Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 26. Cuatro mujeres salen.
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26. Cuatro mujeres salen.

Lupe empezó a leer distinto.

Hasta entonces, los libros que Asshai le subía habían sido ríos por los que se dejaba llevar. Curiosidad fácil, deuda fácil, complicidad fácil. Lo entendió al despertarse el día quince y mirar la pila de la mesilla.

Diez libros. Diez tardes. Diez horas hablando con un hombre que la había drogado.

Se levantó. Apartó la ropa que Mara había dejado en el respaldo de la silla y eligió la suya.

El vestido que se había puesto el día que la trajeron, gris ceniza, ahora limpio y planchado, una ironía discreta que ella se permitió como un pequeño lujo.

Cogió el libro de mapas y se lo puso en el regazo.

Iba a leer para sacar algo.

Empezó por los mapas. Aruan antigua se desplegaba en quince hojas anotadas en una lengua que no entendía y glosadas al margen por una mano posterior. Letra apretada, abreviaturas de erudito. Lupe pasó las hojas despacio para fijarse en las glosas. Era a lo que iba.

La glosa le saltó al ojo en el tercer mapa.

Biblioteca mayor del Archivo, fundada en el reinado del cuarto Archivero Mayor. Véase códice rojo, «Azharov», capítulo III, folio 44: catalogación de los libros traídos de la Ciudad Antigua.

Lupe se detuvo en la palabra.

Azharov.

La había leído antes.

Cerró los ojos. Hizo memoria con cuidado.

La memoria, en estado de cautiverio, se vuelve un instrumento que conviene afinar, no sacudir.

Volvió a Tolusa. Volvió al cuarto del médico, a las primeras hojas que ella había desenrollado a la luz mala de un quinqué.

La línea que había transcrito y no había sabido leer entonces.

Pensaba que era un título mal copiado, una traducción perdida.

Azharov. El médico lo nombraba dos veces.

Lupe abrió los ojos.

Cogió el segundo libro de la pila. Una historia general de Aruan que Asshai le había prestado el día once. Buscó en el índice. Nada. En los apéndices. Nada. Encontró la mención en la página doscientos catorce, en una nota a pie, escrita en letra pequeña que se había leído poco.

El Azharov, custodiado en la Torre de las Nubes desde la fundación del Archivo, es uno de los pocos libros conocidos cuya consulta requiere autorización personal del Archivero Mayor.

Su contenido no ha sido transcrito ni copiado.

Los Archiveros que lo han consultado lo han hecho bajo voto de silencio.

Lupe cerró el libro.

La habitación se le había encogido alrededor. La luz de la mañana entraba por la reja, dibujando seis sombras paralelas en el suelo, y Lupe se quedó mirando esas seis sombras hasta que se le movieron.

Dos pasos. Médico de Tolusa. Torre de las Nubes. La distancia entre las dos cosas era exactamente la distancia que ella había recorrido entre el día que enterró al médico y el día que se despertó en esta cama.

Cortó el tercer paso.

Pensó: tengo que entrar en la Torre.

Pensó: si Asshai sabe que esto está en su biblioteca y me lo ha dado, entonces no sabe lo que tiene. O sabe y quiere que yo lo encuentre.

Esa segunda hipótesis le dio frío. La descartó. Asshai era un hombre que medía. Si supiera lo del Azharov, no le habría dejado el libro de mapas en la habitación. Habría guardado las glosas. Habría arrancado la página.

Por lo tanto, no sabía.

Por lo tanto, ella tenía una ventaja.

Volvió al libro de mapas con la atención distinta.

Ahora pasaba las hojas despacio, leyendo cada glosa hasta el final, buscando la palabra.

La encontró una segunda vez, doce páginas más adelante, en el margen inferior de un mapa que representaba el barrio del Archivo.

La glosa era más larga, y la letra había sido escrita por una mano distinta. Otro erudito, otra generación.

El Azharov del Archivo es la copia del sur.

Lleva ese nombre por el autor de su redacción.

Existió una copia del norte, anotada por mano rowandiana antes de que las dos tradiciones se enemistaran.

La copia del norte se cita en el Repertorio del Archivero Cuarto y desaparece de los registros después.

Quien escribe estas glosas no la ha visto ni conoce a nadie que la haya visto.

Su existencia es discutida. Su contenido, irrecuperable.

Las dos mitades del códice no se han reunido nunca.

Lupe leyó la glosa dos veces.

Después una tercera.

Una copia del norte. Anotada por mano rowandiana. Las dos mitades del códice no se han reunido nunca.

Levantó la cara hacia la ventana.

La luz de la mañana entraba alta sobre el patio del naranjo.

Lupe entendía lo que tenía delante con una claridad que no había tenido en cuatro años de archivo, en dos meses de huida y en dos semanas de cautiverio.

Lo que tenía no era un libro prohibido. Era la mitad de un libro prohibido.

La otra mitad esperaba en algún punto de Rowandia, en una biblioteca privada que dos generaciones de eruditos habían buscado y no habían encontrado.

Y ella estaba durmiendo en la casa de un hombre cuya familia venía de Rowandia.

No lo pensó entero. Cortó ahí.

Una cosa a la vez.

Cerró los libros con cuidado y los colocó en la pila tal y como estaban antes. La historia general arriba, el libro de mapas debajo, la posición exacta. A partir de ese momento las cosas exactas iban a importar.

Mara entró sola al día siguiente, después de la cena. No traía bandeja. Cerró la puerta detrás de ella con la aldaba interior, esa que no abría desde fuera. Lupe vio el gesto.

—Es para que Tessana no entre —dijo Mara.

Lupe asintió desde la silla.

Mara no se sentó. Se quedó de pie a tres pasos de la mesa, con las manos juntas delante. Las uñas cortas. Los dedos firmes.

—Tessana es buena, señora. Pero es joven. No le cuente nada que no quiera que le llegue a él. A mí puede contarme.

Lupe la miró.

—¿Por qué?

—Porque yo también quiero salir de esta casa.

Lo dijo plano. Sin énfasis. La misma voz de las primeras mañanas, la voz que pasaba bandejas y abría puertas y cerraba cerrojos.

Pero entre frase y frase Mara dejaba un silencio medido, y los silencios la delataban más que las palabras.

Los silencios eran los de alguien que llevaba mucho tiempo midiendo cuándo hablar.

Lupe esperó. Mara no añadió nada.

—Llevas aquí más tiempo que Tessana.

—Cuatro años.

—¿Y ahora?

—Ahora se me ha acabado.

Lupe pensó por un instante.

—¿Qué consigues si me sacas?

Mara la miró un instante de más. Luego, sin afectación:

—Una puerta abierta para mí.

Lupe asintió.

—Necesito entrar en la Torre de las Nubes.

Lo dijo antes de pensarlo. Lo dijo a propósito sin pensarlo, porque si Mara mentía, esa frase la sacaría a la luz por el lado por donde sale la mentira a la luz: por la sorpresa o por su ausencia.

Mara procesó sin sorpresa. Eso fue lo primero raro.

—¿Por qué?

—Hay un libro dentro. Lo necesito.

Mara la miró sin parpadear.

—¿El señor sabe que lo necesita?

—No.

—Bien. Que no lo sepa.

Lupe encajó la frase entera. Mara no le pidió el nombre del libro. Mara no preguntó por su valor. Mara sostuvo la información como se sostiene una taza caliente: con cuidado, sin acercarla a la cara.

—¿Puedes hacerlo?

—Conozco a una criada de la Torre. Se llama Verena.

Tiene una hija de cinco años. La cría con fiebres que vuelven cada luna.

Los médicos de Aruan no son baratos y Verena lleva dos años pidiendo prestado a parientes.

Tres veces hemos coincidido en el mercado.

La última vez me contó que estaba pensando en cosas que no se cuentan a una conocida.

—¿Qué cosas?

—Cosas que se piensan cuando una hija lleva tres años enferma y no se cura con lo que las parteras saben. Cosas que se piensan y no se hacen.

Lupe entendió.

—¿Tiene acceso?

—A las salas privadas, sí. Limpia el ala de los Archiveros menores tres noches a la semana. Tiene una llave de la puerta de servicio del muro este. Si le pago lo bastante, la deja abierta una noche.

—¿Cuánto?

—Más del que tenía usted en la bolsa la noche que llegó. Pero menos del que vale una hija curada.

—Eso lo sabes con certeza.

—Lo sé porque he hecho la suma. Tres años de médico bueno son cuarenta monedas de oro. Usted llevaba treinta y siete y algunos abalorios. Esos se venden. Llegamos.

Lupe se quedó muy quieta.

—¿Has hecho la suma cuándo?

—Esta semana.

—Antes de saber que yo quería salir.

—Antes.

Lupe esperó. Mara no se explicó más. Mara nunca se explicaba más de lo que hacía falta. Lupe se dio cuenta, en ese gesto pequeño, de que Mara llevaba toda la vida no explicándose más de lo que hacía falta, lo cual era el oficio de alguien distinto al de criada.

—¿Cuándo?

—El señor da una recepción al nuevo Archivero Mayor en doce días. Sábado de la luna nueva. Vendrán siete invitados. Cena, lecturas, vinos del este. Es una noche larga. El señor estará abajo hasta cerca del alba. Si va usted, tiene seis horas.

—¿Beatriz?

—Sale conmigo por las cocinas. La recogemos al pasar.

—¿Y después?

—Al puente de los carniceros. Tessana espera con caballos. No le decimos por qué. Le decimos que vamos a por usted.

—¿Tessana?

—Tessana no pregunta lo que no le toca y trabaja contenta cuando la mandan a recoger caballos al barrio del registro. La saco de la casa sin que entienda qué está saliendo de ella.

—¿No le dices nada?

—No hasta que estemos las cuatro fuera de las murallas. Tessana no merece más peligro del que ya carga por estar en la casa.

Lupe asintió despacio.

—Lo has pensado.

—Sí.

—Antes de que yo te pidiera nada.

—Hace cuatro años.

Lupe no contestó. Mara se acercó por primera vez a la mesa y apoyó una sola mano sobre el borde. La mano se posó plana. Ni un dedo levantado, ni un dedo flojo.

—No vamos a hablar otra vez de esto, señora. La próxima vez que entre en su cuarto sola va a ser para decirle el día.

Desbloqueó la aldaba y salió.

Lupe se quedó mirando la mesa donde Mara había dejado su mano.

Los siguientes tres días Lupe vivió en dos planos.