Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 26. Cuatro mujeres salen. #2
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26. Cuatro mujeres salen. #2

Por la tarde, Asshai. Conversaciones cultas, libros nuevos, dedos que se aproximaban a los de él sin tocarse.

Una coreografía pequeña, casi cómica si se mirara desde fuera, pero ninguno de los dos la miraba desde fuera.

Lupe escuchaba, respondía, se iba a la cama con el cansancio de quien hace cuentas en una lengua que no es la suya.

Por la mañana, los mapas.

Estudió la Torre desde dos ángulos. El mapa antiguo le dio el muro este.

Había un patio interior pequeño, anotado como acceso para los Archiveros menores en jornadas de inventario , con una galería cubierta que comunicaba con el cuerpo principal por una escalera secundaria.

La historia general le dio el horario. La Torre se cerraba a la novena campana.

A medianoche, según el reglamento, quedaban dentro tres guardias y un Archivero de turno.

Si la puerta de servicio estaba abierta, los guardias no patrullaban ese muro.

Era política. Los guardias no pisaban los pasillos por los que entraban las criadas, y las criadas no usaban los pasillos por los que pasaban los guardias.

Hizo el cálculo del dinero. En la bolsa que se le habían llevado de la otra noche había treinta y siete monedas de oro. Si Asshai no había vaciado la bolsa, eso quedaba.

Pidió a Mara la bolsa. Mara se la trajo esa misma noche, intacta. Asshai no había tocado el dinero.

Lupe lo contó. Treinta y siete monedas. Abalorios. Un pañuelo de su madre que se le había olvidado que llevaba.

Apretó el pañuelo entre los dedos. Olía a la madera del cajón en que su madre lo guardaba, no a su madre. Eso era lo correcto.

Lo guardó debajo de la almohada.

Esos tres días también vio a Beatriz dos veces. Las dos en el patio. Mara cosiendo en el otro banco.

La segunda vez, Beatriz le notó algo en la cara.

—Está distinta, señora.

—Lupe.

—Lupe.

—Estoy bien.

—No, eso no es estar bien. Es estar haciendo algo.

Lupe le apretó las manos.

Mara dejó de coser durante medio segundo. La aguja se le quedó quieta en el aire. Después siguió cosiendo.

Beatriz miró a Lupe a los ojos. La mirada se sostuvo. Después asintió, una vez, pequeña, sin palabras.

—No te preocupes.

—Bien.

La hora se acabó deprisa.

Asshai había contado los días.

No lo dijo. Lupe lo dedujo cuando, al octavo día desde la conversación con Mara, le subieron un vestido que no había visto antes.

Más caro. Más simple. De un azul muy oscuro que no era luto, pero estaba cerca.

Ese azul que la sastrería del sur usa para las viudas jóvenes el segundo año, cuando el negro ya se considera excesivo, pero todavía no se les permite el color.

—El señor cena con usted esta noche —dijo Mara—. Solos. Pide que baje.

Lupe asintió.

Mara la miró un instante de más. Salió.

En la mesa había dos platos. Un candelabro de tres luces. Una jarra de vino y una jarra de agua. Asshai en pie, esperando. No con la cortesía formal de los primeros días. Con la quietud distinta de un hombre que está esperando a la persona con la que quiere cenar.

Se sentaron. Comieron. Hablaron de cosas que no se quedan. De un libro de Esplentia, de una cantante que había pasado por Aruan dos años atrás, de las últimas noticias del Imperi. Lupe oyó su propia voz hacer todo lo que tenía que hacer. La voz le salía bien. Eso, también, la inquietaba.

Asshai esperó a los postres. Higos en almíbar oscuro, queso fresco con miel. Cuando le retiraron el plato, dejó la cuchara sobre el mantel y la miró.

—Doña Lupe.

Lupe levantó los ojos.

—Le voy a pedir algo. Si dice que no, no se va a romper nada.

—Le escucho.

—Quiero que esta noche se quede en mi ala. —Hizo una pausa medida. La pausa más exacta que Lupe le había visto—No le pido nada más. Le pido la noche. Dormir en una habitación al lado de la mía. Saber que está ahí cuando me despierte.

Lupe oyó el corazón en las orejas. No el pecho. Las orejas.

Lupe se quedó callada un tiempo largo. Asshai esperó. La cera de las velas iba cayendo a un lado del candelabro, formando una pequeña columna blanca contra el bronce.

Pensó: si digo que no, mañana sube él a mi cuarto y la cosa empeora.

Pensó: si digo que sí, ya ha cruzado una puerta y ya no podrá volver.

—Le pido dos cosas —dijo Lupe.

Asshai asintió. Su atención era completa. Lupe no la había visto nunca tan completa, y se descubrió midiéndola. La atención de Asshai era una cosa que ella había aprendido a recibir en doce días, y la posibilidad de perderla le produjo un movimiento en el pecho que no examinó.

—Una. Quiero que Beatriz pueda subir a mi cuarto unas horas al día. No al patio. A mi cuarto.

—Concedido.

—Dos. Le pido una semana antes de pasarme a su ala.

Asshai lo pensó. Lupe vio que le costaba.

—Tres días.

—Seis.

—Cuatro.

—Cinco.

Asshai sonrió por primera vez en toda la cena. Una sonrisa que no llegó a los ojos.

—Cinco —dijo—. Pero quiero su mesa cada noche desde esta. Si me roba el tiempo, prefiero que me lo robe completo.

—Bajaré a cenar cada noche.

Levantó la copa. Le brindó sin tocar la suya. La copa de él se quedó a una distancia exacta, una pulgada, quizá menos, de la de ella sobre la mesa. El cristal no se tocó, pero el reflejo sí.

Lupe subió sola. Mara la esperaba en el rellano. No preguntó. Lupe no contó.

Cerró el cerrojo por dentro, la aldaba pequeña, esa noche, la que la dejaba a ella en control, y se sentó frente al espejo de bronce.

Esta vez no se sonreía. Se odió igual.

A la mañana siguiente, mientras Mara le ataba el vestido, Lupe habló por encima del hombro.

—Cinco días.

—Lo he oído.

—¿Cabe la recepción dentro de cinco días?

—El sábado es dentro de cuatro.

Lupe procesó. Cuatro y no cinco. La aritmética del miedo es la única que va siempre por delante de uno.

—Entonces es esa noche.

—Sí. Habrá llegado al cuarto día de la semana que pidió. Esa noche el señor estará abajo. Verena ha dicho que sí.

—¿Qué le has dado?

—Lo que ella pidió. —Mara terminó de atarle el lazo del cinturón. Apretó el nudo medio milímetro más de lo que un lazo necesita—Una parte del oro de su bolsa. La otra parte se la llevará cuando la noche acabe y la hija de Verena empiece a curarse.

Lupe se volvió. Mara le sostuvo la mirada.

—Cuando esto acabe, te debo lo que te debo.

—No me debe nada, señora. Me abre la puerta y estamos en paz.

Mara salió.

Lupe se miró en el espejo de bronce. La mujer que la miraba desde el bronce iba a robar un libro precataclísmico en cuatro noches.

La mujer del bronce iba a cenar cuatro noches con un hombre al que había aprendido a respetar.

La mujer del bronce no era la mujer que había salido de Tolusa.

Era otra, más afilada, más sola, más capaz de cosas que la primera no habría podido.

Una a la que ella misma no estaba segura de querer.

Cerró los ojos hasta que el rostro del bronce dejó de hacerle frío.

Cuatro días.

Cada día tuvo su forma.

El primero, Asshai la llevó a la biblioteca por primera vez.

Una sala alta, con las paredes cubiertas de estantes hasta el techo y una mesa central de roble oscuro tan pulida que devolvía un reflejo apagado de los libros.

Olía a polvo seco, a cera, y a ese olor leve que tiene la piel curada con la que se encuadernan los libros caros.

Le mostró los libros que él consideraba importantes.

Le mostró un mapa del Imperi Solari de hacía cien años, con fronteras pintadas a mano en cuatro colores que ya casi no se distinguían entre sí.

Le mostró un atlas náutico de Esplentia con cartas que ella no había visto nunca.

La mano de Asshai se quedó cerca de la suya sobre las cartas, sin tocarla.

Lupe pasó las páginas con cuidado, las puntas de los dedos en el borde de la vitela, y se dejó admirar.

Mientras Asshai recolocaba el atlas en su estante, Lupe paseó los ojos por el orden de los libros. Tres baldas del fondo, en lo alto. Lomos sin título, encuadernación vieja, piel oscura sin gastar. Eso era lo que no se le enseñaba a nadie.

Lupe no preguntó.

Guardó las baldas en la memoria como se guardan los planos de las casas en las que tal vez haya que volver.

El segundo día, Beatriz subió por primera vez a su cuarto.

Tres horas. Lupe la abrazó al verla entrar.

El primer abrazo en diecinueve días, y el cuerpo de Beatriz olía a humo de cocina y a un perfume de hojas que las criadas usan para frotarse las manos después del ajo.

Beatriz se sentó en el suelo, junto a los pies de Lupe, y Lupe le cepilló el pelo.

Hablaron poco. Beatriz tenía dos cortes pequeños en los nudillos de pelar verdura, y Lupe le pasó el dedo por encima.

—¿Cuándo, señora?

—Pronto.

Beatriz asintió. Apoyó la cabeza contra la rodilla de Lupe y se quedó así un tiempo, quieta, con la respiración entrando y saliendo despacio. Lupe la peinó hasta que se le acabó el cabello que peinar, y luego siguió pasándole el cepillo, despacio, porque parar habría sido peor.

El tercer día, Asshai la besó por primera vez.

En la mano. Le levantó la mano de la mesa, se la giró, y le besó la palma.

Despacio. Cuando levantó la cara, esperó.

Lupe no apartó la mano y no la dejó. Asshai sonrió.

Le devolvió la mano al regazo, con cuidado, como se devuelve un objeto frágil que a uno se le ha prestado por un instante.

—Tenemos tiempo —dijo.

Pero ya no era cierto.

Esa noche Lupe soñó con su madre.

No era el sueño que Lupe esperaba haber soñado en una casa de un hombre.

No hubo terror. No hubo pérdida. Catalina estaba sentada en el oratorio de Tolusa con un libro abierto sobre el regazo, y la luz de la tarde entraba en bandas largas por las celosías.

Lupe tenía doce años. Se sentó al lado de su madre y le miró las manos.

Catalina tenía los dedos teñidos de tinta de escribir desde la mañana. Estaba contenta.

—Mira —le dijo Catalina.

En el margen del libro, su madre dibujó un signo.

Un trazo cerrado, redondo, con una segunda línea dentro que no llegaba a tocar la primera.

Era un símbolo que Lupe no había visto nunca y que sin embargo reconoció, dentro del sueño, igual que se reconocen las caras de los muertos cuando vuelven a aparecer.

—¿Qué es?

—La mitad. La otra mitad la dibuja otra persona.

—¿Quién?

Catalina sonrió. Siguió dibujando. El signo no terminaba. La línea de dentro nunca llegaba a cerrarse del todo.

Lupe se despertó antes del amanecer.

El sueño no era verdad. Su madre no le había dibujado nunca ese signo. Su madre se había muerto antes de que Lupe pudiera leer las páginas en las que ese signo pudiera haber aparecido.

Pero el sueño tenía algo verdadero por debajo. La sensación exacta de la mano de su madre sobre la suya. El olor del aceite de las lámparas del oratorio. La paciencia de Catalina con las preguntas que se hacen a los doce años.

Lupe entendió una cosa que no había entendido antes.

Llevaba semanas pensando en el Azharov como un objeto. Un libro que contenía información. Un objetivo. Una pieza de mercancía intelectual que ella iba a robar de una torre vigilada.

No era eso.

El Azharov era el libro que su madre habría querido leer.

Doña Catalina de Quesada había muerto a los cuarenta años con cinco libros en la mesilla.

Su madre llevaba veinte años investigando libros que la Iglesia clasificaba como herejía.

Lupe no la había continuado por elección.

La había continuado porque era hija de su madre, y porque las hijas de las mujeres que mueren con preguntas sin contestar nunca se libran del todo de esas preguntas.

Lupe se sentó en la cama.

La mitad. La otra mitad la dibuja otra persona.

Dos mitades de un libro. Una en la Torre de las Nubes. Otra en algún punto de Rowandia, escondida en una biblioteca que se llevó al silencio el nombre del que la guardaba. Una mujer no recoge medio libro y se va. Una hija de Catalina no recoge medio libro y se va.

Iba a hacer dos viajes. Uno por su madre al sur. Otro por su madre al norte.

Era la primera razón honesta que se daba a sí misma desde que había salido del convento.

Lupe se levantó, encendió la lámpara, y volvió al libro de mapas otra vez. Había partes que todavía se le escapaban. Treinta y seis horas eran suficientes para repasarlas.

Estudió hasta el amanecer.

El cuarto día, Mara entró sola a la última hora de la tarde.

—Mañana. La luna nueva. A las once el señor empezará la cena. A las doce todos los invitados estarán abajo. Yo subiré con su capa. Bajamos por la escalera de servicio. Recogemos a Beatriz en la despensa. Vamos al muro este. Verena le abrirá. Usted entra. Nosotras vamos al puente de los carniceros.

—¿Y si no salgo a tiempo?

—Salga a tiempo.

Mara salió.

Lupe se sentó en el borde de la cama. Apretó las palmas contra el colchón hasta sentir dolor. Cuatro noches de respeto se habían convertido en una.

Miró el libro de mapas, cerrado sobre la mesa.

Mañana.