzar masa muchas veces en la entrada de la tienda y cuyo grosor se había quedado registrado sin que él decidiera registrarlo.

No pensó en lo que estaba haciendo.